Un paseo literario por la Rue Jacob
Publicado el 27 de Noviembre de 2008
Escribe Manuel Rodríguez Rivero en su habitual columna del diario El País sobre la Librairie Espagnole de la Rue de Seine, de París, indisolublemente ligada a su educación sentimental por haber adquirido en ella, a finales de los años sesenta, un ejemplar de la novela Rayuela, de Julio Cortázar, cuya lectura le descubrió el fascinante universo de esa “estimulante literatura procedente de América Latina”. Leer esta magnífica columna ha despertado en mí a su vez la evocación de dos episodios pertenecientes a mi propio bagaje sentimental, incitándome a escribir estas reflexiones.
Lamentablemente, y sé bien que voy a ser crucificado por esta opinión, no se trata de la evocación de Rayuela, novela que leí en su día con la misma fascinación que el resto de mi generación, pero que, releída hace apenas un año (los “viejecitos” como yo, a menudo, hastiados de nuevas e insulsas narrativas, tendemos a la relectura de aquellas novelas que antaño nos emocionaron), me decepcionó notablemente: mi recuerdo era mucho más grandioso que la realidad de una novela bastante “tramposa”, aunque manifestamente capaz de “epatar” a los jóvenes pazguatos que entonces éramos.
No. Mi evocación retrocedió a un tiempo también lejano en que Manuel Rodríguez Rivero y yo compartimos el duro banco de las galeras espasianas, él como flamante director literario de la gloriosa editorial, yo como responsable de Enciclopedias, y, ambos, como recien llegados que no gozábamos de las prebendas del personal más antiguo: una jornada laboral continuada de ocho a tres durante todo el año, y ni siquiera la libranza de la tarde del viernes de la que disfrutaban nuestras jóvenes (y bellas) compañeras editoras. Lo compensábamos, todo sea dicho, regalándonos los viernes, en compañía de Juanito González y Arturo Rodríguez -también sometidos a nuestro horario-, copiosas, suculentas y bien regadas comilonas que, ay, no mejoraban en absoluto nuestra productividad vespertina, pero nos reconciliaban placenteramente con la existencia. Sé que Manolo no fue demasiado feliz en aquella etapa laboral… tan solo puedo señalar que nuestro flamante director literario no llegó a conocer lo peor, que aún estaba por llegar.
Mi segunda evocación enlaza con sus recuerdos librescos de la parisina Rue de Seine, y viene ligada a un glorioso paseo literario por la Rue Jacob, también enclavada en Saint Germain des Prés, y que nace justamente en la intersección con la Rue du Seine, donde se halla la coqueta Place de Furstemberg. Se trata de una calle pequeña, apenas dos o tres manzanas antes de confluir en la Rue de l’Université, en el cruce con la Rue des Saintes-Pères. Una calle minúscula, pero todo un paraíso para los amantes de los libros.
La Rue Jacob es célebre porque en ella residieron grandes genios, como Racine, Delacroix, Wagner, Hemingway (¿en dónde no habrá estado este hombre?), Thomas Jefferson y Franklin. Éste último, en concreto, con ocasión del la firma de Tratado de Independencia de Estados Unidos, puesto que la embajada británica estaba enclavada precisamente en un hermoso edificio del siglo XVIII, que en la actualidad es el Hotel d’Anglaterre, uno de los cinco coquetos hoteles que existen en la calle. Este hecho histórico se recuerda en una placa que adorna su fachada (ya saben, una placa, esas cosas tan comunes en países como Francia y el Reino Unido que honran el recuerdo de próceres y grandes artistas, y que en España se intentan poner en el Congreso de los Diputados en memoria de monjas reaccionarias, lo que acaba suscitando divertidas polémicas entre nuestros más preclaros escritores).
