Blogg, la bitácora de Grandguignol Ediciones

Millenium negro

Publicado el 2 de Marzo de 2010

“Anders Hellberg, el jefe de Stieg Larsson en su agencia de noticias, tiene serias dudas sobre la capacidad de éste para escribir los sucesivos mamotretos: ‘El lenguaje que utilizaba era pobre, el orden de las palabras incorrecto, la construcción de las frases era simple y la sintaxis completamente enloquecida’. A mí todo ello me parece prueba irrefutable de que Larsson y sólo él escribió Millenium…”.

La frase (genial) va entre comillas, porque no es mía, sino de Fernando Savater, en un delicioso artículo publicado en El País de hoy, que versa sobre la autoría encubierta de escritores en la sombra (generalmente mujeres y sufridas esposas), que exprimen su cacumen para mayor gloria del que firma (y eventualmente cobra los derechos de autor). Se refiere Savater a Eva Gabrielsson, pareja de hecho del tremendo “bestsellerista” (Víctor, ¿admitiría la Española este nuevo “palabro”?) Stieg Larsson, excluida inmisericordemente del festín de regalías de Millenium, a María de la O Lejárraga (esposa y “negra” del dramaturgo Martínez Sierra), y a la mujer del novelista de serie negra Dick Francis, autor que, al parecer, entusiasma a nuestro entrañable filósofo, ”el hombre que sí amaba a los caballos”. En esta relación de mujeres enamoradas que prestaron su talento para la mayor gloria de sus, por lo general, estólidos maridos, encuentro una flagrante ausencia: la de Sidonie Gabrielle, más conocida como Colette, que fue la autora real de todas las novelas de la serie Claudine, firmadas por su marido, Willy. El tal Willy, no solo se beneficiaba del gran talento de su esposa, sino que aprovechaba que esta se hallaba enfrascada en su trabajo literario para practicar su afición preferida: el adulterio. De esta forma se “beneficiaba” doblemente: de su esposa y a su amante (perdón por el chiste horrible).

Pero volvamos a Millenium, que, fuera quién fuese el que la escribió, ha sido el suceso literario indiscutible del 2009 y una fuente inagotable de ingresos para la familia de su autor (excepto su mujer) y para sus diversos editores. Estoy completamente de acuerdo con Savater en considerar que la calificación que de Larsson hace su jefe periodístico es prueba irrefutable de su autoría… porque Millenium no es más que otra de las infames novelas de fórmula que, año tras año, encumbran a autores mediocres, creadores de tochos paraliterarios destinados al entretenimiento estival de aburridos lectores circunstanciales. Me he tirado meses respondiendo hipócritamente a la pregunta entusiasmada de numerosos interlocutores con una frase de compromiso: “el personaje de Lisbeth Salander es fascinante”, tan solo para no decir lo que de verdad pienso, que no hallo diferencia alguna entre Larsson y el resto de bestselleristas de fórmula, Brown, Grisham, King, etc. Es decir, literatura de consumo para paladares poco sofisticados.

Hace unos días tuve una reunión con un directivo de una de las más importantes compañías de comunicación españolas, que va a poner en marcha en breve una plataforma para el libro digital. Hablábamos precisamente de esto: de la literatura de calidad frente al inevitable “fast-book” que se vende como churros. Se moría de la risa cuando, en una de mis frecuentes “boutades”, le decía que si William Faulkner redivivo se presentase en una editorial española actual con cualquiera de sus manuscritos, no es que no le hicieran ningún caso, sino que el editor ordenaría a dos mozos de almacén que le llevasen a rastras al callejón y que, a la manera de Eddie Felton, le rompieran los huesos de las manos para impedir que volviera a escribir.

A los buenos cinéfilos no les será necesario que aclare que Eddie Felton es el protagonista de The Hustler (El buscavidas), magnífica película de Robert Rossen protagonizada por Paul Newman, que cuenta la historia de un jugador de billar profesional y su mítico enfrentamiento con El “gordo” de Minessotta.

