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Pero, ¿qué es el Mac Guffin?

Publicado el 19 de enero de 2015

Vila MatasEn la reciente novela de Enrique Vila-Matas, Kessel no invita a la lógica, se emplea profusamente el concepto de Mac Guffin. Aparece, de hecho, en sus primeras líneas: «Cuanto más de vanguardia es un autor, menos puede permitirse caer bajo este calificativo. Pero ¿a quién le importa esto? De hecho mi frase tan sólo es un mcguffin y tiene poco que ver con lo que me propongo contar…».

Es un concepto, pues, que vuelve a estar de moda, y por ello no está de más que expliquemos qué es exactamente un Mac Guffin. Para ello le damos la palabra al señor Alfred Hitchcock, que es en concreto su inventor:

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Y ahora conviene preguntarse de dónde viene el “Mac Guffin”. Evoca un nombre escocés y es posible imaginarse una conversación entre dos hombres que viajan en un tren. Uno le dice al otro: «Qué es ese paquete que ha colocado en la red». Y el otro contesta: «Oh, es un Mac Guffin». Entonces el primero vuelve a preguntar: «Qué es un Mac Guffin?». Y el otro: «Pues un aparato para atrapar a los leones en las montañas Adirondak». El primero exclama entonces: «¡Pero si no hay leones en las montañas Adirondak!». A lo que contesta el segundo: «En ese caso, no es un Mac Guffin».

cartelLa cita está extraída del famoso libro El cine según Hitchcock, de François Truffaut. Y el entrevistador, el famoso crítico de Cahiers du Cinema (y mediocre director), saca su propia conclusión: «El Mac Guffin es el pretexto, ¿no?». Pero no es exactamente así. No se trata de un pretexto que justifique el desencadenamiento de los acontecimientos de la película, sino más bien un factor de distracción, un elemento que atraiga la atención del espectador y permita al célebre “mago del suspense” ir a lo suyo, a lo esencial de la película.

Pero Hitchcock va aún más allá: el Mac Guffin está vacío, el Mac Guffin es “nada”. Dice el cineasta que probablemente su Mac Guffin más perfecto es el de North by Northwest (llamada en España “Con la muerte en los talones”, por esa estúpida manía de los distribuidores hispanos de “destripar” las películas intentando contártelas en el título, cuyo caso más flagrante es probablemente “La semilla del diablo”). El Mac Guffin de esta película es: ¿Qué quieren, qué buscan los malvados que persiguen enconadamente a Cary Grant a lo largo de todo el film? Hitchcock desvela el Mac Guffin antes de la última y trepidante secuencia de la película, la que se desarrolla es un inverosímil chalet de lujo en lo alto del Monte Rushmore. Se lo revela al atribulado Grant un agente del Servicio de Inteligencia americano: el jefe de los “malos”, James Manson, es un espía nazi que “exporta” secretos del gobierno, y cuando le comienza a explicar la naturaleza del asunto justamente un avión despega (están en un aeródromo) y el ruido de sus motores impide oír la continuación del diálogo. «Ya ve que en este caso redujimos el Mac Guffin a su expresión más pura: nada», concluye Hitchcock.

beso

El enigma de North by Northwest es en realidad el personaje Eva Marie-Saint, de quien Cary Grant se enamora aunque sabe que es la amante del “malo” James Manson, para acabar descubriendo al final de la película que se trata en realidad de una agente del gobierno americano infiltrada en la red de espías.

Y una nota final. ¿Recuerdan ustedes la tórrida escena de amor entre Cary Grant y Eva Marie-Saint en el compartimento del tren? Debería ser de estudio obligatorio en las escuelas de cinematografía. ¡Para filmar una escena de sexo explícito no es necesario mostrar ni un centímetro de “carne”! ¿Y la escena final de la película? Para sugerir un coito tan solo hace falta un poco de sentido del humor.

P.S. Por favor: no me lapiden por referirme al señor Truffaut como “mediocre director”.

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Se acaba de poner a la venta la vigésima tercera edición del Diccionario de la Real Academia Española, en la que se incorporan gran número de nuevas voces, entre ellas algunas procedentes de las jergas juveniles y castizas, y se nos viene a la cabeza, inevitablemente la película Bola de Fuego, del gran Howard Hawks.

DRAE

Por si alguien no la recuerda daremos una breve sinopsis. Un grupo de eminentes (y provectos) eruditos se hallan consagrados a redactar una magna enciclopedia financiada por la fundación Totten; viven encastillados en una gran residencia, aislados del mundanal ruido, hasta que un día, escuchando al repartidor de leche, decidor y castizo, descubren que el léxico de la calle se transforma a velocidad vertiginosa. Deciden que se hace necesaria una investigación de campo para incorporar a la obra el elenco de nuevas palabras, y para ello comisionan al único joven del grupo de redactores, el profesor Bertrand Potts (Gary Cooper). Ataviado con un conveniente smoking y pertrechado de bloc de notas, Potts acude a un cabaret. Allí actúa la cantante Sugarpuss O’Shea (Barbara Stanwick), que interpreta la canción Drum Boogie. Al final de la misma Potts ha llenado toda una planilla de palabras y expresiones desconocidas y excitantes. El profesor se dirige a continuación a los camerinos, para pedir a la bella cantante que  asesore a la fundación en el proceloso mundo del slang y los neologismos. Como es lógico, la cabaretera le despacha con cajas destempladas: ¡Arreando, que vienen dando!, y Potts se retira compungido, no sin antes anotar esa última expresión en su libreta.

Pero entonces entra en escena el gangster Joe Lilac (Dana Andrews), novio de la cantante, para decirle a esta que la policía la está buscando para que declare contra él en un inminente juicio, y que conviene que se quite de en medio una temporada. A Sugarpuss se le enciende la bombilla, ¿qué mejor escondite que la fundación Potten, el último lugar en el que a la policía se le ocurriría buscarla? Sale rápidamente del camerino, encuentra a Potts y acepta la propuesta que antes rechazó.

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El resto de la historia es más o menos previsible: Sugarpuss se convierte en la reina de la residencia, adorada incondicionalmente por todos los valetudinarios sabios, y de forma más específica por el joven Potts, que se enamora de ella. Sugarpuss le corresponde, fascinada por una forma de vida tan radicalmente distinta a la que siempre conoció. El problema surge cuando Joe Lilac, pasado el peligro, acude a recuperar a su chica. Los respetables eruditos, con Potts al frente, se rebelan y hacen frente a los gangsters… Y como es una comedia, salen triunfantes.

La película es deliciosa, no solo por la dirección del genial Howard Hawks, sino también por un guión lleno de hilarantes juegos de palabras, obra de  Billy Wilder y Charles Brackett, que se basaron en un relato  titulado muy significativamente  From A to Z del propio Wilder y Thomas Monroe. Dicen algunos críticos que la película no es sino una adaptación neoyorquina y contemporánea del cuento Blancanieves y los siete enanitos, en la que los enanitos  serían los sabios estudiosos, el príncipe azul Gary Cooper, y Barbara Stanwick una despampanante y desenfadada Blancanieves.

Viendo alguno de los neologismos que los señores de la docta casa han incorporado a la nueva edición del DRAE, como “amigovios”, que nunca nadie había oído antes, o “chachi”, que nos suena un tanto rancio, podría llegar uno a la conclusión de que tal vez hubiera sido interesante incorporar a una “Sugarpuss” hispana como asesora.

¡Ahí te lo dejo, Blecua!

