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Pero, ¿qué es el Mac Guffin?

Publicado el 19 de enero de 2015

Vila MatasEn la reciente novela de Enrique Vila-Matas, Kessel no invita a la lógica, se emplea profusamente el concepto de Mac Guffin. Aparece, de hecho, en sus primeras líneas: «Cuanto más de vanguardia es un autor, menos puede permitirse caer bajo este calificativo. Pero ¿a quién le importa esto? De hecho mi frase tan sólo es un mcguffin y tiene poco que ver con lo que me propongo contar…».

Es un concepto, pues, que vuelve a estar de moda, y por ello no está de más que expliquemos qué es exactamente un Mac Guffin. Para ello le damos la palabra al señor Alfred Hitchcock, que es en concreto su inventor:

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Y ahora conviene preguntarse de dónde viene el “Mac Guffin”. Evoca un nombre escocés y es posible imaginarse una conversación entre dos hombres que viajan en un tren. Uno le dice al otro: «Qué es ese paquete que ha colocado en la red». Y el otro contesta: «Oh, es un Mac Guffin». Entonces el primero vuelve a preguntar: «Qué es un Mac Guffin?». Y el otro: «Pues un aparato para atrapar a los leones en las montañas Adirondak». El primero exclama entonces: «¡Pero si no hay leones en las montañas Adirondak!». A lo que contesta el segundo: «En ese caso, no es un Mac Guffin».

cartelLa cita está extraída del famoso libro El cine según Hitchcock, de François Truffaut. Y el entrevistador, el famoso crítico de Cahiers du Cinema (y mediocre director), saca su propia conclusión: «El Mac Guffin es el pretexto, ¿no?». Pero no es exactamente así. No se trata de un pretexto que justifique el desencadenamiento de los acontecimientos de la película, sino más bien un factor de distracción, un elemento que atraiga la atención del espectador y permita al célebre “mago del suspense” ir a lo suyo, a lo esencial de la película.

Pero Hitchcock va aún más allá: el Mac Guffin está vacío, el Mac Guffin es “nada”. Dice el cineasta que probablemente su Mac Guffin más perfecto es el de North by Northwest (llamada en España “Con la muerte en los talones”, por esa estúpida manía de los distribuidores hispanos de “destripar” las películas intentando contártelas en el título, cuyo caso más flagrante es probablemente “La semilla del diablo”). El Mac Guffin de esta película es: ¿Qué quieren, qué buscan los malvados que persiguen enconadamente a Cary Grant a lo largo de todo el film? Hitchcock desvela el Mac Guffin antes de la última y trepidante secuencia de la película, la que se desarrolla es un inverosímil chalet de lujo en lo alto del Monte Rushmore. Se lo revela al atribulado Grant un agente del Servicio de Inteligencia americano: el jefe de los “malos”, James Manson, es un espía nazi que “exporta” secretos del gobierno, y cuando le comienza a explicar la naturaleza del asunto justamente un avión despega (están en un aeródromo) y el ruido de sus motores impide oír la continuación del diálogo. «Ya ve que en este caso redujimos el Mac Guffin a su expresión más pura: nada», concluye Hitchcock.

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El enigma de North by Northwest es en realidad el personaje Eva Marie-Saint, de quien Cary Grant se enamora aunque sabe que es la amante del “malo” James Manson, para acabar descubriendo al final de la película que se trata en realidad de una agente del gobierno americano infiltrada en la red de espías.

Y una nota final. ¿Recuerdan ustedes la tórrida escena de amor entre Cary Grant y Eva Marie-Saint en el compartimento del tren? Debería ser de estudio obligatorio en las escuelas de cinematografía. ¡Para filmar una escena de sexo explícito no es necesario mostrar ni un centímetro de “carne”! ¿Y la escena final de la película? Para sugerir un coito tan solo hace falta un poco de sentido del humor.

P.S. Por favor: no me lapiden por referirme al señor Truffaut como “mediocre director”.

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Millenium negro

Publicado el 2 de marzo de 2010

“Anders Hellberg, el jefe de Stieg Larsson en su agencia de noticias, tiene serias dudas sobre la capacidad de éste para escribir los sucesivos mamotretos: ‘El lenguaje que utilizaba era pobre, el orden de las palabras incorrecto, la construcción de las frases era simple y la sintaxis completamente enloquecida’. A mí todo ello me parece prueba irrefutable de que Larsson y sólo él escribió Millenium…”.

