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Alcohólicos y geniales (III): O’Henry

Publicado el 21 de junio de 2013

William Sydney Porter, que mucho más tarde sentaría plaza de famoso narrador con el seudónimo de O’Henry, comenzó a empinar el codo ya en su primera juventud… y no dejaría de hacerlo hasta su muerte, a los cuarenta y siete años de edad, víctima de una cirrosis de hígado.

O'Henry

O’Henry

O’Henry, huérfano en la infancia, se trasladó a Texas desde su Carolina natal a los veinte años, buscando un clima favorable para sus problemas pulmonares, y desempeñó todo tipo de oficios, hasta que encauzó su vida contrayendo un feliz matrimonio  e ingresando como cajero en el First National Bank de Austin. Su carrera literaria comenzó en el “trullo”, concretamente en un penal de Ohio donde había sido internado por un desfalco cometido en el banco, después de una rocambolesca huida a Honduras, donde permaneció siete meses para escapar de la justicia y de donde regresó para estar presente junto al lecho donde agonizaba su esposa. Comenzó a escribir sus cuentos no porque en él hubiera nacido una tardía vocación literaria, sino para ganar algo de dinero en la cárcel para mantener a su pequeña hija. Obtuvo un éxito inmediato, lo cual no es de extrañar porque O’Henry es sin lugar a dudas uno de los más formidables narradores americanos de principios del siglo XX.

Desde entonces hasta su muerte, diez años después, escribió más de seiscientos relatos de mediana extensión y, nuevamente, no porque hubiera desarrollado una fértil capacidad creativa, sino para ganarse la vida a duras penas. Escribía acuciado por la necesidad y no sabemos si ayudado por la inspiración que encontraba en la botella, o a pesar de ella. Una anécdota referida a uno de sus más célebres cuentos ilustra perfectamente su tortuoso proceso creativo. Había adquirido el compromiso de entregar un relato a la semana al editor de la revista New York World para su suplemento dominical, relato que se publicaba acompañado por una ilustración. Retrasado en su entrega por enésima vez, el editor le envió al dibujante para que le explicara la sinopsis del cuento y así ir adelantando el trabajo. O’Henry no tenía ninguna idea, pero en cambio sí tenía una regular borrachera, y para salir del paso indicó que la ilustración debía representar a dos jóvenes enamorados sentados en una habitación modesta, ella con una espléndida cabellera, él con un lujoso reloj en las manos. En tres horas y media, partiendo de esta imagen y con la ayuda de una botella de whisky, escribió El regalo de los Reyes Magos, probablemente el relato que le proporcionó mayor fama, y que ha sido llevado al cine en diversas ocasiones, entre ellas en O’Henry Full House, película de episodios basada en sus cuentos, que contó con directores de la talla de Howard Hawks, Jean Negulesco o Henry Hathaway, y actores como Charles Laughton, Marilyn Monroe, Anne Baxter y Richard Widmark.

The gift of the Magi

El regalo de los Reyes Magos

 

Cuenta la crónica que cuando O’Henry murió en 1910, con el hígado devastado por su impenitente alcoholismo, todo su capital ascendía a los 23 centavos de dólar que llevaba en el bolsillo.

 

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Alcohólicos y geniales (II): Flann O’Brien

Publicado el 15 de mayo de 2013

Nos sentamos en Grogan con nuestros descoloridos abrigos en elegante desaliño, en unos sillones, tras la protección de la mampara. Yo di un chelín y dos peniques a un hombre cortés que nos trajo a cambio dos vasos de una cerveza negra, en la cuantía de una pinta imperial. Distribuí los vasos, a cada uno el suyo, y reflexioné sobre la solemnidad de aquel momento. Era la primera vez que tomaba cerveza. Innumerables personas con las que había conversado me habían expuesto que los licores espirituosos y los embriagantes en general alteraban adversamente los sentidos y el cuerpo y que los que se hacían adictos a los estimulantes en su juventud eran desdichados luego a lo largo de sus vidas y encontraban la muerte al final en una caída de borracho, expirando de un modo ignominioso al pie de una escalera en un charco de sangre y de vómito. Un hermano lego ya anciano me había aconsejado las aguas tónicas indias como un específico incomparable para calmar la sed.

 (Flann O’Brien. At Swim-Two-Birds)

Flann O'Brian

Flann O’Brien (née Brian O’Nolan) fue uno de los más conspicuos miembros de la muy honorable cofradía de escritores irlandeses borrachuzos. También es una de las figuras más señeras de la literatura irlandesa del siglo XX, junto a autores de la talla de Joyce y Beckett, de los que no desmerece. Aunque había nacido en el condado de Tyrone, en el Ulster, vivió en Dublín desde muy joven y fue un dublinés de pura cepa. Fue periodista (colaborador del Irish Times durante años con una columna satírica) y trabajó para la administración pública en los servicios sociales de Dublín. Se dio a conocer como escritor en plena juventud, con la deslumbrante novela At Swim-Two-Birds. El maestro Borges la calificó como un “laberinto verbal”: «Un estudiante de Dublín escribe una novela sobre un tabernero de Dublín que escribe una novela sobre los parroquianos de su taberna (entre los que está el estudiante), que a su vez escriben novelas donde figuran el tabernero y el estudiante, y otros compositores de novelas sobre otros novelistas». Parece un trabalenguas, ¿verdad?, pero a ver quién es el “guapo” que se atreve a llevar la contraria al idolatrado escritor argentino. En realidad ese bucle de historias que se entrelazan le sirve a O’Brien para parodiar todos los estilos literarios irlandeses, desde los más arcaicos hasta los más modernos, como también hiciera Joyce en el capítulo 12 de su célebre Ulises.

At Swim-Two-Birds es también una sátira aguda de la sociedad irlandesa de su tiempo, una mirada crítica llena de ironía y punzante sentido del humor. Como escribió Eamon Butterfield (en el prólogo de la edición de Edhasa de 1989), es una novela en la que no sucede nada, «y la tendencia de los personajes a pasar el tiempo en la cama o bebiendo en el bar es, en último extremo, un modo de protegerse de los horrores de la sociedad».