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Alcohólicos y geniales (III): O’Henry

Publicado el 21 de junio de 2013

William Sydney Porter, que mucho más tarde sentaría plaza de famoso narrador con el seudónimo de O’Henry, comenzó a empinar el codo ya en su primera juventud… y no dejaría de hacerlo hasta su muerte, a los cuarenta y siete años de edad, víctima de una cirrosis de hígado.

O'Henry

O’Henry

O’Henry, huérfano en la infancia, se trasladó a Texas desde su Carolina natal a los veinte años, buscando un clima favorable para sus problemas pulmonares, y desempeñó todo tipo de oficios, hasta que encauzó su vida contrayendo un feliz matrimonio  e ingresando como cajero en el First National Bank de Austin. Su carrera literaria comenzó en el “trullo”, concretamente en un penal de Ohio donde había sido internado por un desfalco cometido en el banco, después de una rocambolesca huida a Honduras, donde permaneció siete meses para escapar de la justicia y de donde regresó para estar presente junto al lecho donde agonizaba su esposa. Comenzó a escribir sus cuentos no porque en él hubiera nacido una tardía vocación literaria, sino para ganar algo de dinero en la cárcel para mantener a su pequeña hija. Obtuvo un éxito inmediato, lo cual no es de extrañar porque O’Henry es sin lugar a dudas uno de los más formidables narradores americanos de principios del siglo XX.

Desde entonces hasta su muerte, diez años después, escribió más de seiscientos relatos de mediana extensión y, nuevamente, no porque hubiera desarrollado una fértil capacidad creativa, sino para ganarse la vida a duras penas. Escribía acuciado por la necesidad y no sabemos si ayudado por la inspiración que encontraba en la botella, o a pesar de ella. Una anécdota referida a uno de sus más célebres cuentos ilustra perfectamente su tortuoso proceso creativo. Había adquirido el compromiso de entregar un relato a la semana al editor de la revista New York World para su suplemento dominical, relato que se publicaba acompañado por una ilustración. Retrasado en su entrega por enésima vez, el editor le envió al dibujante para que le explicara la sinopsis del cuento y así ir adelantando el trabajo. O’Henry no tenía ninguna idea, pero en cambio sí tenía una regular borrachera, y para salir del paso indicó que la ilustración debía representar a dos jóvenes enamorados sentados en una habitación modesta, ella con una espléndida cabellera, él con un lujoso reloj en las manos. En tres horas y media, partiendo de esta imagen y con la ayuda de una botella de whisky, escribió El regalo de los Reyes Magos, probablemente el relato que le proporcionó mayor fama, y que ha sido llevado al cine en diversas ocasiones, entre ellas en O’Henry Full House, película de episodios basada en sus cuentos, que contó con directores de la talla de Howard Hawks, Jean Negulesco o Henry Hathaway, y actores como Charles Laughton, Marilyn Monroe, Anne Baxter y Richard Widmark.

The gift of the Magi

El regalo de los Reyes Magos

 

Cuenta la crónica que cuando O’Henry murió en 1910, con el hígado devastado por su impenitente alcoholismo, todo su capital ascendía a los 23 centavos de dólar que llevaba en el bolsillo.

 

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Alcohólicos y geniales (II): Flann O’Brien

Publicado el 15 de mayo de 2013

Nos sentamos en Grogan con nuestros descoloridos abrigos en elegante desaliño, en unos sillones, tras la protección de la mampara. Yo di un chelín y dos peniques a un hombre cortés que nos trajo a cambio dos vasos de una cerveza negra, en la cuantía de una pinta imperial. Distribuí los vasos, a cada uno el suyo, y reflexioné sobre la solemnidad de aquel momento. Era la primera vez que tomaba cerveza. Innumerables personas con las que había conversado me habían expuesto que los licores espirituosos y los embriagantes en general alteraban adversamente los sentidos y el cuerpo y que los que se hacían adictos a los estimulantes en su juventud eran desdichados luego a lo largo de sus vidas y encontraban la muerte al final en una caída de borracho, expirando de un modo ignominioso al pie de una escalera en un charco de sangre y de vómito. Un hermano lego ya anciano me había aconsejado las aguas tónicas indias como un específico incomparable para calmar la sed.

 (Flann O’Brien. At Swim-Two-Birds)

Flann O'Brian

Flann O’Brien (née Brian O’Nolan) fue uno de los más conspicuos miembros de la muy honorable cofradía de escritores irlandeses borrachuzos. También es una de las figuras más señeras de la literatura irlandesa del siglo XX, junto a autores de la talla de Joyce y Beckett, de los que no desmerece. Aunque había nacido en el condado de Tyrone, en el Ulster, vivió en Dublín desde muy joven y fue un dublinés de pura cepa. Fue periodista (colaborador del Irish Times durante años con una columna satírica) y trabajó para la administración pública en los servicios sociales de Dublín. Se dio a conocer como escritor en plena juventud, con la deslumbrante novela At Swim-Two-Birds. El maestro Borges la calificó como un “laberinto verbal”: «Un estudiante de Dublín escribe una novela sobre un tabernero de Dublín que escribe una novela sobre los parroquianos de su taberna (entre los que está el estudiante), que a su vez escriben novelas donde figuran el tabernero y el estudiante, y otros compositores de novelas sobre otros novelistas». Parece un trabalenguas, ¿verdad?, pero a ver quién es el “guapo” que se atreve a llevar la contraria al idolatrado escritor argentino. En realidad ese bucle de historias que se entrelazan le sirve a O’Brien para parodiar todos los estilos literarios irlandeses, desde los más arcaicos hasta los más modernos, como también hiciera Joyce en el capítulo 12 de su célebre Ulises.

At Swim-Two-Birds es también una sátira aguda de la sociedad irlandesa de su tiempo, una mirada crítica llena de ironía y punzante sentido del humor. Como escribió Eamon Butterfield (en el prólogo de la edición de Edhasa de 1989), es una novela en la que no sucede nada, «y la tendencia de los personajes a pasar el tiempo en la cama o bebiendo en el bar es, en último extremo, un modo de protegerse de los horrores de la sociedad».

Pero entre todas las críticas y menciones a esta novela yo me quedo con la de Dylan Thomas (el gran jefe de la tribu de escritores dipsómanos británicos): «Justo el libro que uno puede regalar a una hermana, si ella es una chica borracha, sucia y malhablada».

En nadar dos pájaros

El alcohol puede trastornar la mente, cavilaba yo, pero quizás ésta pueda quedar agradablemente trastornada.

(Flann O’Brien. At Swim-Two-Birds)

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Alcohólicos y geniales (I): Carson McCullers

Publicado el 8 de febrero de 2013

“Fue hacia la puerta, pero Martin la agarró de un brazo.

—No quiero que los niños te vean en este estado. Sé razonable.

—¿Qué estado? —De un tirón, Emily zafó su brazo. Su voz se alzó enfadada—: Qué, que porque bebo un par de sorbos por la tarde estás tratando de hacerme creer que soy una borracha. ¡Qué estado! Ni siquiera toco el whisky. Lo sabes bien. No ando emborrachándome por los bares. Algo que tú mismo no podrías decir. Ni siquiera tomo un cóctel con la cena. Lo único que hago es beber de vez en cuando una copa de jerez. ¿Qué hay de malo en eso, pregunto yo? ¡Estado!”

[Al final Martin consigue que se quede en la habitación, pero cuando está dando de cenar a sus dos hijos, Andy y Marianne, Emily irrumpe en la cocina con pasos vacilantes.]

“—¡Estado! —dijo con voz turbia—. Me hablas así. No creas que me olvido. Me acuerdo de todas esas cochinas mentiras que me dices. No creas ni por un momento que me olvido.