Si fuera coherente con el método de este blog debería ahora referirme a las versiones cinematográficas de Millenium. Permítanme que por una vez sea grosero: no me da la gana. En cambio, me tomaré la libertad de entonar una loa a los innumerables “negros” que con su trabajo oscuro y callado tanto han contribuido, no solo al progreso de las bellas letras, sino también a que todo tipo de “famosos” (televisivos, ex-políticos, etc.) hayan podido “escribir” un libro. Me remito aquí a las desopilantes Memorias de un amante sarnoso de Groucho Marx, donde relata el comentario que le hace un magnate del cine que acaba de publicar un libro (lógicamente escrito por un negro): “No imaginaba que fuera tan fácil, muchacho. Me parece que voy a ponerme a escribir otro inmediatamente”.

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  • Juan Ignacio Alonso

    3 Marzo 2010 | 13:34

    Permítanme que aproveche mi propio foro para añadir algún dato más (confío que interesante) a lo ya dicho de las “esposas negras”.
    Gregorio Martínez Sierra fue, sobre todo, un buen empresario teatral, que promovió una renovación de la escena. Por ejemplo, programó y dirigió la pimera obra teatral de García Lorca, El maleficio de la mariposa, cuya protagonista fue La Argentinita. Pero lo cierto es que la mayoría de su producción literaria salió de la pluma de su esposa, María Lejárraga. Llama la atención cómo, atenazada por una mentalidad que relegaba a la mujer a papeles secundarios, María aceptó con toda naturalidad permanecer en la sombra, “el papel que le correspondía a una esposa”. Pero el colmo de la humillación que le infligió su marido fue su relación adúltera (otro Willy) con la primera actriz de su compañía teatral, Catalina Bárcena, y sobre todo que “todo el mundo lo sabía”.

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El “misterio” Traven

Publicado el 5 de Febrero de 2010

Citábamos en nuestro anterior post a B. Traven, junto a Salinger y Pynchon, como modelo de escritor de éxito que huye de los focos públicos. El caso de Traven es, tal vez, el más extremado, ya que fue un maestro en el arte de la ocultación, hasta el punto que las pocas cosas que se conocen de su personalidad y de su biografía podrían perfectamente ser meras especulaciones. Ni siquiera se sabe con certeza el nombre que se abrevia con esa B., aunque se cree que es Bruno.

Veamos las conjeturas respecto a su vida. Es posible que se tratase de un escritor alemán anarquista y antibelicista llamado Ret Marut, que hubo de abandonar su país de origen y se radicó en México en 1923, donde vivió hasta su muerte en 1969. Lo cierto es que el estilo y la temática de la primera novela que publicó concuerdan con esta idea. La nave de los muertos, recientemente reeditada por Acantilado, con traducción de Roberto Bravo de la Varga,  es un tremendo alegato contra los burócratas, los políticos, los nacionalistas, los militares, etc., envuelta en una soberbia y emocionante aventura épica protagonizada por Gerard Gales, paradigma de los fracasados, que afronta su tremenda peripecia vital con admirable y libérrima gallardía. Se trata de un marinero que pierde su barco en Amberes por culpa de una borrachera, y queda abandonado, solo, sin dinero ni documentos. Sin sus papeles se convierte de repente en un “no existente” para las instancias oficiales, condenado a vagar por diversos países, acosado, encarcelado y al final expulsado de todas partes. Hasta que consigue embarcar en el Yorikke, la nave los muertos, un desvencijado vapor mercante cuya tripulación se compone precisamente de “sin papeles”, “no existentes”, muertos en vida condenados navegar de puerto en puerto sin posibilidad de desembarcar. La nave de los muertos es un relato que deberían leer obligatoriamente muchos de nuestros políticos actuales.