La Rue Jacob es una de las más “chic” de Saint Germain des Prés, y en ella encontramos diversas tiendas glamourosas de ropa y decoración, y sobre todo, numerosas librerías. Si iniciamos nuestro paseo desde la Rue de Seine, encontramos en primer lugar, la librería-editorial La Martinière-Le Seuil, cuyos escaraparates lucen la gran variedad de su producto editorial, literatura, humanidades, “beaux livres”, fotografía, fonoteca, libro práctico, naturaleza, paisaje, libro infantil, cómic… Su escaparate está adornado con fotografías enmarcadas de sus principales autores. Justo al lado se halla la editorial J.C. Lattes, y enfrente, La Maison Rustique, una librería especializada en temas de naturaleza: jardinería, decoración, “herbiers”, así como libros ilustrados y “beaux livres”. Justo después llegamos a Outremer, librerie maritime, que como su nombre indica se especializa en el mar y la navegación. Siguiendo nuestro paseo llegamos hasta la editorial L’Ouevre Éditions, especializada en libros infantiles, sin que falten los omnipresentes “beaux livres”, así como guías ilustradas y libros de cocina; más adelante está la imponente librería de anticuario Frédéric Castaign, donde podemos disfrutar de cartas autógrafas, manuscritos y documentos históricos. Cerca del final de la calle está la Librerie des Femmes, especializada en narrativa y ensayo de autoras femeninas, y que es además un agradable punto de encuentro, pues posee un amplio espacio adornado con butacas en el que sus clientes pueden ojear cómodamente los libros para decidir su compra. Por último, casi en la confluencia con la Rue de l’Université, se halla la Librairie Alain Brieux, también de anticuario, cuyos escaparates exhiben hermosas láminas y grabados. Pero eso no es todo, en las recoletas bocacalles que salen de Rue Jacob encontramos aún más librerías. En la Rue Saint Benoît, a mano izquierda, se encuentra A Saint Benoît des Prés, también librería anticuaria, con autógrafos, documentos, libros de fotografía, etc, y a mano derecha en la Rue l’Échaudé, está la Librairie Marine et Voyages, con libros antiguo y modernos dedicados al tema del mar y la aventura, y un poco más adelante la Librairie des Près, cuya fachada exhibe el siguiente rótulo: “Une petite librairie au service de la petite édition”, que casi arranca las lágrimas del que esto escribe.
Evidentemente, esta extraordinaria concentración de libreros y editores en la pequeña Rue Jacob, es tan solo una pequeña muestra de su abundante presencia en Saint Germain des Prés, y en todo el Sexto Arrondisement, donde también se halla el Barrio Latino. Al final de nuestro agradable paseo podemos tomar asiento en la terraza de alguno de los pequeños y agradables bistrot para beber un fresco bock de cerveza o consumir poco a poco una botella de excelente burdeos, aguardando la hora de la cena o el comienzo del primer pase de jazz en vivo, y reflexionando resignadamente sobre quién nos mandaría meternos a editores en Madrid, existiendo lugares tan extraordinarios como la Rue Jacob.
En fin, Manolo, las cosas de la vida no siempre discurren por los cauces que quisiéramos, pero, como le dijo Rick a Ilsa antes de que tomara el avión, ¡siempre nos quedará París!
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Poco a poco todos los presentes van uniendo sus voces vibrantes hasta acallar a los alemanes, y la ejecución del himno francés se convierte en “no sólo el canto patriótico de una nación, sino en el de la Humanidad humillada y perseguida por el fascismo”. La escena cinematográfica es de una eficacia, belleza y emoción insuperables, sobre todo por el recurso de su director Michael Curtiz a un primer plano del rostro de la guitarrista y demi-mondaine Ivonne, que canta transfigurada y arrasada en lágrimas.