—¡Emily! —rogó—. Los niños…

—Los niños, sí. No creas que no veo a través de tus sucios planes y manejos. Aquí abajo tratando de volver a mis propios hijos en contra mía. No creas que no veo ni comprendo.

—Emily, por favor, vete arriba.

—Sí, para que puedas poner a mis hijos…, a mis propios hijos… —Dos grandes lágrimas le rodaron por las mejillas—. Tratando de poner a mi hijo, a mi Andy, contra su propia madre.”

 

La escena pertenece al relato de Carson McCullers “Dilema doméstico”, publicado en el New York Post en 1951. Imposible no relacionar su asunto con la propia biografía de la autora, ya que, efectivamente, la genial creadora de Balada del café triste o Reflejos de un ojo dorado, la gran escritora sureña, equiparable en grandeza a William Faulkner o Flannery O’Connor, tuvo toda su vida graves problemas de alcoholismo. Otros relatos abordan también esa temática. Como ¿Quién ha visto el viento?, posteriormente convertido en obra de teatro. En este caso el alcohólico, también sumido en una grave crisis doméstica a causa de su adicción, es Ken Harris, un prometedor escritor que alcanza la fama en su juventud con una novela de éxito y cuya inspiración se ha secado, refugiándose en la bebida. Se trata de un claro trasunto del marido de Carson McCullers, Reeves, con quien mantuvo una relación tormentosa hasta que él se quitó la vida en París, después de su segunda separación. La propia autora escribió en el prólogo de la versión impresa de la obra teatral: «Puedo reconocer varias de las compulsiones que me han llevado a escribir esta obra. Mi marido quería ser un escritor y su fracaso en la empresa le llevó a la muerte». En “El instante de la hora siguiente”, un relato anterior a los dos ya mencionados, aparece por primera vez el asunto de una apareja destrozada por culpa del alcohol: «A la mujer se le ocurrió de pronto que debía haber bebido más de lo que creía, porque los objetos de la habitación parecían adoptar un extraño aire de sufrimiento»… «—Te aborrezco —dijo ella, viendo como sus manos (que sin duda no eran parte suya) empezaban a temblar—. Estas peleas de borrachos a medianoche…».

La notoria adicción de Carson McCullers al alcohol ha sido reseñada en toda su crudeza por sus biógrafos. Toda su vida, en realidad, fue dramática, a pesar de que el éxito literario le sonrió desde que era muy joven. A sus permanentes problemas de salud, fiebre reumática, influenza, pleuresía, rotura de cadera…, que la llevaron a pasar largas temporadas hospitalizada, se unió un matrimonio desastroso. Reeves fue un escritor fracasado, hundido por su alcoholismo y una homosexualidad no reconocida, que llegó a falsificar las firma de su esposa para saquear sus cuentas bancarias; ella misma fue también alcohólica y pasada su primera juventud afloraron asimismo sus tendencias lésbicas.  Según ha reseñado Rodrigo Fresán, en su estupenda edición de los relatos y nouvelles de McCullers publicada por Seix Barral en 2007, la escritora comenzó siendo una bebedora social en compañía de su marido Reeves, pero pronto comenzó a abusar del alcohol. En su estancia parisina, entre 1946 y 1947, la pareja era capaz de despachar dos botellas de coñac en una solo sesión vespertina. Al final de su vida, con su salud ya terriblemente quebrada —murió con cincuenta años cumplidos— McCullers pedía que le sirvieran un bourbon con hielo, que no llegaba a tocar, pero que se “bebía” con la mirada, y que era constantemente repuesto por sus cuidadoras. En la necrológica escrita tras su muerte por el New York Times se pudo leer: «Como ocurre con Faulkner, sus historias trascendieron el marco regional de lo sureño porque la soledad, la frustración, el amor y la gracia no conocen de fronteras…».

 

La patética historia de Carson McCullers nos evoca inevitablemente grandes clásicos cinematográficos, como Días de vino y rosas de Blake Edwards, y más especialmente la cruda y descarnada Días sin huella de Billy Wilder, ya que su protagonista es un escritor  paralizado por el terror a la página en blanco. Los casos de genios de la Literatura alcoholizados son innumerables, y a ellos nos iremos refiriendo en sucesivas entregas.

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En la Frontera. Meridiano de Sangre (Corman McCarthy)

Publicado el 29 de octubre de 2012

«Meridiano de sangre me parece la auténtica novela apocalíptica americana… Creo que ningún otro novelista estadounidense vivo nos ha dado un libro tan duro y memorable». Este comentario del célebre crítico literario Harold Bloom hace justicia a una novela estremecedora que aporta una visión singular de la eterna pugna entre barbarie y civilización, y al tiempo encumbra al olimpo literario a un autor, Corman McCarthy,  a quien el reputado estudioso no duda en señalar como el último heredero de la sublime tradición de las letras anglosajonas personificada en escritores como  Shakespeare, Melville o Faulkner.

La Frontera

Durante siglos, el tiempo de su propia gestación como nación, la historia de los Estados  Unidos de Norteamérica fue una historia de Frontera. La frontera en los tiempos actuales no es sino una línea imaginaria trazada sobre las páginas de los atlas, o unos establecimientos aduaneros que regulan el tránsito de personas o el tráfico de mercancías entre países soberanos. Pero antaño la Frontera era algo más épico, más vasto y más grandioso: el territorio de encuentro y confrontación entre culturas, entre formas de vida y entre intereses propios enfrentados. Por su propia naturaleza la Frontera era un territorio amplio, casi siempre violento y a menudo salvaje: el ámbito natural del choque entre civilización y barbarie. España fue durante muchos siglos, los de la llamada Reconquista, territorio de Frontera, la que mediaba entre dos universos antagónicos separados fundamentalmente por la religión y la cultura, la Cristiandad y el Islam. Y esa historia hispánica dio lugar, en el ámbito de la literatura, al género de la poesía épica. La épica española, en contraste con la francesa, no trataba asuntos meramente literarios ambientados en tiempos pretéritos en los que los héroes acometían sus grandes gestas fantásticas, sino que ponía en escena a personajes reales, paladines de la Frontera como Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, tratados, eso sí, dentro de los códigos literarios del héroe caballeresco.

La Frontera americana dio lugar, también, a una nueva épica en la literatura y, sobre todo, en el cine: el western, un género literario y cinematográfico fundamental en el siglo xx. Desde Fenimore Cooper hasta McCarthy este género ha producido numerosas obras maestras literarias, de igual manera que podemos decir que desde John Ford hasta Clint Eastwood el western ha sido una de las estrellas de la tradición cinematográfica.

En este contexto se desarrolla la novela de Corman McCarthy Meridiano de Sangre (Blood Meridian), publicada en 1985, que en su momento pasó relativamente desapercibida entre los lectores, pero cuyo prestigio con el paso del tiempo ha venido alcanzando dimensiones casi antológicas.

Corman McCarthy

Al igual que el recientemente fallecido J.D. Salinger, o su también compatriota Thomas Pynchon, McCarthy es un autor que no gusta de estar bajo el foco público. En los tiempos actuales, en los que el poder de los medios ha crecido exponencialmente, rehuir la publicidad y defender la propia intimidad puede llegar a constituir una actitud casi suicida para la carrera de un creador, y sin embargo, bajo esta premisa, la obra de estos literatos alcanza un relieve mucho mayor, puesto que es su propia calidad intrínseca la fuente casi única de su prestigio. Que nosotros sepamos, McCarthy tan solo ha concedido dos entrevistas a medios de comunicación, la primera de ellas en el tiempo en que apareció su novela Todos los bellos caballos (1992) al New York Times Magazine, y posteriormente, en 2007, en que “sucumbió a la tentación” de aparecer en televisión en el muy popular The Oprah Winfrey Show.