Pero entre todas las críticas y menciones a esta novela yo me quedo con la de Dylan Thomas (el gran jefe de la tribu de escritores dipsómanos británicos): «Justo el libro que uno puede regalar a una hermana, si ella es una chica borracha, sucia y malhablada».

En nadar dos pájaros

El alcohol puede trastornar la mente, cavilaba yo, pero quizás ésta pueda quedar agradablemente trastornada.

(Flann O’Brien. At Swim-Two-Birds)

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Alcohólicos y geniales (I): Carson McCullers

Publicado el 8 de febrero de 2013

“Fue hacia la puerta, pero Martin la agarró de un brazo.

—No quiero que los niños te vean en este estado. Sé razonable.

—¿Qué estado? —De un tirón, Emily zafó su brazo. Su voz se alzó enfadada—: Qué, que porque bebo un par de sorbos por la tarde estás tratando de hacerme creer que soy una borracha. ¡Qué estado! Ni siquiera toco el whisky. Lo sabes bien. No ando emborrachándome por los bares. Algo que tú mismo no podrías decir. Ni siquiera tomo un cóctel con la cena. Lo único que hago es beber de vez en cuando una copa de jerez. ¿Qué hay de malo en eso, pregunto yo? ¡Estado!”

[Al final Martin consigue que se quede en la habitación, pero cuando está dando de cenar a sus dos hijos, Andy y Marianne, Emily irrumpe en la cocina con pasos vacilantes.]

“—¡Estado! —dijo con voz turbia—. Me hablas así. No creas que me olvido. Me acuerdo de todas esas cochinas mentiras que me dices. No creas ni por un momento que me olvido.

—¡Emily! —rogó—. Los niños…

—Los niños, sí. No creas que no veo a través de tus sucios planes y manejos. Aquí abajo tratando de volver a mis propios hijos en contra mía. No creas que no veo ni comprendo.

—Emily, por favor, vete arriba.

—Sí, para que puedas poner a mis hijos…, a mis propios hijos… —Dos grandes lágrimas le rodaron por las mejillas—. Tratando de poner a mi hijo, a mi Andy, contra su propia madre.”

 

La escena pertenece al relato de Carson McCullers “Dilema doméstico”, publicado en el New York Post en 1951. Imposible no relacionar su asunto con la propia biografía de la autora, ya que, efectivamente, la genial creadora de Balada del café triste o Reflejos de un ojo dorado, la gran escritora sureña, equiparable en grandeza a William Faulkner o Flannery O’Connor, tuvo toda su vida graves problemas de alcoholismo. Otros relatos abordan también esa temática. Como ¿Quién ha visto el viento?, posteriormente convertido en obra de teatro. En este caso el alcohólico, también sumido en una grave crisis doméstica a causa de su adicción, es Ken Harris, un prometedor escritor que alcanza la fama en su juventud con una novela de éxito y cuya inspiración se ha secado, refugiándose en la bebida. Se trata de un claro trasunto del marido de Carson McCullers, Reeves, con quien mantuvo una relación tormentosa hasta que él se quitó la vida en París, después de su segunda separación. La propia autora escribió en el prólogo de la versión impresa de la obra teatral: «Puedo reconocer varias de las compulsiones que me han llevado a escribir esta obra. Mi marido quería ser un escritor y su fracaso en la empresa le llevó a la muerte». En “El instante de la hora siguiente”, un relato anterior a los dos ya mencionados, aparece por primera vez el asunto de una apareja destrozada por culpa del alcohol: «A la mujer se le ocurrió de pronto que debía haber bebido más de lo que creía, porque los objetos de la habitación parecían adoptar un extraño aire de sufrimiento»… «—Te aborrezco —dijo ella, viendo como sus manos (que sin duda no eran parte suya) empezaban a temblar—. Estas peleas de borrachos a medianoche…».

La notoria adicción de Carson McCullers al alcohol ha sido reseñada en toda su crudeza por sus biógrafos. Toda su vida, en realidad, fue dramática, a pesar de que el éxito literario le sonrió desde que era muy joven. A sus permanentes problemas de salud, fiebre reumática, influenza, pleuresía, rotura de cadera…, que la llevaron a pasar largas temporadas hospitalizada, se unió un matrimonio desastroso. Reeves fue un escritor fracasado, hundido por su alcoholismo y una homosexualidad no reconocida, que llegó a falsificar las firma de su esposa para saquear sus cuentas bancarias; ella misma fue también alcohólica y pasada su primera juventud afloraron asimismo sus tendencias lésbicas.  Según ha reseñado Rodrigo Fresán, en su estupenda edición de los relatos y nouvelles de McCullers publicada por Seix Barral en 2007, la escritora comenzó siendo una bebedora social en compañía de su marido Reeves, pero pronto comenzó a abusar del alcohol. En su estancia parisina, entre 1946 y 1947, la pareja era capaz de despachar dos botellas de coñac en una solo sesión vespertina. Al final de su vida, con su salud ya terriblemente quebrada —murió con cincuenta años cumplidos— McCullers pedía que le sirvieran un bourbon con hielo, que no llegaba a tocar, pero que se “bebía” con la mirada, y que era constantemente repuesto por sus cuidadoras. En la necrológica escrita tras su muerte por el New York Times se pudo leer: «Como ocurre con Faulkner, sus historias trascendieron el marco regional de lo sureño porque la soledad, la frustración, el amor y la gracia no conocen de fronteras…».

 

La patética historia de Carson McCullers nos evoca inevitablemente grandes clásicos cinematográficos, como Días de vino y rosas de Blake Edwards, y más especialmente la cruda y descarnada Días sin huella de Billy Wilder, ya que su protagonista es un escritor  paralizado por el terror a la página en blanco. Los casos de genios de la Literatura alcoholizados son innumerables, y a ellos nos iremos refiriendo en sucesivas entregas.