La frase (genial) va entre comillas, porque no es mía, sino de Fernando Savater, en un delicioso artículo publicado en El País de hoy, que versa sobre la autoría encubierta de escritores en la sombra (generalmente mujeres y sufridas esposas), que exprimen su cacumen para mayor gloria del que firma (y eventualmente cobra los derechos de autor). Se refiere Savater a Eva Gabrielsson, pareja de hecho del tremendo “bestsellerista” (Víctor, ¿admitiría la Española este nuevo “palabro”?) Stieg Larsson, excluida inmisericordemente del festín de regalías de Millenium, a María de la O Lejárraga (esposa y “negra” del dramaturgo Martínez Sierra), y a la mujer del novelista de serie negra Dick Francis, autor que, al parecer, entusiasma a nuestro entrañable filósofo, ”el hombre que sí amaba a los caballos”. En esta relación de mujeres enamoradas que prestaron su talento para la mayor gloria de sus, por lo general, estólidos maridos, encuentro una flagrante ausencia: la de Sidonie Gabrielle, más conocida como Colette, que fue la autora real de todas las novelas de la serie Claudine, firmadas por su marido, Willy. El tal Willy, no solo se beneficiaba del gran talento de su esposa, sino que aprovechaba que esta se hallaba enfrascada en su trabajo literario para practicar su afición preferida: el adulterio. De esta forma se “beneficiaba” doblemente: de su esposa y a su amante (perdón por el chiste horrible).

Pero volvamos a Millenium, que, fuera quién fuese el que la escribió, ha sido el suceso literario indiscutible del 2009 y una fuente inagotable de ingresos para la familia de su autor (excepto su mujer) y para sus diversos editores. Estoy completamente de acuerdo con Savater en considerar que la calificación que de Larsson hace su jefe periodístico es prueba irrefutable de su autoría… porque Millenium no es más que otra de las infames novelas de fórmula que, año tras año, encumbran a autores mediocres, creadores de tochos paraliterarios destinados al entretenimiento estival de aburridos lectores circunstanciales. Me he tirado meses respondiendo hipócritamente a la pregunta entusiasmada de numerosos interlocutores con una frase de compromiso: “el personaje de Lisbeth Salander es fascinante”, tan solo para no decir lo que de verdad pienso, que no hallo diferencia alguna entre Larsson y el resto de bestselleristas de fórmula, Brown, Grisham, King, etc. Es decir, literatura de consumo para paladares poco sofisticados.

Hace unos días tuve una reunión con un directivo de una de las más importantes compañías de comunicación españolas, que va a poner en marcha en breve una plataforma para el libro digital. Hablábamos precisamente de esto: de la literatura de calidad frente al inevitable “fast-book” que se vende como churros. Se moría de la risa cuando, en una de mis frecuentes “boutades”, le decía que si William Faulkner redivivo se presentase en una editorial española actual con cualquiera de sus manuscritos, no es que no le hicieran ningún caso, sino que el editor ordenaría a dos mozos de almacén que le llevasen a rastras al callejón y que, a la manera de Eddie Felton, le rompieran los huesos de las manos para impedir que volviera a escribir.

A los buenos cinéfilos no les será necesario que aclare que Eddie Felton es el protagonista de The Hustler (El buscavidas), magnífica película de Robert Rossen protagonizada por Paul Newman, que cuenta la historia de un jugador de billar profesional y su mítico enfrentamiento con El “gordo” de Minessotta.

Si fuera coherente con el método de este blog debería ahora referirme a las versiones cinematográficas de Millenium. Permítanme que por una vez sea grosero: no me da la gana. En cambio, me tomaré la libertad de entonar una loa a los innumerables “negros” que con su trabajo oscuro y callado tanto han contribuido, no solo al progreso de las bellas letras, sino también a que todo tipo de “famosos” (televisivos, ex-políticos, etc.) hayan podido “escribir” un libro. Me remito aquí a las desopilantes Memorias de un amante sarnoso de Groucho Marx, donde relata el comentario que le hace un magnate del cine que acaba de publicar un libro (lógicamente escrito por un negro): “No imaginaba que fuera tan fácil, muchacho. Me parece que voy a ponerme a escribir otro inmediatamente”.