McCarthy nació en Providence (Rhode Island) en 1933 en el seno de una familia acomodada de origen irlandés, y recibió una formación católica. Pasó su infancia en Tennessee, a donde se trasladó la familia por motivos laborables de su padre, un abogado de prestigio. Estudió en la universidad de ese Estado aunque no llegó a graduarse y en su revista literaria publicó sus primeros relatos. Tras contraer matrimonio se instaló en Chicago, trabajando como mecánico de automóviles mientras escribía su primera novela, El guardián del vergel (The Orchard Keeper), que vio la luz en 1965, publicada por Random House. En esta época viajó por Europa gracias a las becas para creadores que recibió, se casó por segunda vez y llegó a vivir una temporada en Ibiza, que por aquel entonces era un refugio paradisiaco de artistas y hippies. Allí terminó su segunda novela La oscuridad exterior (Outer Dark), que se publicó en 1968. De regreso en Tennessee escribió la tercera, Hijo de Dios (Child of God), de 1973, y tras su segundo divorcio se instaló en Texas, donde dio comienzo a su mejor periodo creativo con la novela Suttree de 1979. Gracias a una nueva beca para creadores pudo emplear los siguientes años en escribir su obra maestra, Meridiano de Sangre, a la que siguió la también muy celebrada Trilogía de la frontera (The Border Trilogy), compuesta por Todos los hermosos caballos (All the Pretty Horses, 1992), En la frontera (The Crossing, 1994) y Las ciudades de la llanura (Cities of the Plain, 1998). La trilogía le sirvió para alcanzar la fama y el reconocimiento que hasta ese momento se le habían negado, y así, sus siguientes obras constituyeron considerables éxitos: No es país para viejos (No Country for Old Men, 2005) y La carretera (The Road, 2006), esta última galardonada con el premio Pulitzer. La popularidad de estas novelas ha sido rubricada por sus versiones cinematográficas: Todos los hermosos caballos fue filmada por Billy Bob Thornton y en su reparto figuraba la actriz española Penélope Cruz, No es país para viejos la dirigieron los hermanos Cohen, con Javier Bardem en el reparto, y La carretera la rodó John Hillcoat. Para el 2011 se esperaba la película basada en Meridiano de sangre, que parece permanentemente demorada por sus problemas de adaptación.  McCarthy es también autor de dos obras de teatro (The Stonemason y The Sunset Limited) y de un guión cinematográfico (El hijo del jardinero, The Gardener’s Son).

No resultará ocioso comentar aquí algunas claves que pueden resultar reveladoras de la personalidad de McCarthy como escritor. Cuando acabó su primera novela la envió a Random House por la exclusiva razón de que era la única editorial que conocía, como él mismo ha contado, y allí tuvo la suerte de que cayera en las manos de Albert Erskine,  el que había sido editor de William Faulkner y que lo fue de McCarthy hasta su jubilación veinte años más tarde; significativamente, se ha señalado en numerosas ocasiones a McCarthy como “heredero” literario de Faulkner. Preguntado por sus preferencias literarias, el autor cita a Melville, y de nuevo surgen las analogías señaladas por los críticos que identifican Meridiano de sangre con Moby Dick, y declara su rechazo a escritores como Henry James o Marcel Proust, que no tratan las cuestiones de la vida o de la muerte, llegando a asegurar que sus obras no le parecen “literatura”. Lo que resulta evidente es que McCarthy es un escritor “puro” y que su obra no está influida por tendencias culturales o intelectuales, algo que pone también de manifiesto su alejamiento de los cenáculos de escritores y su poco aprecio a aparecer en público.

Meridiano de sangre

La novela se basa en hechos históricos. La banda Glanton operó entre 1849 y 1850 en el Sudoeste de Estados Unidos, y su misión fue limpiar la región de tribus indias para facilitar su colonización, en una operación que hoy calificaríamos sin duda como genocida. No cabe hacer un juicio moral anacrónico de estos hechos: La humanidad ha forjado su destino en buena medida a golpe de lanza o de fusil, y los episodios históricos en los que la iniquidad ha campado por sus respetos, sembrando la tierra de sangre, dolor y destrucción, son tan abundantes que casi exceden cualquier capacidad de enumeración. Dice la historia que Joel Glanton, un veterano de la guerra contra México por la independencia de Texas, fue contratado por las autoridades mexicanas para armar una tropa de mercenarios cazadores de cabelleras con el objetivo de “limpiar” de tribus indias hostiles el amplio territorio de la frontera sudoccidental, en la región de Arizona. Las actividades de la banda Glanton excedieron tenebrosamente los objetivos que les habían sido fijados, masacrando tribus enteras de indios pacíficos dedicados a la agricultura, e incluso ampliando su campo de acción a los propios pobladores mexicanos, hasta el punto de que las autoridades de Chihuahua la declararon fuera de la ley y pusieron precio a la cabeza de su líder. El episodio final de esta historia atroz se produjo en el río Gila, donde Glanton se apoderó de la barcaza transportadora que utilizaban los numerosos emigrantes que se dirigían a California, atraídos por la fiebre del oro, e inició un siniestro negocio que consistía básicamente en asesinar y despojar de sus bienes a los peregrinos. Allí halló la muerte, a manos de los guerreros del apache quechan Caballo en Pelo, que destruyó la banda y asesinó a su jefe.

Estos hechos constituyen el trasfondo de la trama de Meridiano de sangre, en la que, además, aparecen dos protagonistas que constituyen la verdadera esencia de la materia literaria de la novela. El “Chico” es un muchacho de apenas dieciséis años que se enrola en la banda para poder abandonar el presidio en el que se haya confinado. Carece de nombre propio, ya que él mismo lo ignora –consecuencias de una infancia terrible y violenta–, y es testigo y partícipe de la terrible aventura de la banda Glanton. El juez Holden –el líder ideológico de la misma– es un personaje terrorífico; su propia caracterización física le confiere un aura de ser sobrehumano o, más precisamente, inhumano. Es un gigante de casi dos metros de estatura y ciento cincuenta kilos de peso, un albino despojado de cabello en todo su cuerpo, un hombre refinado que domina numerosos idiomas y posee un discurso elegante y culto , toca el violín con virtuosismo, es un excelente bailarín y un ser dotado de una infinita curiosidad intelectual, que le lleva a realizar continuas anotaciones en su cuaderno de apuntes, como si su misión fuera hacer un riguroso estudio antropológico y paleontológico de las tierras que recorre la banda. Es, además, un ser amoral y despiadado, un brutal depredador ajeno a toda compasión o instinto de humanidad, violador y asesino de niños de ambos sexos, dotado de una infinita capacidad para el mal. El lector conoce al juez Holden al mismo tiempo que el Chico, testigo de un significativo episodio que caracteriza desde el principio la naturaleza malvada del personaje. En el interior de una carpa, bajo una lluvia inclemente, una multitud de hombres de la Frontera escuchan con devoción las palabras de un predicador itinerante; de golpe, el juez Holden se adelanta y lanza contra él las más graves acusaciones; la multitud se alza indignada y, sin tomar en consideración las protestas del predicador, allí mismo le lincha de forma brutal; un rato después, en la cantina del pueblo, alguien pregunta al juez Holden cómo averiguó los graves delitos de aquel hipócrita; el juez responde que nunca había visto u oído hablar de ese hombre con anterioridad; tras un momento de estupor, todos los presentes prorrumpen en carcajadas.