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En la Frontera. Meridiano de Sangre (Corman McCarthy)

Publicado el 29 de octubre de 2012

«Meridiano de sangre me parece la auténtica novela apocalíptica americana… Creo que ningún otro novelista estadounidense vivo nos ha dado un libro tan duro y memorable». Este comentario del célebre crítico literario Harold Bloom hace justicia a una novela estremecedora que aporta una visión singular de la eterna pugna entre barbarie y civilización, y al tiempo encumbra al olimpo literario a un autor, Corman McCarthy,  a quien el reputado estudioso no duda en señalar como el último heredero de la sublime tradición de las letras anglosajonas personificada en escritores como  Shakespeare, Melville o Faulkner.

La Frontera

Durante siglos, el tiempo de su propia gestación como nación, la historia de los Estados  Unidos de Norteamérica fue una historia de Frontera. La frontera en los tiempos actuales no es sino una línea imaginaria trazada sobre las páginas de los atlas, o unos establecimientos aduaneros que regulan el tránsito de personas o el tráfico de mercancías entre países soberanos. Pero antaño la Frontera era algo más épico, más vasto y más grandioso: el territorio de encuentro y confrontación entre culturas, entre formas de vida y entre intereses propios enfrentados. Por su propia naturaleza la Frontera era un territorio amplio, casi siempre violento y a menudo salvaje: el ámbito natural del choque entre civilización y barbarie. España fue durante muchos siglos, los de la llamada Reconquista, territorio de Frontera, la que mediaba entre dos universos antagónicos separados fundamentalmente por la religión y la cultura, la Cristiandad y el Islam. Y esa historia hispánica dio lugar, en el ámbito de la literatura, al género de la poesía épica. La épica española, en contraste con la francesa, no trataba asuntos meramente literarios ambientados en tiempos pretéritos en los que los héroes acometían sus grandes gestas fantásticas, sino que ponía en escena a personajes reales, paladines de la Frontera como Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, tratados, eso sí, dentro de los códigos literarios del héroe caballeresco.

La Frontera americana dio lugar, también, a una nueva épica en la literatura y, sobre todo, en el cine: el western, un género literario y cinematográfico fundamental en el siglo xx. Desde Fenimore Cooper hasta McCarthy este género ha producido numerosas obras maestras literarias, de igual manera que podemos decir que desde John Ford hasta Clint Eastwood el western ha sido una de las estrellas de la tradición cinematográfica.

En este contexto se desarrolla la novela de Corman McCarthy Meridiano de Sangre (Blood Meridian), publicada en 1985, que en su momento pasó relativamente desapercibida entre los lectores, pero cuyo prestigio con el paso del tiempo ha venido alcanzando dimensiones casi antológicas.

Corman McCarthy

Al igual que el recientemente fallecido J.D. Salinger, o su también compatriota Thomas Pynchon, McCarthy es un autor que no gusta de estar bajo el foco público. En los tiempos actuales, en los que el poder de los medios ha crecido exponencialmente, rehuir la publicidad y defender la propia intimidad puede llegar a constituir una actitud casi suicida para la carrera de un creador, y sin embargo, bajo esta premisa, la obra de estos literatos alcanza un relieve mucho mayor, puesto que es su propia calidad intrínseca la fuente casi única de su prestigio. Que nosotros sepamos, McCarthy tan solo ha concedido dos entrevistas a medios de comunicación, la primera de ellas en el tiempo en que apareció su novela Todos los bellos caballos (1992) al New York Times Magazine, y posteriormente, en 2007, en que “sucumbió a la tentación” de aparecer en televisión en el muy popular The Oprah Winfrey Show.

McCarthy nació en Providence (Rhode Island) en 1933 en el seno de una familia acomodada de origen irlandés, y recibió una formación católica. Pasó su infancia en Tennessee, a donde se trasladó la familia por motivos laborables de su padre, un abogado de prestigio. Estudió en la universidad de ese Estado aunque no llegó a graduarse y en su revista literaria publicó sus primeros relatos. Tras contraer matrimonio se instaló en Chicago, trabajando como mecánico de automóviles mientras escribía su primera novela, El guardián del vergel (The Orchard Keeper), que vio la luz en 1965, publicada por Random House. En esta época viajó por Europa gracias a las becas para creadores que recibió, se casó por segunda vez y llegó a vivir una temporada en Ibiza, que por aquel entonces era un refugio paradisiaco de artistas y hippies. Allí terminó su segunda novela La oscuridad exterior (Outer Dark), que se publicó en 1968. De regreso en Tennessee escribió la tercera, Hijo de Dios (Child of God), de 1973, y tras su segundo divorcio se instaló en Texas, donde dio comienzo a su mejor periodo creativo con la novela Suttree de 1979. Gracias a una nueva beca para creadores pudo emplear los siguientes años en escribir su obra maestra, Meridiano de Sangre, a la que siguió la también muy celebrada Trilogía de la frontera (The Border Trilogy), compuesta por Todos los hermosos caballos (All the Pretty Horses, 1992), En la frontera (The Crossing, 1994) y Las ciudades de la llanura (Cities of the Plain, 1998). La trilogía le sirvió para alcanzar la fama y el reconocimiento que hasta ese momento se le habían negado, y así, sus siguientes obras constituyeron considerables éxitos: No es país para viejos (No Country for Old Men, 2005) y La carretera (The Road, 2006), esta última galardonada con el premio Pulitzer. La popularidad de estas novelas ha sido rubricada por sus versiones cinematográficas: Todos los hermosos caballos fue filmada por Billy Bob Thornton y en su reparto figuraba la actriz española Penélope Cruz, No es país para viejos la dirigieron los hermanos Cohen, con Javier Bardem en el reparto, y La carretera la rodó John Hillcoat. Para el 2011 se esperaba la película basada en Meridiano de sangre, que parece permanentemente demorada por sus problemas de adaptación.  McCarthy es también autor de dos obras de teatro (The Stonemason y The Sunset Limited) y de un guión cinematográfico (El hijo del jardinero, The Gardener’s Son).