Pero la novela más conocida de Traven no es otra que El tesoro de Sierra Madre (también reeditada por Acantilado), pues en ella se basó la película del mismo título dirigida por John Huston en 1947, protagonizada por Humphrey Bogart. Cuando Huston comenzó los preparativos del rodaje, la productora Warner Brothers, escribió a Traven invitándole a trasladarse a Hollywood para participar en el guión. Declinó la invitación sugiriendo que Huston y él se encontraran en México, donde podrían aprovechar para localizar escenarios (fue una de las primeras películas americanas que se rodó íntegramente en exteriores en un país extranjero). Pero en vez de Traven compareció un tal Hal Croves, con una carta del novelista que garantizaba que podría perfectamente sustituirle, pues lo conocía todo de su obra. Efectivamente, Croves desempeñó un papel fundamental en la película, no solo en la redacción del guión, sino en su rodaje. En todo ese tiempo John Huston no fue capaz de confimar su sólida sospecha de que Croves era el propio Traven. El éxito de El tesoro de Sierra Madre fue grandísimo y catapultó la figura del novelista, que pese a ello logró preservar su anonimato hasta el final de sus días.

El “misterio” Traven (como el de Salinger) tiene una sencilla explicación. La dió él mismo en una de sus cartas conservadas: “Todo mi misterio consiste en que odio a los columnistas, reporteros y críticos que no saben nada respecto a los libros sobre los que escriben. No hay mayor alegría ni satisfacción para mí que el hecho de que nadie sepa que soy escritor cuando me presentan a la gente o voy a los sitios… Solo así puedo decir lo que me plazca sin que algún pedante o intelectual me recuerde que un escritor de tanta reputación no debería decir tonterías”.  

Finalmente, debo referirme a nuevamente a la película. El tesoro de Sierra Madre es una obra maestra, una de las muchas de John Huston (que sin embargo también rodó filmes mediocres que empañan su grandeza). De sus tres protagonistas, Humphrey Bogart, Tim Holt y Walter Huston (padre del director), destaca especialmente este último, que recibió por su magistral papel un Oscar al mejor actor de reparto, y que la revista Theatre Arts, en aquel tiempo la “biblia” del arte dramático, calificó como “la interpretación más perfecta que se ha hecho en la pantalla americana”.

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  • nicolás

    9 Febrero 2010 | 13:06

    Muy interesante la información sobre B. Traven. Yo leí El tesoro de Sierra Madre en la vieja edición de Bruguera, pero no conocía La nave de los muertos, que voy a buscar. Pero debo hacer un reproche a este artículo. ¿Filmes mediocres [de John Huston] que empañan su grandeza? No estoy de acuerdo, a mí me parece que Huston es uno de los más grandes.

  • Àngel Lluís Carrillo Pujol

    27 Febrero 2010 | 11:44

    Hola Juan Ignacio.
    Me han encantado esos tus dos últimos posts, los he colgado en mi blog.
    No sé si hoy en día un escritor podría vivir de escribir sin aparecer en los medios de comunicación, aunque creo que muchas veces estarían mejor callados, porque algunos ganan un lector con cada frase pero pierden dos.
    Tengo la absurda teoría que el éxito de la trilogía de “Millenium” se sustenta en que el escritor murió. Con Larsson vivo la envidia o cualquier entrevista con el escritor se hubiera llevado un elevado porcentaje de su éxito a la basura.
    Somos así, unos lobos para nuestros congéneres.
    Saludos

  • gguser

    27 Febrero 2010 | 14:34

    Àngel Lluís, encantado de tomar nuevamente contacto contigo. Enhorabuena por la publicación de tu última novela, Tarrako. Ya sabes que a mí me encantó, y que la hubiera publicado si los tiempos actuales no fueran tan duros. Sigue en contacto, porque pronto habrá novedades en Grand Guignol, centradas en la edición digital.
    Un abrazo, Juan Ignacio