El juez Holden: un paradigma

El juez Holden es el paradigma del mal. Su aspecto físico recalca poderosamente su “inhumanidad”, su condición de individuo singular ajeno a la común estirpe humana. Sus actos malignos están siempre sustentados en un discurso que es, en sí mismo, la apología de una conciencia  amoral y violenta, que progresa entre los hombres por medio de la iniquidad y la depredación. No será ocioso en este momento, a tenor de las circunstancias en las que en los tiempos presentes se encuentra sumida la situación económica internacional, traer a colación una curiosa reflexión de Harold Bloom sobre este personaje «cuyo apellido tiene connotaciones de control accionarial (holding)». Holden posee otras condiciones casi extrahumanas, como es el hecho de que nunca duerme, y que él mismo proclama que «no morirá jamás». El lector no puede por menos que darle crédito. Tras la destrucción de la banda Glanton a orillas del río Gila tan solo unos pocos de sus miembros logran escapar; casi todos irán cayendo por el camino y solamente Holden y el Chico logran llegar con vida a San Diego, donde sus destinos se separan. Veintiocho años después se produce su reencuentro; el Chico ya no es un muchacho de dieciséis años, sino un hombre maduro de cuarenta y cuatro, y sin embargo el aspecto físico del juez es exactamente el mismo al del último día en que le vio. En ese reencuentro tan solo uno de ellos quedará con vida, el último sobreviviente de la banda Glanton, y no hace falta mucha imaginación para deducir quién de ellos es.

La cabalgada de la banda Glanton hacia el oeste, hacia el meridiano o lugar donde se pone el Sol, reviste en la novela de McCarthy caracteres de auténtica epopeya. Una epopeya brutal y sanguinaria –nada que ver con la de Mio Cid, junto a sus fieles, camino de un destierro injusto–, en la que el salvajismo alcanza un paroxismo que llega a lo insoportable: «…mis dos primeros intentos de leer Meridiano de Sangre fracasaron porque retrocedí ante la carnicería abrumadora que retrata McCarthy», ha confesado Harold Bloom. Los caballistas recolectores de cabelleras son forajidos, parias, desarraigados, mercenarios… la escoria de la civilización. Asesinan, violan, destruyen, masacran tribus enteras sin el menor reparo. Los tiempos modernos nos han vacunado contra ciertos escrúpulos; sucesos como las matanzas étnicas en Ruanda en 1994 o los horrores de Kosovo en 1999 hacen que la ficción más extremada se quede en algo casi anecdótico. Pero aun así Meridiano de sangre es un relato de una crudeza descarnada, hasta el punto de que la película que más se aproxima temáticamente a esta novela, la célebre Grupo salvaje (The Wild Bunch) de Sam Peckimpah, un director caracterizado generalmente como “violento”, parezca en comparación «un retrato de la dulzura misma», en palabras de Bloom. Y aun así es necesario leerla, porque constituye un drama de resonancias clásicas y shakespereanas en cuyo trasfondo resuena un relato moral de la naturaleza humana. Probablemente la vida en la Arizona de mediados del siglo xix fuera como la describe McCarthy, o incluso peor, porque cualquier ficción resulta pálida frente a realidades históricas como, por poner solo un ejemplo, la colonización europea del Congo belga. En el eterno debate en el que se aborda el choque y la dialéctica entre barbarie y civilización, quizás el análisis de Meridiano de sangre proporcione una visión singular por paradójica: las fuerzas civilizadoras, las huestes que se adentran en la Frontera para abrir camino a la civilización frente a los salvajes, se convierten a la postre en la encarnación perfecta del salvajismo. Aquí no hay equívocos; no aparece por ningún lado la ingenuidad de un Roger Casement (protagonista de El sueño del celta, de Vargas Llosa), quien cree servir a la causa de la humanidad llevando a los nativos el cristianismo, la civilización y el comercio para redimirles del atraso, la enfermedad y la ignorancia. La expedición de Glanton tan solo actúa en busca de beneficios, como la Asociación Internacional del Congo, presidida por el rey Leopoldo II; la diferencia es que esta última buscaba básicamente obtener caucho, y los protagonistas de McCarthy cabelleras de indios… y de mexicanos.

El señor de la guerra

«Si la guerra no es santa el hombre no es más que barro viejo», dice el juez Holden. La figura de este personaje ha sido conceptuada como la de un auténtico “señor de la guerra”. Por encima de personajes como Glanton, metódico y frío, ajeno a cualquier escrúpulo moral, o de Toadvine, un veterano que lleva talladas a cuchillo en la frente las letras que le identifican como ladrón y asesino, Holden representa la esencia de la maldad, porque es capaz de racionalizar el uso de la violencia y de la ausencia de piedad, la negativa a compadecerse de cualquier ser humano, la capacidad para cosificar al enemigo, de convertirle en objeto deshumanizado, digno de exterminio o, mejor aún, en “ser” que debe destruirse para la propia prevalencia o la propia subsistencia. Holden es el antecesor de esos señores de la guerra que florecieron en el Líbano, los Balcanes o Ruanda en las últimas décadas del siglo xx. «…La guerra es la forma más pura de la adivinación. Es poner a prueba la voluntad de uno y la voluntad de otro dentro de esa voluntad más amplia que, por el hecho de vincularlos a ambos, se ve obligada a elegir. La guerra es el juego definitivo porque a la postre la guerra es un forzar la unidad de la existencia. La guerra es Dios». Así, el juez Holden “diviniza” la guerra. En este contexto es un “antiguo”, en el sentido de que durante siglos, los primeros de la historia de la humanidad, la sacralización de la guerra fue algo consustancial a la naturaleza de las cosas. Los guerreros ofrendaban ante el altar de sus dioses para que estos les fueran propicios a la hora de destruir al enemigo; probablemente los mejores ejemplos se hallen en el Antiguo Testamento. «La ley moral es un invento del género humano para privar de sus derechos al poderoso a favor del débil», ironiza Holden. En la guerra la ley moral se desvanece. No hay moral, o mejor aún, la moral es cínica y ya no responde a los principios éticos que rigen durante la paz, que han sido sustituidos por un “utilitarismo” sangriento e inhumano. «Los hombres de Dios y los hombres de la Guerra tienen extrañas afinidades», le dice el juez a Tobin, el antiguo cura miembro de la partida, remarcando una vez más el carácter místico y sacrificial de la guerra. «A medida que la guerra se vuelva ignominiosa y su nobleza sea puesta en tela de juicio los hombres honorables que reconocen la santidad de la sangre comenzarán a ser excluidos…». Esta frase la pronuncia Holden en la antesala de la escena final de la novela; se la dice a un Chico encerrado en una celda en San Diego, después de haber atravesado un terrible desierto con una punta de flecha clavada en el hueso de su pierna y bajo la amenaza de un juez Holden que le hostiga como un Leviatán terrorífico y omnipresente. Y el Chico tiene el coraje de responderle: «Usted no es nada», a lo que el juez replica: «No sabes cuánto aciertas». Este diálogo se produce apenas dos páginas antes de que, veintiocho años después de su separación, el juez Holden asesine al Chico en una escena que intuimos atroz, pero en la que McCarthy nos concede por primera vez la piedad de una elipsis.

Numerosos críticos literarios, entre ellos Bloom, han señalado las afinidades entre Meridiano de Sangre y Moby Dick. El juez Holden es la ballena blanca, el Leviatán a quien nadie puede destruir, inmortal y terrible, porque anida en lo más profundo de la propia naturaleza humana. El lector cae en la tentación de identificar al juez Holden con el personaje del coronel Kurtz interpretado por Marlon Brando en el Apocalypse now de Francis Ford Coppola. Y no es una identificación ociosa si tenemos en cuenta la novela de Conrad que inspira la película, El corazón de las tinieblas, donde Kurtz, el marchante de marfil que ha sucumbido al poder primigenio de la barbarie, musita antes de fallecer: «El horror, el horror…». Y así, con esta última vuelta de tuerca, llegamos de nuevo hasta el Congo, el África primitiva, en la que el “hombre blanco” civilizado cayó, como tantas otras veces, en brazos del salvajismo, y cerramos un círculo siniestro: el de la dialéctica eterna entre civilización y barbarie.