No resultará ocioso comentar aquí algunas claves que pueden resultar reveladoras de la personalidad de McCarthy como escritor. Cuando acabó su primera novela la envió a Random House por la exclusiva razón de que era la única editorial que conocía, como él mismo ha contado, y allí tuvo la suerte de que cayera en las manos de Albert Erskine,  el que había sido editor de William Faulkner y que lo fue de McCarthy hasta su jubilación veinte años más tarde; significativamente, se ha señalado en numerosas ocasiones a McCarthy como “heredero” literario de Faulkner. Preguntado por sus preferencias literarias, el autor cita a Melville, y de nuevo surgen las analogías señaladas por los críticos que identifican Meridiano de sangre con Moby Dick, y declara su rechazo a escritores como Henry James o Marcel Proust, que no tratan las cuestiones de la vida o de la muerte, llegando a asegurar que sus obras no le parecen “literatura”. Lo que resulta evidente es que McCarthy es un escritor “puro” y que su obra no está influida por tendencias culturales o intelectuales, algo que pone también de manifiesto su alejamiento de los cenáculos de escritores y su poco aprecio a aparecer en público.

Meridiano de sangre

La novela se basa en hechos históricos. La banda Glanton operó entre 1849 y 1850 en el Sudoeste de Estados Unidos, y su misión fue limpiar la región de tribus indias para facilitar su colonización, en una operación que hoy calificaríamos sin duda como genocida. No cabe hacer un juicio moral anacrónico de estos hechos: La humanidad ha forjado su destino en buena medida a golpe de lanza o de fusil, y los episodios históricos en los que la iniquidad ha campado por sus respetos, sembrando la tierra de sangre, dolor y destrucción, son tan abundantes que casi exceden cualquier capacidad de enumeración. Dice la historia que Joel Glanton, un veterano de la guerra contra México por la independencia de Texas, fue contratado por las autoridades mexicanas para armar una tropa de mercenarios cazadores de cabelleras con el objetivo de “limpiar” de tribus indias hostiles el amplio territorio de la frontera sudoccidental, en la región de Arizona. Las actividades de la banda Glanton excedieron tenebrosamente los objetivos que les habían sido fijados, masacrando tribus enteras de indios pacíficos dedicados a la agricultura, e incluso ampliando su campo de acción a los propios pobladores mexicanos, hasta el punto de que las autoridades de Chihuahua la declararon fuera de la ley y pusieron precio a la cabeza de su líder. El episodio final de esta historia atroz se produjo en el río Gila, donde Glanton se apoderó de la barcaza transportadora que utilizaban los numerosos emigrantes que se dirigían a California, atraídos por la fiebre del oro, e inició un siniestro negocio que consistía básicamente en asesinar y despojar de sus bienes a los peregrinos. Allí halló la muerte, a manos de los guerreros del apache quechan Caballo en Pelo, que destruyó la banda y asesinó a su jefe.

Estos hechos constituyen el trasfondo de la trama de Meridiano de sangre, en la que, además, aparecen dos protagonistas que constituyen la verdadera esencia de la materia literaria de la novela. El “Chico” es un muchacho de apenas dieciséis años que se enrola en la banda para poder abandonar el presidio en el que se haya confinado. Carece de nombre propio, ya que él mismo lo ignora –consecuencias de una infancia terrible y violenta–, y es testigo y partícipe de la terrible aventura de la banda Glanton. El juez Holden –el líder ideológico de la misma– es un personaje terrorífico; su propia caracterización física le confiere un aura de ser sobrehumano o, más precisamente, inhumano. Es un gigante de casi dos metros de estatura y ciento cincuenta kilos de peso, un albino despojado de cabello en todo su cuerpo, un hombre refinado que domina numerosos idiomas y posee un discurso elegante y culto , toca el violín con virtuosismo, es un excelente bailarín y un ser dotado de una infinita curiosidad intelectual, que le lleva a realizar continuas anotaciones en su cuaderno de apuntes, como si su misión fuera hacer un riguroso estudio antropológico y paleontológico de las tierras que recorre la banda. Es, además, un ser amoral y despiadado, un brutal depredador ajeno a toda compasión o instinto de humanidad, violador y asesino de niños de ambos sexos, dotado de una infinita capacidad para el mal. El lector conoce al juez Holden al mismo tiempo que el Chico, testigo de un significativo episodio que caracteriza desde el principio la naturaleza malvada del personaje. En el interior de una carpa, bajo una lluvia inclemente, una multitud de hombres de la Frontera escuchan con devoción las palabras de un predicador itinerante; de golpe, el juez Holden se adelanta y lanza contra él las más graves acusaciones; la multitud se alza indignada y, sin tomar en consideración las protestas del predicador, allí mismo le lincha de forma brutal; un rato después, en la cantina del pueblo, alguien pregunta al juez Holden cómo averiguó los graves delitos de aquel hipócrita; el juez responde que nunca había visto u oído hablar de ese hombre con anterioridad; tras un momento de estupor, todos los presentes prorrumpen en carcajadas.

El juez Holden: un paradigma

El juez Holden es el paradigma del mal. Su aspecto físico recalca poderosamente su “inhumanidad”, su condición de individuo singular ajeno a la común estirpe humana. Sus actos malignos están siempre sustentados en un discurso que es, en sí mismo, la apología de una conciencia  amoral y violenta, que progresa entre los hombres por medio de la iniquidad y la depredación. No será ocioso en este momento, a tenor de las circunstancias en las que en los tiempos presentes se encuentra sumida la situación económica internacional, traer a colación una curiosa reflexión de Harold Bloom sobre este personaje «cuyo apellido tiene connotaciones de control accionarial (holding)». Holden posee otras condiciones casi extrahumanas, como es el hecho de que nunca duerme, y que él mismo proclama que «no morirá jamás». El lector no puede por menos que darle crédito. Tras la destrucción de la banda Glanton a orillas del río Gila tan solo unos pocos de sus miembros logran escapar; casi todos irán cayendo por el camino y solamente Holden y el Chico logran llegar con vida a San Diego, donde sus destinos se separan. Veintiocho años después se produce su reencuentro; el Chico ya no es un muchacho de dieciséis años, sino un hombre maduro de cuarenta y cuatro, y sin embargo el aspecto físico del juez es exactamente el mismo al del último día en que le vio. En ese reencuentro tan solo uno de ellos quedará con vida, el último sobreviviente de la banda Glanton, y no hace falta mucha imaginación para deducir quién de ellos es.