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  • Juan Ignacio Alonso

    3 marzo 2010 | 13:34

    Permítanme que aproveche mi propio foro para añadir algún dato más (confío que interesante) a lo ya dicho de las “esposas negras”.
    Gregorio Martínez Sierra fue, sobre todo, un buen empresario teatral, que promovió una renovación de la escena. Por ejemplo, programó y dirigió la pimera obra teatral de García Lorca, El maleficio de la mariposa, cuya protagonista fue La Argentinita. Pero lo cierto es que la mayoría de su producción literaria salió de la pluma de su esposa, María Lejárraga. Llama la atención cómo, atenazada por una mentalidad que relegaba a la mujer a papeles secundarios, María aceptó con toda naturalidad permanecer en la sombra, “el papel que le correspondía a una esposa”. Pero el colmo de la humillación que le infligió su marido fue su relación adúltera (otro Willy) con la primera actriz de su compañía teatral, Catalina Bárcena, y sobre todo que “todo el mundo lo sabía”.

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Un mal día para el pez plátano

Publicado el 29 de enero de 2010

Evidentemente, estamos hablando de Seymour Glass, el personaje recurrente de Jerome David Salinger, y de uno de los cuentos más impactantes que hemos leído en nuestra vida. Fue el primero que publicó, en el New Yorker, su revista, y el principio de una trayectoria literaria a cuya fascinación nadie es capaz de sustraerse. Al parecer, todo el mundo ha leído El guardián entre el centeno, y todo el mundo está de acuerdo en que se trata de una novela genial. Comparto el sentir popular, pero no puedo resistir la tentación de afirmar algo que muchos considerarán una simple “boutade”: El guardián entre el centeno es el peor escrito salido de la pluma de Salinger.  Es genial, es maravilloso, pero el resto es aún mejor. Amigos, dejad de leer mis trivialidades y salid corriendo a comprar el resto de sus libros. Si aún no los habéis leído, creedme, os envidio, porque tenéis la posibilidad de descubrir y paladear de nuevas una obra de valor inconmensurable. Nueve cuentos, Levantad carpinteros la viga maestra, Seymour, una introducción…  son fantásticos. Pero mi debilidad es Franny y Zooey. Es la única obra cuya lectura recomiendo sin dudas ni vacilaciones. Yo, como casi todos, tan solo soy moderadamente pedante, pero con Franny y Zooey no puedo evitar incurrir de lleno en la más extrema pedantería. Si usted no es capaz de disfrutar de esta novela (o doble cuento largo, o lo que sea), resígnese y entréguese sin complejos a la lectura de Dan Brown y otros ilustres maestros de la literatura de entretenimiento.

Lamentablemente, al repasar hoy las numerosas notas necrológicas publicadas en los periódicos y las opiniones de notables novelistas y críticos, en lo que se ha hecho hincapié en el momento de la muerte de Salinger es a su condición de escritor “extravagante”, sostenida por su animadversión a la luz pública, por su reclusión en una villa aislada de New Hampshire, por la foto -nuevamente reproducida- en la que el autor levanta un brazo amenazador con gesto airado hacia el reportero gráfico que estaba “robando” su imagen. Lo que Salinger pretendía era algo tan simple y razonable como que sus escritos eran públicos, pero su persona no. Que le dejaran en paz, lisa y llanamente. Su postura nos parece casi incomprensible en un ámbito en el que los autores desbordan de vanidad y de anhelo de reconocimiento público. Para el común de los escritores más importancia que su propia obra tienen los baños de multitud, ser tratados como estrellas del pop o futbolistas galácticos. Pues bien, hay algunos que no, como Pynchon, como Traven… como Salinger. Y para colmo, el pobre tuvo que soportar que David Chapman, el perturbado que asesinó a John Lennon frente al edificio Dakota de Nueva York, declarara que había cometido su crimen bajo el influjo de la lectura de El guardián entre el centeno, y que la prensa aireara a voz en grito ese detalle absurdo y sin sentido.