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  • admin

    30 octubre 2012 | 16:46

    De nuevo en el blogg

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Pifias editoriales

Publicado el 6 de febrero de 2012

 

Con motivo de la reedición en España del ensayo Los nuestros, del crítico chileno Luis Harss, por parte de la editorial Alfaguara, han ido apareciendo diversas noticias en las páginas de cultura de los medios de comunicación, pues no en vano es fama que este libro, aparecido en 1966, fue el que estableció el canon de lo que se conoce como el “boom” de la literatura latinoamericana, acaecido justamente en aquellos años. A nosotros nos ha llamado la atención que en una entrevista al autor realizada por  Tomás Eloy Martínez en el diario argentino La Nación, a una pregunta sobre la inclusión en dicho canon de Gabriel García Márquez, responde Harss: «Yo había leído sus cuentos y su novela La mala hora (una edición española no autorizada por el autor circulaba desde 1962). Cuando el manuscrito de Cien años de soledad ya estaba muy adelantado, envió una muestra de unas setenta páginas a varias personas. No sé cómo llegó hasta mí. Yo le escribí: “Me parece demasiado anecdótico”… y le llevé esas páginas a Paco Porrúa. La novela salió uno o dos años después y cambió el mundo». Este detalle viene a cuento de una de las grandes “pifias” editoriales acaecidas en el mundo editorial español.

Los errores de apreciación de los encargados de descubrir nuevos talentos para la industria del entretenimiento y de la cultura han sido, algunos de ellos, monumentales. El ejemplo más conocido es el del ejecutivo de la compañía discográfica Decca, que rechazó a los Beatles, e incluso les recomendó que se dedicaran a otra cosa porque los grupos de guitarras no tenían ningún futuro en la música popular. Pero, centrándonos en el mundo editorial, es proverbial la “anécdota” de que André Gide, trabajando en el consejo editorial de la Nouvelle Revue Française, rechazó publicar ni más ni menos que En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. A Gide se le imputa la (probablemente falsa) declaración de que «si es preciso convalecer de tuberculosis para leer los cuarenta y tres volúmenes de Saint-Simon, los siete tomos de En busca del tiempo perdido requerirían de, al menos, un tifus». Pero lo cierto es que rechazó la novela, aunque a posteriori reconocía compungido su error. En 1914 escribió Gide a Proust: «Desde hace varios días no abandono su libro; me lleno de él con deleite, me sumerjo en sus páginas. ¡Ay de mí! ¿Por qué me resulta tan doloroso amarlo tanto?… Haber rechazado este libro quedará para siempre como el más grave error de la NFR, y (como tengo la vergüenza de ser en gran parte el responsable de esto) una de las tristezas, de los remordimientos más dolorosos de mi vida».

El que jamás reconoció su error fue el admirable por tantas cosas Carlos Barral, sin duda la figura más destacada de la edición española, responsable también en muy buena medida del estallido del boom de la narrativa latinoamericana (junto a la benemérita Carmen Ballcels). A muchos de los autores del boom les acogió el editor en Seix Barral, y les protegió con coraje de la infame censura de aquellos años, como fue el caso de Mario Vargas Llosa, cuya novela La ciudad y los perros pudo ser publicada en España, incluso después de haber sido rechazada en dos ocasiones por la censura, gracias a sus buenos oficios y a los de José María Valverde. La historia la ha contado el propio Vargas Llosa, quien siempre se refirió a Barral en los términos más elogiosos.

Pero lo cierto es que Barral rechazó Cien años de soledad. ¿Por qué? ¿Error de criterio literario? Yo me inclino más bien a pensar que no debió ver posibilidades comerciales en aquella novela tan especial y tan novedosa. Como también es cierto que siempre negó su equivocación. En su libro de memorias Cuando los años veloces escribe: «Debiera saberse que yo no publiqué Cien años de soledad a causa de  un malentendido, a la falta de respuesta puntual a un telegrama, y no por un error editorial ni por una torpe lectura del manuscrito –que nunca vi– como maliciosamente se ha pretendido». Quizás deberíamos concederle el beneficio de la duda. ¿Ustedes qué piensan? La novela fue publicada por la editorial Sudamericana en 1967 y, como bien dice Harss “cambió el mundo”. Al crítico chileno le bastaron setenta páginas del original para decidirse a incluirlo en su canon; quizás las mismas que le “sobraron” a Barral.

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  • Fran

    6 noviembre 2012 | 19:43

    Interesante entrada, maese Ignacio. Y hay muchas más meteduras de pata, como la negativa de más de cincuenta editoriales americanas a publicar “Lolita”, de Nabokov, que finalmente tuvo que salir… en un sello europeo dedicado a la pornografía. Cosas veredes.

  • Ignacio

    24 noviembre 2012 | 21:20

    Hola Fran
    Gracias por comparecer en este regreso del blogg. No es extraña la negativa de los editores americanos a publicar Lolita en 1955 (ni siquiera yo había nacido). Ahí es nada: un incesto. Si Nabocov lo hubiera intentado en nuestros tiempos (de corrección política casi fundamentalista) no solo le hubieran rechazado, le hubieran puesto en una lista negra para que jamás pudiera publicar. En esto, como en tantas otras cosas, vamos a peor.

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Byron enamorado

Publicado el 2 de junio de 2010

Byron enamorado. Edna  O’Brien. Traducción de Amado Diéguez. Espasa Calpe, 2009

Como la propia autora de este ensayo biográfico advierte en su prólogo, existen ya innumerables estudios sobre la vida y la obra de Lord Byron, eruditos, apasionados, agudos, fantasiosos e incluso calumniosos; entre ellos son dignos especialmente de atención el célebre de André Maurois, en tono literario, o el más académico del profesor Leslie Marchand en 1957, que Edna O’Brien califica como “hercúleo” y definitivo. Entonces, ¿por qué una nueva biografía del poeta por antonomasia del Romanticismo inglés?  La autora nos da la clave cuando reproduce la frase de una de sus muchas grandes amigas, Lady Blessington, curiosamente la única que no “sucumbió a sus encantos”: «Era la persona más extraordinaria y aterradora que conocí en mi vida».  Así, aparentemente, el ensayo de Edna O’Brien se plantea a priori como el relato escandaloso de una existencia vivida con una intensidad frenética, siempre en el límite: el paradigma del espíritu del Romanticismo, centrada en la vida amorosa de Byron, que a tenor de los doce volúmenes de cartas y diarios que dejó escritos fue extraordinaria y novelesca. La nómina de sus amantes sucesivas (o simultáneas) es casi interminable. Por el libro desfilan desde su institutriz May Gray, que le inició en el sexo, pasando por Lucinda, una doncella de la abadía de Newstead a la que dejó embarazada, o Susan Vaughan, otra criada, hasta las españolas hermanas Beltrán, su prima Mary Duff, su hermanastra Augusta Leigh, nobles damas como Lady Caroline Lamb, Lady Frances Webster, Jane Elizabeth Scott, Claire Clairemont, y las italianas Margarita Cogni y la condesa Teresa Guiccioli, por hablar tan solo de algunas de sus amantes femeninas.