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Kinkón, y otros neologismos

Publicado el 24 de Noviembre de 2008

Leíamos en El País de ayer la iniciativa de una agencia de publicidad de proponer a la Real Academia Española la inclusión de un neologismo en el DRAE: “kinkón”, un adjetivo formado a partir del nombre del celebre gorila gigante King Kong, protagonista de la película del mismo nombre dirigida y producida por Meriam C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, estrenada en 1933. El significado del mismo sería algo así como “persona víctima de un amor imposible”, como el que experimenta el desmesurado simio hacia la bella Ann Darrow, interpretada por Fray Wray (imposible reprochárselo). La iniciativa ha sido rechazada por el secretario de la Academia José Manuel Blecua, con el alambicado argumento de que tal propuesta ignora la “cualidad del nombre propio en nuestra lexicografía”, cuando lo más fácil hubiera sido decir que en español, cuando se dice de alguien que es un “king-kong”, lo que el pueblo llano entiende es que el individuo al que se aplica tal “adjetivo” es un tipo grandote y forzudo, no dotado de especial belleza, y casi nadie asociaría el calificativo con un amante platónico atrapado en un amor imposible. El argumento de Blecua ha sido ampliamente contestado por numerosos interlocutores, que han recordado cómo determinados nombres propios -sobre todo de personajes arquetípicos procedentes de la literatura, el cine y otros orígenes- derivan en adjetivos y sustantivos que caracterizan su cualidad más eminente. Así, como se recuerda en el artículo de El País, “robinsón” (por náufrago, según el personaje de De Foe), “donjuán” (seductor, por el personaje de Zorrilla) o “lolita” (adolescente descocada, por el de Nabokov). A estos se podrían añadir muchísimos más: “travolta” (por el actor John Travolta, el Tony Manero de Fiebre del sábado noche), “sansón” (forzudo bíblico azote de filisteos), “mesalina” (por la promiscua esposa del emperador Claudio), e incluso otros sacados del cine de serie B, como el que estuvo muy de moda cuando yo era niño (es decir, en el Pleistoceno): “maciste”, sinónimo de “cachas”, por el simpático personaje del “peplum” italiano.

Pero a mí en particular este suceso, que no trasciende de la mera anécdota, me ha llevado a reflexionar sobre la pertinencia del discurso de ingreso en la RAE de nuestro más reciente académico, el director de cine José Luis Borau, que hace dos domingos ocupó el sillón B mayúscula vacante en la “docta casa” por la pérdida del llorado Fernando Fernán Gómez. Versó dicho discurso sobre la huella dejada por el cine en el lenguaje, y en él aparece mencionado por primera vez, que yo sepa, el neologismo que encabeza este artículo: “Cuando el mono, o su epígono el hombre, superan cualquier proporción habitual –un guardaespaldas o un luchador, por ejemplo– se convierten sencillamente en kinkones” . Por tanto, la iniciativa del “creativo” Jorge López, de la agencia de publicidad Vitruvio-Leo Burnett, no es exactamente original, sino inspirada en las palabras del estupendo director español y flamante nuevo académico.

Se refería Borau en su discurso de ingreso a la aportación del cinematógrafo al bagaje léxico del español y el resto de los idiomas, y no solamente con su jerga especializada, que se ha ido incorporando al habla común: primer plano, flash back, thriller, play back, y un largo etcétera, sino también con expresiones: “el malo de la película”, “unas vacaciones de cine”, y con sustantivos y adjetivos que procedentes del cine se han incorporado con naturalidad y éxito al habla común. A los ejemplos más arriba citados se pueden añadir muchos otros: un “tarzán” por alguien esbelto y musculado, por citar uno más. Y, obviamente, el texto de Borau no podía pasar desapercibido para este “blogg“, que desde su inicio viene versando sobre las relaciones entre literatura y cine.