Viene a cuento la estéril polémica desatada hace muchas décadas en el mundo académico anglosajón sobre la verdadera autoría de las obras de Shakespeare. Conspicuos estudiosos trataron de demostrar que fueron escritas por Christopher Marlowe o por Francis Bacon. ¿Qué importancia tiene? Lo único importante es la obra excelsa de un escritor que ha pasado a la posteridad con el nombre de Shakespeare, fuera quien fuese. Lo importante de Salinger es la obra que escribió, no su persona; se pasó toda la vida repitiéndolo inútilmente. Y lo único que consiguió es que su imagen más difundida sea la de un anciano irascible que levanta el puño ante la presencia amenazadora de un objetivo fotográfico.

Quiero rendir un humilde homenaje póstumo a Jerome David Salinger, y lo haré de la mejor manera posible, releyendo una vez más su maravillosa Franny y Zooey, aun a sabiendas que al volver su última página me embargarán de nuevo dos sentimientos contradictorios, el placer de una lectura incomparable, y una envidia indisimulada ante ese inmenso talento.

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  • Fran Zabaleta

    4 febrero 2010 | 19:36

    Me uno a su homenaje, maese Alonso. Releeré también Franny y Zooey años después de la primera vez que lo hice. Reconozco sin embargo -aun temiendo que me incluya entre los febriles lectores del mentado Brown- que no recuerdo gran cosa del libro. Vaya en mi descargo que han pasado, probablemente, veintitantos años desde que lo leí por primera vez…
    Por el maestro Salinger, entonces. Fuera quien fuese, que poco importa en realidad.

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Un paseo literario por la Rue Jacob

Publicado el 27 de noviembre de 2008

Escribe Manuel Rodríguez Rivero en su habitual columna del diario El País sobre la Librairie Espagnole de la Rue de Seine, de París, indisolublemente ligada a su educación sentimental por haber adquirido en ella, a finales de los años sesenta, un ejemplar de la novela Rayuela, de Julio Cortázar, cuya lectura le descubrió el fascinante universo de esa “estimulante literatura procedente de América Latina”. Leer esta magnífica columna ha despertado en mí a su vez la evocación de dos episodios pertenecientes a mi propio bagaje sentimental, incitándome a escribir estas reflexiones.

Lamentablemente, y sé bien que voy a ser crucificado por esta opinión, no se trata de la evocación de Rayuela, novela que leí en su día con la misma fascinación que el resto de mi generación, pero que, releída hace apenas un año (los “viejecitos” como yo, a menudo, hastiados de nuevas e insulsas narrativas, tendemos a la relectura de aquellas novelas que antaño nos emocionaron), me decepcionó notablemente: mi recuerdo era mucho más grandioso que la realidad de una novela bastante “tramposa”, aunque manifestamente capaz de “epatar” a los jóvenes pazguatos que entonces éramos.

No. Mi evocación retrocedió a un tiempo también lejano en que Manuel Rodríguez Rivero y yo compartimos el duro banco de las galeras espasianas, él como flamante director literario de la gloriosa editorial, yo como responsable de Enciclopedias, y, ambos, como recien llegados que no gozábamos de las prebendas del personal más antiguo: una jornada laboral continuada de ocho a tres durante todo el año, y ni siquiera la libranza de la tarde del viernes de la que disfrutaban nuestras jóvenes (y bellas) compañeras editoras. Lo compensábamos, todo sea dicho, regalándonos los viernes, en compañía de Juanito González y Arturo Rodríguez -también sometidos a nuestro horario-, copiosas, suculentas y bien regadas comilonas que, ay, no mejoraban en absoluto nuestra productividad vespertina, pero nos reconciliaban placenteramente con la existencia. Sé que Manolo no fue demasiado feliz en aquella etapa laboral… tan solo puedo señalar que nuestro flamante director literario no llegó a conocer lo peor, que aún estaba por llegar.

Mi segunda evocación enlaza con sus recuerdos librescos de la parisina Rue de Seine, y viene ligada a un glorioso paseo literario por la Rue Jacob, también enclavada en Saint Germain des Prés, y que nace justamente en la intersección con la Rue du Seine, donde se halla la coqueta Place de Furstemberg. Se trata de una calle pequeña, apenas dos o tres manzanas antes de confluir en la Rue de l’Université, en el cruce con la Rue des Saintes-Pères. Una calle minúscula, pero todo un paraíso para los amantes de los libros.