Lo cierto es que toda la existencia de Lord Byron estuvo marcada por sus numerosas y continuas aventuras amorosas, tanto heterosexuales como homosexuales. Son bien conocidas sus relaciones adúlteras con una larga serie de damas de la aristocracia británica de su época –algunas de las cuales relacionamos más arriba–, sobre todo a raíz de que la publicación de su Childe Harold le catapultase a la fama y le reportase la unánime adoración femenina. Curiosamente, su relación con su mujer legítima Annabella Milbanke, que duró poco más de un año, fue un auténtico infierno, entre otras cosas porque la desesperada esposa hubo de soportar la presencia en su propia casa de Augusta, hermanastra del poeta, que a la vez era su amante incestuosa. Pero donde su libertinaje llegó al paroxismo fue durante su estancia en Venecia en 1817, llegando a presumir de que había “envergado” (sic) a más de doscientas mujeres. Una carta dirigida a sus mejores amigos, Hobhouse y Kinnaird, contiene una relación de los nombres de muchas de ellas, y termina diciendo: «… algunas de ellas son condesas, otras esposas de zapateros, unas son nobles, otras de clase media, otras de clase baja… y todas putas».

¿Cómo explicar este “curriculum” insuperable? «Lord George Gordon Byron –escribe Edna O’Brien– medía un metro setenta y cinco, tenía una malformación en el pie derecho, el pelo castaño, una palidez asombrosa, sienes de alabastro, dientes como perlas, ojos grises ribeteados por pestañas oscuras y un encanto al que ni mujeres ni hombres podían resistirse». Era, evidentemente un hombre hermoso, cuya fascinación se vio en buena lógica incrementada cuando se hicieron públicas sus composiciones poéticas y alcanzó una grandísima notoriedad social en Inglaterra. Pero su atractivo no solo consistía en estas circunstancias, sino que iba mucho más allá. Su carácter disoluto, su vida desordenada, sus excentricidades sin cuento, su desprecio por los convencionalismos… todo ello le confirió una aureola de “enfant terrible”, de personaje maldito, de rebelde y de visionario, hasta el punto de configurar un auténtico paradigma humano, verbalizado en el adjetivo “byroniano” que ha hecho fortuna para calificar el arrebato y el exceso. Esta imagen pública debía resultar irresistible para una extensa nómina de damas que sintieron su pecho palpitar asomándose al abismo.

Pero Edna O’Brien, fascinada también por el personaje, no se deja subyugar por su encanto, y escribe una biografía en la que no está ausente la ironía y el sentido del humor, y que envuelve al poeta celebérrimo con una mirada a veces implacable. No ahorra al lector los padecimientos de su infancia a causa de esa pierna deforme que le hizo sufrir lo indecible, ni la decadencia física de sus últimos años después de una vida de excesos. No oculta ni suaviza su carácter amoral y violento, sus claroscuros que le conducen desde la liberalidad más extrema hasta una mezquindad detestable, su talento e inteligencia junto a su venalidad, su carácter tiránico y su malicia, su indiferencia ante el sufrimiento ajeno frente a la generosidad infinita que le conduce a morir en Missolonghi defendiendo la “sagrada causa” de la libertad de Grecia (si bien es verdad que hacía años que no podía poner pie en su Gran Bretaña natal so pena de ser inmediatamente encarcelado por sus desorbitadas deudas).

Y por debajo de este relato biográfico, lógicamente, subyace la personalidad del Byron escritor. Del genial autor de Las peregrinaciones de Childe Harold, El corsario, Beppo y el Don Juan, del poeta más celebrado del Romanticismo inglés, pese a la dura competencia de sus contemporáneos Shelley y Keats, y de sus precursores Blake, Wordsworth  y Coleridge. El autor paradigmático de un periodo literario en el que sus protagonistas se esforzaron hasta extremos desorbitados por vivir con la misma intensidad con la que escribían.

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Millenium negro

Publicado el 2 de marzo de 2010

“Anders Hellberg, el jefe de Stieg Larsson en su agencia de noticias, tiene serias dudas sobre la capacidad de éste para escribir los sucesivos mamotretos: ‘El lenguaje que utilizaba era pobre, el orden de las palabras incorrecto, la construcción de las frases era simple y la sintaxis completamente enloquecida’. A mí todo ello me parece prueba irrefutable de que Larsson y sólo él escribió Millenium…”.

La frase (genial) va entre comillas, porque no es mía, sino de Fernando Savater, en un delicioso artículo publicado en El País de hoy, que versa sobre la autoría encubierta de escritores en la sombra (generalmente mujeres y sufridas esposas), que exprimen su cacumen para mayor gloria del que firma (y eventualmente cobra los derechos de autor). Se refiere Savater a Eva Gabrielsson, pareja de hecho del tremendo “bestsellerista” (Víctor, ¿admitiría la Española este nuevo “palabro”?) Stieg Larsson, excluida inmisericordemente del festín de regalías de Millenium, a María de la O Lejárraga (esposa y “negra” del dramaturgo Martínez Sierra), y a la mujer del novelista de serie negra Dick Francis, autor que, al parecer, entusiasma a nuestro entrañable filósofo, ”el hombre que sí amaba a los caballos”. En esta relación de mujeres enamoradas que prestaron su talento para la mayor gloria de sus, por lo general, estólidos maridos, encuentro una flagrante ausencia: la de Sidonie Gabrielle, más conocida como Colette, que fue la autora real de todas las novelas de la serie Claudine, firmadas por su marido, Willy. El tal Willy, no solo se beneficiaba del gran talento de su esposa, sino que aprovechaba que esta se hallaba enfrascada en su trabajo literario para practicar su afición preferida: el adulterio. De esta forma se “beneficiaba” doblemente: de su esposa y a su amante (perdón por el chiste horrible).

Pero volvamos a Millenium, que, fuera quién fuese el que la escribió, ha sido el suceso literario indiscutible del 2009 y una fuente inagotable de ingresos para la familia de su autor (excepto su mujer) y para sus diversos editores. Estoy completamente de acuerdo con Savater en considerar que la calificación que de Larsson hace su jefe periodístico es prueba irrefutable de su autoría… porque Millenium no es más que otra de las infames novelas de fórmula que, año tras año, encumbran a autores mediocres, creadores de tochos paraliterarios destinados al entretenimiento estival de aburridos lectores circunstanciales. Me he tirado meses respondiendo hipócritamente a la pregunta entusiasmada de numerosos interlocutores con una frase de compromiso: “el personaje de Lisbeth Salander es fascinante”, tan solo para no decir lo que de verdad pienso, que no hallo diferencia alguna entre Larsson y el resto de bestselleristas de fórmula, Brown, Grisham, King, etc. Es decir, literatura de consumo para paladares poco sofisticados.

Hace unos días tuve una reunión con un directivo de una de las más importantes compañías de comunicación españolas, que va a poner en marcha en breve una plataforma para el libro digital. Hablábamos precisamente de esto: de la literatura de calidad frente al inevitable “fast-book” que se vende como churros. Se moría de la risa cuando, en una de mis frecuentes “boutades”, le decía que si William Faulkner redivivo se presentase en una editorial española actual con cualquiera de sus manuscritos, no es que no le hicieran ningún caso, sino que el editor ordenaría a dos mozos de almacén que le llevasen a rastras al callejón y que, a la manera de Eddie Felton, le rompieran los huesos de las manos para impedir que volviera a escribir.

A los buenos cinéfilos no les será necesario que aclare que Eddie Felton es el protagonista de The Hustler (El buscavidas), magnífica película de Robert Rossen protagonizada por Paul Newman, que cuenta la historia de un jugador de billar profesional y su mítico enfrentamiento con El “gordo” de Minessotta.