 

Quisiéramos, finalmente, referirnos a una circunstancia vivida personamente por el que esto escribe que se relaciona, aunque tangencialmente, con el propio José Luis Borau y con la celebérrima película King Kong. A ningún aficionado al cine se le escapa que buena parte del éxito del filme proviene de la habilidad del técnico especialista Willis O’Brian, creador del gorila gigante. Con las limitaciones técnicas de la época, que hoy en día nos parecen enormes en comparación con los avances de la tecnología digital, O’Brian creó un King Kong que, no solo se movía e “intrepretaba” con verosimilitud, sino que era perfectamente capaz de transmitir emociones (su fascinación enamorada por Fray Wray), y que se convirtió en un (uno más) icono imperecedero en el imaginario del siglo XX, en la escena en que el gorila gigante trepa hasta lo más alto del Empire State Building en busca de su trágico destino, abatido por el enjambre de aviones que le acaban destruyendo. Eclipsados por el prestigio de actores y directores, un grupo de geniales especialistas en el trucaje permitieron en buena medida que el cine se convirtiera en la pasada centuria en una auténtica “Fábrica de Sueños”. Uno de ellos, heredero del “trono” del mítico Harrihausen, fue el español Emilio Ruiz del Río, creador de los trucajes de películas tan emblemáticas como Doctor Zhivago, Dune, Conan el Bárbaro y un largo etcétera (por ejemplo: Emilio Ruiz fue el responable de la recreación de la escena en que el Dodge Dart del almirante Carrero Blanco vuela por los aires en la película Operación Ogro), inventor de una técnica magistral basada en la pintura sobre chapa, un avance que permitió a los directores poner en escena las ideas más atrevidas, y, en definitiva, una de las grandes personalidades “desconocidas” del cine español. Yo tuve el privilegio de ser el editor de su libro Rodando por el mundo, publicado con motivo del homenaje que recibió de la Semana de Cine Experimental de Madrid, precisamente por la pequeña editorial cinematográfica que dirigía José Luis Borau, un libro de memorias realmente fascinante.

Larga vida al cine, a la literatura… y al idioma español, enriquecido con neologismos eficaces y pertinentes: lolitas, travoltas y tarzanes. Y también “kinkones”, pero no como “amantes platónicos” como quiere el publicista Jorge López, sino como los monos u hombres que superan cualquier proporción habitual, como expresó con tanta justeza el maestro Borau en su discurso de ingreso en la “docta casa” de la calle Felipe IV.

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  • martín mata

    25 Noviembre 2008 | 10:08

    No sé si lo ha advertido usted, señor Alonso, pero en la foto de Emilio Ruiz del Río, en la que posa dentro de la maqueta de Operación Ogro (imagino que con la intención de que se aprecie el artificio), siguiendo la definición de Borau, “hombre que supera cualquier proporción habitual”, Emilio Ruiz aparece como un perfecto modelo de “kinkón”.
    Me gusta mucho el cine, pero como aficionado, y no conocía a Emilio Ruiz del Río, por eso mi sorpresa ha sido mayúscula cuando he buscado en google y he descubierto decenas de páginas web llenas de elogios, algunas de ellas americanas. La lástima es que muchas de ellas son necrológicas, lo que hace bueno el viejo dicho de que tienes que morirte para que de una vez se reconozcan tus méritos.
    ¿Donde puede encontrarse su libro Rodando por el mundo?
    Gracias

  • Mazinga

    5 Diciembre 2008 | 0:33

    Yo tambien estoy buscando el mismo libro si alguien tiene idea de donde se puede encontrar seria fantastico.
    Gracias

  • juan ignacio alonso

    26 Enero 2009 | 13:29

    Para Mazinga.
    Perdón por el retraso, estaba reorganizando mi biblioteca y no conseguía encontrar el libro, de ahí la demora. Se llama “Rodando por el mundo. Mis recuerdos y mis trucajes cinematográficos”, fue publicado por la Asociación de Amigos del Cine Experimental de Madrid, en abril de 1996. La Asociación está domiciliada en Alberto Alcocer, 42, 28016 Madrid. El ISBN es 84-605-5067-2.
    Saludos cordiales

  • Mazinga

    4 Febrero 2009 | 2:24

    Gracias, he visto que está tambien disponible para el prestamo, en la facultad de ciencias de la información de la complutense. Tendre que pasarme un dia a echarle un vistazo.

    Un saludo

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