La cabalgada de la banda Glanton hacia el oeste, hacia el meridiano o lugar donde se pone el Sol, reviste en la novela de McCarthy caracteres de auténtica epopeya. Una epopeya brutal y sanguinaria –nada que ver con la de Mio Cid, junto a sus fieles, camino de un destierro injusto–, en la que el salvajismo alcanza un paroxismo que llega a lo insoportable: «…mis dos primeros intentos de leer Meridiano de Sangre fracasaron porque retrocedí ante la carnicería abrumadora que retrata McCarthy», ha confesado Harold Bloom. Los caballistas recolectores de cabelleras son forajidos, parias, desarraigados, mercenarios… la escoria de la civilización. Asesinan, violan, destruyen, masacran tribus enteras sin el menor reparo. Los tiempos modernos nos han vacunado contra ciertos escrúpulos; sucesos como las matanzas étnicas en Ruanda en 1994 o los horrores de Kosovo en 1999 hacen que la ficción más extremada se quede en algo casi anecdótico. Pero aun así Meridiano de sangre es un relato de una crudeza descarnada, hasta el punto de que la película que más se aproxima temáticamente a esta novela, la célebre Grupo salvaje (The Wild Bunch) de Sam Peckimpah, un director caracterizado generalmente como “violento”, parezca en comparación «un retrato de la dulzura misma», en palabras de Bloom. Y aun así es necesario leerla, porque constituye un drama de resonancias clásicas y shakespereanas en cuyo trasfondo resuena un relato moral de la naturaleza humana. Probablemente la vida en la Arizona de mediados del siglo xix fuera como la describe McCarthy, o incluso peor, porque cualquier ficción resulta pálida frente a realidades históricas como, por poner solo un ejemplo, la colonización europea del Congo belga. En el eterno debate en el que se aborda el choque y la dialéctica entre barbarie y civilización, quizás el análisis de Meridiano de sangre proporcione una visión singular por paradójica: las fuerzas civilizadoras, las huestes que se adentran en la Frontera para abrir camino a la civilización frente a los salvajes, se convierten a la postre en la encarnación perfecta del salvajismo. Aquí no hay equívocos; no aparece por ningún lado la ingenuidad de un Roger Casement (protagonista de El sueño del celta, de Vargas Llosa), quien cree servir a la causa de la humanidad llevando a los nativos el cristianismo, la civilización y el comercio para redimirles del atraso, la enfermedad y la ignorancia. La expedición de Glanton tan solo actúa en busca de beneficios, como la Asociación Internacional del Congo, presidida por el rey Leopoldo II; la diferencia es que esta última buscaba básicamente obtener caucho, y los protagonistas de McCarthy cabelleras de indios… y de mexicanos.

El señor de la guerra

«Si la guerra no es santa el hombre no es más que barro viejo», dice el juez Holden. La figura de este personaje ha sido conceptuada como la de un auténtico “señor de la guerra”. Por encima de personajes como Glanton, metódico y frío, ajeno a cualquier escrúpulo moral, o de Toadvine, un veterano que lleva talladas a cuchillo en la frente las letras que le identifican como ladrón y asesino, Holden representa la esencia de la maldad, porque es capaz de racionalizar el uso de la violencia y de la ausencia de piedad, la negativa a compadecerse de cualquier ser humano, la capacidad para cosificar al enemigo, de convertirle en objeto deshumanizado, digno de exterminio o, mejor aún, en “ser” que debe destruirse para la propia prevalencia o la propia subsistencia. Holden es el antecesor de esos señores de la guerra que florecieron en el Líbano, los Balcanes o Ruanda en las últimas décadas del siglo xx. «…La guerra es la forma más pura de la adivinación. Es poner a prueba la voluntad de uno y la voluntad de otro dentro de esa voluntad más amplia que, por el hecho de vincularlos a ambos, se ve obligada a elegir. La guerra es el juego definitivo porque a la postre la guerra es un forzar la unidad de la existencia. La guerra es Dios». Así, el juez Holden “diviniza” la guerra. En este contexto es un “antiguo”, en el sentido de que durante siglos, los primeros de la historia de la humanidad, la sacralización de la guerra fue algo consustancial a la naturaleza de las cosas. Los guerreros ofrendaban ante el altar de sus dioses para que estos les fueran propicios a la hora de destruir al enemigo; probablemente los mejores ejemplos se hallen en el Antiguo Testamento. «La ley moral es un invento del género humano para privar de sus derechos al poderoso a favor del débil», ironiza Holden. En la guerra la ley moral se desvanece. No hay moral, o mejor aún, la moral es cínica y ya no responde a los principios éticos que rigen durante la paz, que han sido sustituidos por un “utilitarismo” sangriento e inhumano. «Los hombres de Dios y los hombres de la Guerra tienen extrañas afinidades», le dice el juez a Tobin, el antiguo cura miembro de la partida, remarcando una vez más el carácter místico y sacrificial de la guerra. «A medida que la guerra se vuelva ignominiosa y su nobleza sea puesta en tela de juicio los hombres honorables que reconocen la santidad de la sangre comenzarán a ser excluidos…». Esta frase la pronuncia Holden en la antesala de la escena final de la novela; se la dice a un Chico encerrado en una celda en San Diego, después de haber atravesado un terrible desierto con una punta de flecha clavada en el hueso de su pierna y bajo la amenaza de un juez Holden que le hostiga como un Leviatán terrorífico y omnipresente. Y el Chico tiene el coraje de responderle: «Usted no es nada», a lo que el juez replica: «No sabes cuánto aciertas». Este diálogo se produce apenas dos páginas antes de que, veintiocho años después de su separación, el juez Holden asesine al Chico en una escena que intuimos atroz, pero en la que McCarthy nos concede por primera vez la piedad de una elipsis.