Si fuera coherente con el método de este blog debería ahora referirme a las versiones cinematográficas de Millenium. Permítanme que por una vez sea grosero: no me da la gana. En cambio, me tomaré la libertad de entonar una loa a los innumerables “negros” que con su trabajo oscuro y callado tanto han contribuido, no solo al progreso de las bellas letras, sino también a que todo tipo de “famosos” (televisivos, ex-políticos, etc.) hayan podido “escribir” un libro. Me remito aquí a las desopilantes Memorias de un amante sarnoso de Groucho Marx, donde relata el comentario que le hace un magnate del cine que acaba de publicar un libro (lógicamente escrito por un negro): “No imaginaba que fuera tan fácil, muchacho. Me parece que voy a ponerme a escribir otro inmediatamente”.

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  • Juan Ignacio Alonso

    3 marzo 2010 | 13:34

    Permítanme que aproveche mi propio foro para añadir algún dato más (confío que interesante) a lo ya dicho de las “esposas negras”.
    Gregorio Martínez Sierra fue, sobre todo, un buen empresario teatral, que promovió una renovación de la escena. Por ejemplo, programó y dirigió la pimera obra teatral de García Lorca, El maleficio de la mariposa, cuya protagonista fue La Argentinita. Pero lo cierto es que la mayoría de su producción literaria salió de la pluma de su esposa, María Lejárraga. Llama la atención cómo, atenazada por una mentalidad que relegaba a la mujer a papeles secundarios, María aceptó con toda naturalidad permanecer en la sombra, “el papel que le correspondía a una esposa”. Pero el colmo de la humillación que le infligió su marido fue su relación adúltera (otro Willy) con la primera actriz de su compañía teatral, Catalina Bárcena, y sobre todo que “todo el mundo lo sabía”.

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El “misterio” Traven

Publicado el 5 de febrero de 2010

Citábamos en nuestro anterior post a B. Traven, junto a Salinger y Pynchon, como modelo de escritor de éxito que huye de los focos públicos. El caso de Traven es, tal vez, el más extremado, ya que fue un maestro en el arte de la ocultación, hasta el punto que las pocas cosas que se conocen de su personalidad y de su biografía podrían perfectamente ser meras especulaciones. Ni siquiera se sabe con certeza el nombre que se abrevia con esa B., aunque se cree que es Bruno.

Veamos las conjeturas respecto a su vida. Es posible que se tratase de un escritor alemán anarquista y antibelicista llamado Ret Marut, que hubo de abandonar su país de origen y se radicó en México en 1923, donde vivió hasta su muerte en 1969. Lo cierto es que el estilo y la temática de la primera novela que publicó concuerdan con esta idea.

La nave de los muertos, recientemente reeditada por Acantilado, con traducción de Roberto Bravo de la Varga,  es un tremendo alegato contra los burócratas, los políticos, los nacionalistas, los militares, etc., envuelta en una soberbia y emocionante aventura épica protagonizada por Gerard Gales, paradigma de los fracasados, que afronta su tremenda peripecia vital con admirable y libérrima gallardía. Se trata de un marinero que pierde su barco en Amberes por culpa de una borrachera, y queda abandonado, solo, sin dinero ni documentos. Sin sus papeles se convierte de repente en un “no existente” para las instancias oficiales, condenado a vagar por diversos países, acosado, encarcelado y al final expulsado de todas partes. Hasta que consigue embarcar en el Yorikke, la nave los muertos, un desvencijado vapor mercante cuya tripulación se compone precisamente de “sin papeles”, “no existentes”, muertos en vida condenados navegar de puerto en puerto sin posibilidad de desembarcar. La nave de los muertos es un relato que deberían leer obligatoriamente muchos de nuestros políticos actuales.

Pero la novela más conocida de Traven no es otra que El tesoro de Sierra Madre (también reeditada por Acantilado), pues en ella se basó la película del mismo título dirigida por John Huston en 1947, protagonizada por Humphrey Bogart. Cuando Huston comenzó los preparativos del rodaje, la productora Warner Brothers, escribió a Traven invitándole a trasladarse a Hollywood para participar en el guión. Declinó la invitación sugiriendo que Huston y él se encontraran en México, donde podrían aprovechar para localizar escenarios (fue una de las primeras películas americanas que se rodó íntegramente en exteriores en un país extranjero). Pero en vez de Traven compareció un tal Hal Croves, con una carta del novelista que garantizaba que podría perfectamente sustituirle, pues lo conocía todo de su obra. Efectivamente, Croves desempeñó un papel fundamental en la película, no solo en la redacción del guión, sino en su rodaje. En todo ese tiempo John Huston no fue capaz de confimar su sólida sospecha de que Croves era el propio Traven. El éxito de El tesoro de Sierra Madre fue grandísimo y catapultó la figura del novelista, que pese a ello logró preservar su anonimato hasta el final de sus días.

El “misterio” Traven (como el de Salinger) tiene una sencilla explicación. La dió él mismo en una de sus cartas conservadas: “Todo mi misterio consiste en que odio a los columnistas, reporteros y críticos que no saben nada respecto a los libros sobre los que escriben. No hay mayor alegría ni satisfacción para mí que el hecho de que nadie sepa que soy escritor cuando me presentan a la gente o voy a los sitios… Solo así puedo decir lo que me plazca sin que algún pedante o intelectual me recuerde que un escritor de tanta reputación no debería decir tonterías”.

Finalmente, debo referirme a nuevamente a la película. El tesoro de Sierra Madre es una obra maestra, una de las muchas de John Huston (que sin embargo también rodó filmes mediocres que empañan su grandeza). De sus tres protagonistas, Humphrey Bogart, Tim Holt y Walter Huston (padre del director), destaca especialmente este último, que recibió por su magistral papel un Oscar al mejor actor de reparto, y que la revista Theatre Arts, en aquel tiempo la “biblia” del arte dramático, calificó como “la interpretación más perfecta que se ha hecho en la pantalla americana”.

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  • nicolás

    9 febrero 2010 | 13:06

    Muy interesante la información sobre B. Traven. Yo leí El tesoro de Sierra Madre en la vieja edición de Bruguera, pero no conocía La nave de los muertos, que voy a buscar. Pero debo hacer un reproche a este artículo. ¿Filmes mediocres [de John Huston] que empañan su grandeza? No estoy de acuerdo, a mí me parece que Huston es uno de los más grandes.

  • Àngel Lluís Carrillo Pujol

    27 febrero 2010 | 11:44

    Hola Juan Ignacio.
    Me han encantado esos tus dos últimos posts, los he colgado en mi blog.
    No sé si hoy en día un escritor podría vivir de escribir sin aparecer en los medios de comunicación, aunque creo que muchas veces estarían mejor callados, porque algunos ganan un lector con cada frase pero pierden dos.
    Tengo la absurda teoría que el éxito de la trilogía de “Millenium” se sustenta en que el escritor murió. Con Larsson vivo la envidia o cualquier entrevista con el escritor se hubiera llevado un elevado porcentaje de su éxito a la basura.
    Somos así, unos lobos para nuestros congéneres.
    Saludos

  • gguser

    27 febrero 2010 | 14:34

    Àngel Lluís, encantado de tomar nuevamente contacto contigo. Enhorabuena por la publicación de tu última novela, Tarrako. Ya sabes que a mí me encantó, y que la hubiera publicado si los tiempos actuales no fueran tan duros. Sigue en contacto, porque pronto habrá novedades en Grand Guignol, centradas en la edición digital.
    Un abrazo, Juan Ignacio

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