La Rue Jacob es célebre porque en ella residieron grandes genios, como Racine, Delacroix, Wagner, Hemingway (¿en dónde no habrá estado este hombre?), Thomas Jefferson y Franklin. Éste último, en concreto, con ocasión del la firma de Tratado de Independencia de Estados Unidos, puesto que la embajada británica estaba enclavada precisamente en un hermoso edificio del siglo XVIII, que en la actualidad es el Hotel d’Anglaterre, uno de los cinco coquetos hoteles que existen en la calle. Este hecho histórico se recuerda en una placa que adorna su fachada (ya saben, una placa, esas cosas tan comunes en países como Francia y el Reino Unido que honran el recuerdo de próceres y grandes artistas, y que en España se intentan poner en el Congreso de los Diputados en memoria de monjas reaccionarias, lo que acaba suscitando divertidas polémicas entre nuestros más preclaros escritores).

   La Rue Jacob es una de las más “chic” de Saint Germain des Prés, y en ella encontramos diversas tiendas glamourosas de ropa y decoración, y sobre todo, numerosas librerías. Si iniciamos nuestro paseo desde la Rue de Seine, encontramos en primer lugar, la librería-editorial La Martinière-Le Seuil, cuyos escaraparates lucen la gran variedad de su producto editorial, literatura, humanidades, “beaux livres”, fotografía, fonoteca, libro práctico, naturaleza, paisaje, libro infantil, cómic… Su escaparate está adornado con fotografías enmarcadas de sus principales autores. Justo al lado se halla la editorial J.C. Lattes, y enfrente, La Maison Rustique, una librería especializada en temas de naturaleza: jardinería, decoración, “herbiers”, así como libros ilustrados y “beaux livres”. Justo después llegamos a Outremer, librerie maritime, que como su nombre indica se especializa en el mar y la navegación. Siguiendo nuestro paseo llegamos hasta la editorial L’Ouevre Éditions, especializada en libros infantiles, sin que falten los omnipresentes “beaux livres”, así como guías ilustradas y libros de cocina;  más adelante está la imponente librería de anticuario Frédéric Castaign, donde podemos disfrutar de cartas autógrafas, manuscritos y documentos históricos. Cerca del final de la calle está la Librerie des Femmes, especializada en narrativa y ensayo de autoras femeninas, y que es además un agradable punto de encuentro, pues posee un amplio espacio adornado con butacas en el que sus clientes pueden ojear cómodamente los libros para decidir su compra. Por último, casi en la confluencia con la Rue de l’Université, se halla la Librairie Alain Brieux, también de anticuario, cuyos escaparates exhiben hermosas láminas y grabados. Pero eso no es todo, en las recoletas bocacalles que salen de Rue Jacob encontramos aún más librerías. En la Rue Saint Benoît, a mano izquierda, se encuentra A Saint Benoît des Prés, también librería anticuaria, con autógrafos, documentos, libros de fotografía, etc, y a mano derecha en la Rue l’Échaudé, está la Librairie Marine et Voyages, con libros antiguo y modernos dedicados al tema del mar y la aventura, y un poco más adelante la Librairie des Près, cuya fachada exhibe el siguiente rótulo: “Une petite librairie au service de la petite édition”, que casi arranca las lágrimas del que esto escribe.

Evidentemente, esta extraordinaria concentración de libreros y editores en la pequeña Rue Jacob, es tan solo una pequeña muestra de su abundante presencia en Saint Germain des Prés, y en todo el Sexto Arrondisement, donde también se halla el Barrio Latino. Al final de nuestro agradable paseo podemos tomar asiento en la terraza de alguno de los pequeños y agradables bistrot para beber un fresco bock de cerveza o consumir poco a poco una botella de excelente burdeos, aguardando la hora de la cena o el comienzo del primer pase de jazz en vivo, y reflexionando resignadamente sobre quién nos mandaría meternos a editores en Madrid, existiendo lugares tan extraordinarios como la Rue Jacob.

En fin, Manolo, las cosas de la vida no siempre discurren por los cauces que quisiéramos, pero, como le dijo Rick a Ilsa antes de que tomara el avión, ¡siempre nos quedará París!

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  • bibliófilo

    5 diciembre 2008 | 15:25

    ¡Qué envidia! Leyendo esta nota a uno se le ponen los diente largos. ¡Quién pudiera viajar con frecuencia a París y visitar sus librerías… !

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