Numerosos críticos literarios, entre ellos Bloom, han señalado las afinidades entre Meridiano de Sangre y Moby Dick. El juez Holden es la ballena blanca, el Leviatán a quien nadie puede destruir, inmortal y terrible, porque anida en lo más profundo de la propia naturaleza humana. El lector cae en la tentación de identificar al juez Holden con el personaje del coronel Kurtz interpretado por Marlon Brando en el Apocalypse now de Francis Ford Coppola. Y no es una identificación ociosa si tenemos en cuenta la novela de Conrad que inspira la película, El corazón de las tinieblas, donde Kurtz, el marchante de marfil que ha sucumbido al poder primigenio de la barbarie, musita antes de fallecer: «El horror, el horror…». Y así, con esta última vuelta de tuerca, llegamos de nuevo hasta el Congo, el África primitiva, en la que el “hombre blanco” civilizado cayó, como tantas otras veces, en brazos del salvajismo, y cerramos un círculo siniestro: el de la dialéctica eterna entre civilización y barbarie.

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  • admin

    30 octubre 2012 | 16:46

    De nuevo en el blogg

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Millenium negro

Publicado el 2 de marzo de 2010

“Anders Hellberg, el jefe de Stieg Larsson en su agencia de noticias, tiene serias dudas sobre la capacidad de éste para escribir los sucesivos mamotretos: ‘El lenguaje que utilizaba era pobre, el orden de las palabras incorrecto, la construcción de las frases era simple y la sintaxis completamente enloquecida’. A mí todo ello me parece prueba irrefutable de que Larsson y sólo él escribió Millenium…”.

La frase (genial) va entre comillas, porque no es mía, sino de Fernando Savater, en un delicioso artículo publicado en El País de hoy, que versa sobre la autoría encubierta de escritores en la sombra (generalmente mujeres y sufridas esposas), que exprimen su cacumen para mayor gloria del que firma (y eventualmente cobra los derechos de autor). Se refiere Savater a Eva Gabrielsson, pareja de hecho del tremendo “bestsellerista” (Víctor, ¿admitiría la Española este nuevo “palabro”?) Stieg Larsson, excluida inmisericordemente del festín de regalías de Millenium, a María de la O Lejárraga (esposa y “negra” del dramaturgo Martínez Sierra), y a la mujer del novelista de serie negra Dick Francis, autor que, al parecer, entusiasma a nuestro entrañable filósofo, ”el hombre que sí amaba a los caballos”. En esta relación de mujeres enamoradas que prestaron su talento para la mayor gloria de sus, por lo general, estólidos maridos, encuentro una flagrante ausencia: la de Sidonie Gabrielle, más conocida como Colette, que fue la autora real de todas las novelas de la serie Claudine, firmadas por su marido, Willy. El tal Willy, no solo se beneficiaba del gran talento de su esposa, sino que aprovechaba que esta se hallaba enfrascada en su trabajo literario para practicar su afición preferida: el adulterio. De esta forma se “beneficiaba” doblemente: de su esposa y a su amante (perdón por el chiste horrible).

Pero volvamos a Millenium, que, fuera quién fuese el que la escribió, ha sido el suceso literario indiscutible del 2009 y una fuente inagotable de ingresos para la familia de su autor (excepto su mujer) y para sus diversos editores. Estoy completamente de acuerdo con Savater en considerar que la calificación que de Larsson hace su jefe periodístico es prueba irrefutable de su autoría… porque Millenium no es más que otra de las infames novelas de fórmula que, año tras año, encumbran a autores mediocres, creadores de tochos paraliterarios destinados al entretenimiento estival de aburridos lectores circunstanciales. Me he tirado meses respondiendo hipócritamente a la pregunta entusiasmada de numerosos interlocutores con una frase de compromiso: “el personaje de Lisbeth Salander es fascinante”, tan solo para no decir lo que de verdad pienso, que no hallo diferencia alguna entre Larsson y el resto de bestselleristas de fórmula, Brown, Grisham, King, etc. Es decir, literatura de consumo para paladares poco sofisticados.

Hace unos días tuve una reunión con un directivo de una de las más importantes compañías de comunicación españolas, que va a poner en marcha en breve una plataforma para el libro digital. Hablábamos precisamente de esto: de la literatura de calidad frente al inevitable “fast-book” que se vende como churros. Se moría de la risa cuando, en una de mis frecuentes “boutades”, le decía que si William Faulkner redivivo se presentase en una editorial española actual con cualquiera de sus manuscritos, no es que no le hicieran ningún caso, sino que el editor ordenaría a dos mozos de almacén que le llevasen a rastras al callejón y que, a la manera de Eddie Felton, le rompieran los huesos de las manos para impedir que volviera a escribir.

A los buenos cinéfilos no les será necesario que aclare que Eddie Felton es el protagonista de The Hustler (El buscavidas), magnífica película de Robert Rossen protagonizada por Paul Newman, que cuenta la historia de un jugador de billar profesional y su mítico enfrentamiento con El “gordo” de Minessotta.

Si fuera coherente con el método de este blog debería ahora referirme a las versiones cinematográficas de Millenium. Permítanme que por una vez sea grosero: no me da la gana. En cambio, me tomaré la libertad de entonar una loa a los innumerables “negros” que con su trabajo oscuro y callado tanto han contribuido, no solo al progreso de las bellas letras, sino también a que todo tipo de “famosos” (televisivos, ex-políticos, etc.) hayan podido “escribir” un libro. Me remito aquí a las desopilantes Memorias de un amante sarnoso de Groucho Marx, donde relata el comentario que le hace un magnate del cine que acaba de publicar un libro (lógicamente escrito por un negro): “No imaginaba que fuera tan fácil, muchacho. Me parece que voy a ponerme a escribir otro inmediatamente”.

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  • Juan Ignacio Alonso

    3 marzo 2010 | 13:34

    Permítanme que aproveche mi propio foro para añadir algún dato más (confío que interesante) a lo ya dicho de las “esposas negras”.
    Gregorio Martínez Sierra fue, sobre todo, un buen empresario teatral, que promovió una renovación de la escena. Por ejemplo, programó y dirigió la pimera obra teatral de García Lorca, El maleficio de la mariposa, cuya protagonista fue La Argentinita. Pero lo cierto es que la mayoría de su producción literaria salió de la pluma de su esposa, María Lejárraga. Llama la atención cómo, atenazada por una mentalidad que relegaba a la mujer a papeles secundarios, María aceptó con toda naturalidad permanecer en la sombra, “el papel que le correspondía a una esposa”. Pero el colmo de la humillación que le infligió su marido fue su relación adúltera (otro Willy) con la primera actriz de su compañía teatral, Catalina Bárcena, y sobre todo que “todo el mundo lo sabía”.