¿Por qué una película que objetivamente no es ninguna obra maestra se convirtió en uno de los mayores iconos del cine mundial de todos los tiempos? Veamos: Michael Curtiz no es precisamente un director genial, Casablanca es una adaptación cinematográfica de una obra teatral (Everybody Comes to Rick’s) que no llegó siquiera a estrenarse, rodada apresuradamente y en medio de muchas vacilaciones y mucho caos (sus guionistas, los hermanos Epstein y Howard Koch, iban improvisando la historia casi día a día, durante los cincuenta y nueve que duró el rodaje), encuadrada en el subgénero de “cine de propaganda bélica” (se rodó en 1942, en plena guerra mundial) que es probablemente el origen de muchos de los peores “bodrios” de la historia del cine, y concebida como un producto de serie “B”, barato, sencillo y comercial. Aún más: su director debía haber sido William Wyler, que se negó a realizarla, de forma que el “caramelo envenenado” recayó en el “artesano” Michael Curtiz, en nómina de la Warner, que no pudo negarse; el reparto fue también conflictivo, en principio debía haber sido interpretada por George Raft y Hedy Lamarr, después se pensó en ¡Ronald Reagan! y Ann Sheridan (¿se imaginan a Reagan en el papel de Rick Blaine?), y finalmente se llegó a Bogart e Ingrid Bergman con muchas dudas, porque nunca habían sido protagonistas juntos y suscitaba recelo que hubiera “química” entre ellos (sobre todo, sabiendo que cuando Bogart y Bacall interpretaban juntos saltaban literalmente chispas); y, finalmente, bajo mi punto de vista, en la película sobra la larga secuencia del flash back de París, un verdadero merenguito metido a empujones en el guión y absolutamente innecesario, porque el pasado de Rick e Ilsa ha quedado perfectamente explicado en la escena de su reencuentro junto al piano de Sam (¡ah, la elipsis! ¡cuán necesaria y tan postergada por escritores y cineastas!)
Pero algo ocurrió, un milagro, una catarsis. Con tan endebles mimbres se construyó una película admirable, emocionante, maravillosa… Bueno, ¿endebles mimbres? Rectifiquemos, que es de sabios. Muchos de ellos de “endebles” no tenían ni un pelo. La banda sonora de Max Steiner, y su imperecedero As Time Goes By, que podría tararear cualquier ser humano, desde Tierra de Fuego a la Cochinchina; el deslumbrante elenco de secundarios: Paul Henreid, Conrad Veidt, Claude Rains y el impagable Peter Lorre; el carisma de Humphrey Bogart, en un papel que le va como anillo al dedo, y el acierto de Ingrid Bergman, cuya “cara de pan” es perfecta para el personaje; los aciertos de un guión lleno de frases que se han convertido en verdaderos iconos, desde la célebre “este puede ser el inicio de una gran amistad” hasta el no menos conocido “¡tócala otra vez, Sam!”, que por cierto nadie dice en la película (el asunto de las “frases fantasma” es verdaderamente curioso: por ejemplo, busque usted si se atreve la célebre frase “de la materia en que están forjados los sueños” en la novela El halcón maltés de Dashiel Hammet: no la encontrará porque no está, ya que fue introducida por William Faulkner en el guión de la película de John Huston, y su origen es, ni más ni menos, que el Macbeth de Shakespeare); y por último –last but not least–, el sentido del humor (un factor que está invariablemente presente en todas las grandes creaciones del espíritu humano y ausente en centenares y aun miles de “bodrios” pomposos y engolados que intentan hacerse pasar por “arte”), por ejemplo cuando el capitán Renault ordena cerrar el Rick’s café presionado por el mayor Strasser –al que la interpretación de la Marsellesa ha enfurecido– y clama indignado “¡He descubierto que aquí se juega!”, momento en el que un camarero apresurado le entrega un sobre diciendo “Capitán, no se olvide sus ganancias”.
martín mata
25 Noviembre 2008 | 10:08
No sé si lo ha advertido usted, señor Alonso, pero en la foto de Emilio Ruiz del Río, en la que posa dentro de la maqueta de Operación Ogro (imagino que con la intención de que se aprecie el artificio), siguiendo la definición de Borau, “hombre que supera cualquier proporción habitual”, Emilio Ruiz aparece como un perfecto modelo de “kinkón”.
Me gusta mucho el cine, pero como aficionado, y no conocía a Emilio Ruiz del Río, por eso mi sorpresa ha sido mayúscula cuando he buscado en google y he descubierto decenas de páginas web llenas de elogios, algunas de ellas americanas. La lástima es que muchas de ellas son necrológicas, lo que hace bueno el viejo dicho de que tienes que morirte para que de una vez se reconozcan tus méritos.
¿Donde puede encontrarse su libro Rodando por el mundo?
Gracias