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El “misterio” Traven

Publicado el 5 de febrero de 2010

Citábamos en nuestro anterior post a B. Traven, junto a Salinger y Pynchon, como modelo de escritor de éxito que huye de los focos públicos. El caso de Traven es, tal vez, el más extremado, ya que fue un maestro en el arte de la ocultación, hasta el punto que las pocas cosas que se conocen de su personalidad y de su biografía podrían perfectamente ser meras especulaciones. Ni siquiera se sabe con certeza el nombre que se abrevia con esa B., aunque se cree que es Bruno.

Veamos las conjeturas respecto a su vida. Es posible que se tratase de un escritor alemán anarquista y antibelicista llamado Ret Marut, que hubo de abandonar su país de origen y se radicó en México en 1923, donde vivió hasta su muerte en 1969. Lo cierto es que el estilo y la temática de la primera novela que publicó concuerdan con esta idea.

La nave de los muertos, recientemente reeditada por Acantilado, con traducción de Roberto Bravo de la Varga,  es un tremendo alegato contra los burócratas, los políticos, los nacionalistas, los militares, etc., envuelta en una soberbia y emocionante aventura épica protagonizada por Gerard Gales, paradigma de los fracasados, que afronta su tremenda peripecia vital con admirable y libérrima gallardía. Se trata de un marinero que pierde su barco en Amberes por culpa de una borrachera, y queda abandonado, solo, sin dinero ni documentos. Sin sus papeles se convierte de repente en un “no existente” para las instancias oficiales, condenado a vagar por diversos países, acosado, encarcelado y al final expulsado de todas partes. Hasta que consigue embarcar en el Yorikke, la nave los muertos, un desvencijado vapor mercante cuya tripulación se compone precisamente de “sin papeles”, “no existentes”, muertos en vida condenados navegar de puerto en puerto sin posibilidad de desembarcar. La nave de los muertos es un relato que deberían leer obligatoriamente muchos de nuestros políticos actuales.

Pero la novela más conocida de Traven no es otra que El tesoro de Sierra Madre (también reeditada por Acantilado), pues en ella se basó la película del mismo título dirigida por John Huston en 1947, protagonizada por Humphrey Bogart. Cuando Huston comenzó los preparativos del rodaje, la productora Warner Brothers, escribió a Traven invitándole a trasladarse a Hollywood para participar en el guión. Declinó la invitación sugiriendo que Huston y él se encontraran en México, donde podrían aprovechar para localizar escenarios (fue una de las primeras películas americanas que se rodó íntegramente en exteriores en un país extranjero). Pero en vez de Traven compareció un tal Hal Croves, con una carta del novelista que garantizaba que podría perfectamente sustituirle, pues lo conocía todo de su obra. Efectivamente, Croves desempeñó un papel fundamental en la película, no solo en la redacción del guión, sino en su rodaje. En todo ese tiempo John Huston no fue capaz de confimar su sólida sospecha de que Croves era el propio Traven. El éxito de El tesoro de Sierra Madre fue grandísimo y catapultó la figura del novelista, que pese a ello logró preservar su anonimato hasta el final de sus días.

El “misterio” Traven (como el de Salinger) tiene una sencilla explicación. La dió él mismo en una de sus cartas conservadas: “Todo mi misterio consiste en que odio a los columnistas, reporteros y críticos que no saben nada respecto a los libros sobre los que escriben. No hay mayor alegría ni satisfacción para mí que el hecho de que nadie sepa que soy escritor cuando me presentan a la gente o voy a los sitios… Solo así puedo decir lo que me plazca sin que algún pedante o intelectual me recuerde que un escritor de tanta reputación no debería decir tonterías”.

Finalmente, debo referirme a nuevamente a la película. El tesoro de Sierra Madre es una obra maestra, una de las muchas de John Huston (que sin embargo también rodó filmes mediocres que empañan su grandeza). De sus tres protagonistas, Humphrey Bogart, Tim Holt y Walter Huston (padre del director), destaca especialmente este último, que recibió por su magistral papel un Oscar al mejor actor de reparto, y que la revista Theatre Arts, en aquel tiempo la “biblia” del arte dramático, calificó como “la interpretación más perfecta que se ha hecho en la pantalla americana”.

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  • nicolás

    9 febrero 2010 | 13:06

    Muy interesante la información sobre B. Traven. Yo leí El tesoro de Sierra Madre en la vieja edición de Bruguera, pero no conocía La nave de los muertos, que voy a buscar. Pero debo hacer un reproche a este artículo. ¿Filmes mediocres [de John Huston] que empañan su grandeza? No estoy de acuerdo, a mí me parece que Huston es uno de los más grandes.

  • Àngel Lluís Carrillo Pujol

    27 febrero 2010 | 11:44

    Hola Juan Ignacio.
    Me han encantado esos tus dos últimos posts, los he colgado en mi blog.
    No sé si hoy en día un escritor podría vivir de escribir sin aparecer en los medios de comunicación, aunque creo que muchas veces estarían mejor callados, porque algunos ganan un lector con cada frase pero pierden dos.
    Tengo la absurda teoría que el éxito de la trilogía de “Millenium” se sustenta en que el escritor murió. Con Larsson vivo la envidia o cualquier entrevista con el escritor se hubiera llevado un elevado porcentaje de su éxito a la basura.
    Somos así, unos lobos para nuestros congéneres.
    Saludos

  • gguser

    27 febrero 2010 | 14:34

    Àngel Lluís, encantado de tomar nuevamente contacto contigo. Enhorabuena por la publicación de tu última novela, Tarrako. Ya sabes que a mí me encantó, y que la hubiera publicado si los tiempos actuales no fueran tan duros. Sigue en contacto, porque pronto habrá novedades en Grand Guignol, centradas en la edición digital.
    Un abrazo, Juan Ignacio

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Kinkón, y otros neologismos

Publicado el 24 de noviembre de 2008

Leíamos en El País de ayer la iniciativa de una agencia de publicidad de proponer a la Real Academia Española la inclusión de un neologismo en el DRAE: “kinkón”, un adjetivo formado a partir del nombre del celebre gorila gigante King Kong, protagonista de la película del mismo nombre dirigida y producida por Meriam C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, estrenada en 1933. El significado del mismo sería algo así como “persona víctima de un amor imposible”, como el que experimenta el desmesurado simio hacia la bella Ann Darrow, interpretada por Fray Wray (imposible reprochárselo). La iniciativa ha sido rechazada por el secretario de la Academia José Manuel Blecua, con el alambicado argumento de que tal propuesta ignora la “cualidad del nombre propio en nuestra lexicografía”, cuando lo más fácil hubiera sido decir que en español, cuando se dice de alguien que es un “king-kong”, lo que el pueblo llano entiende es que el individuo al que se aplica tal “adjetivo” es un tipo grandote y forzudo, no dotado de especial belleza, y casi nadie asociaría el calificativo con un amante platónico atrapado en un amor imposible. El argumento de Blecua ha sido ampliamente contestado por numerosos interlocutores, que han recordado cómo determinados nombres propios -sobre todo de personajes arquetípicos procedentes de la literatura, el cine y otros orígenes- derivan en adjetivos y sustantivos que caracterizan su cualidad más eminente. Así, como se recuerda en el artículo de El País, “robinsón” (por náufrago, según el personaje de De Foe), “donjuán” (seductor, por el personaje de Zorrilla) o “lolita” (adolescente descocada, por el de Nabokov). A estos se podrían añadir muchísimos más: “travolta” (por el actor John Travolta, el Tony Manero de Fiebre del sábado noche), “sansón” (forzudo bíblico azote de filisteos), “mesalina” (por la promiscua esposa del emperador Claudio), e incluso otros sacados del cine de serie B, como el que estuvo muy de moda cuando yo era niño (es decir, en el Pleistoceno): “maciste”, sinónimo de “cachas”, por el simpático personaje del “peplum” italiano.

Pero a mí en particular este suceso, que no trasciende de la mera anécdota, me ha llevado a reflexionar sobre la pertinencia del discurso de ingreso en la RAE de nuestro más reciente académico, el director de cine José Luis Borau, que hace dos domingos ocupó el sillón B mayúscula vacante en la “docta casa” por la pérdida del llorado Fernando Fernán Gómez. Versó dicho discurso sobre la huella dejada por el cine en el lenguaje, y en él aparece mencionado por primera vez, que yo sepa, el neologismo que encabeza este artículo: “Cuando el mono, o su epígono el hombre, superan cualquier proporción habitual –un guardaespaldas o un luchador, por ejemplo– se convierten sencillamente en kinkones” . Por tanto, la iniciativa del “creativo” Jorge López, de la agencia de publicidad Vitruvio-Leo Burnett, no es exactamente original, sino inspirada en las palabras del estupendo director español y flamante nuevo académico.

Se refería Borau en su discurso de ingreso a la aportación del cinematógrafo al bagaje léxico del español y el resto de los idiomas, y no solamente con su jerga especializada, que se ha ido incorporando al habla común: primer plano, flash back, thriller, play back, y un largo etcétera, sino también con expresiones: “el malo de la película”, “unas vacaciones de cine”, y con sustantivos y adjetivos que procedentes del cine se han incorporado con naturalidad y éxito al habla común. A los ejemplos más arriba citados se pueden añadir muchos otros: un “tarzán” por alguien esbelto y musculado, por citar uno más. Y, obviamente, el texto de Borau no podía pasar desapercibido para este “blogg“, que desde su inicio viene versando sobre las relaciones entre literatura y cine.

 

Quisiéramos, finalmente, referirnos a una circunstancia vivida personamente por el que esto escribe que se relaciona, aunque tangencialmente, con el propio José Luis Borau y con la celebérrima película King Kong. A ningún aficionado al cine se le escapa que buena parte del éxito del filme proviene de la habilidad del técnico especialista Willis O’Brian, creador del gorila gigante. Con las limitaciones técnicas de la época, que hoy en día nos parecen enormes en comparación con los avances de la tecnología digital, O’Brian creó un King Kong que, no solo se movía e “intrepretaba” con verosimilitud, sino que era perfectamente capaz de transmitir emociones (su fascinación enamorada por Fray Wray), y que se convirtió en un (uno más) icono imperecedero en el imaginario del siglo XX, en la escena en que el gorila gigante trepa hasta lo más alto del Empire State Building en busca de su trágico destino, abatido por el enjambre de aviones que le acaban destruyendo. Eclipsados por el prestigio de actores y directores, un grupo de geniales especialistas en el trucaje permitieron en buena medida que el cine se convirtiera en la pasada centuria en una auténtica “Fábrica de Sueños”. Uno de ellos, heredero del “trono” del mítico Harrihausen, fue el español Emilio Ruiz del Río, creador de los trucajes de películas tan emblemáticas como Doctor Zhivago, Dune, Conan el Bárbaro y un largo etcétera (por ejemplo: Emilio Ruiz fue el responable de la recreación de la escena en que el Dodge Dart del almirante Carrero Blanco vuela por los aires en la película Operación Ogro), inventor de una técnica magistral basada en la pintura sobre chapa, un avance que permitió a los directores poner en escena las ideas más atrevidas, y, en definitiva, una de las grandes personalidades “desconocidas” del cine español. Yo tuve el privilegio de ser el editor de su libro Rodando por el mundo, publicado con motivo del homenaje que recibió de la Semana de Cine Experimental de Madrid, precisamente por la pequeña editorial cinematográfica que dirigía José Luis Borau, un libro de memorias realmente fascinante.

Larga vida al cine, a la literatura… y al idioma español, enriquecido con neologismos eficaces y pertinentes: lolitas, travoltas y tarzanes. Y también “kinkones”, pero no como “amantes platónicos” como quiere el publicista Jorge López, sino como los monos u hombres que superan cualquier proporción habitual, como expresó con tanta justeza el maestro Borau en su discurso de ingreso en la “docta casa” de la calle Felipe IV.

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  • martín mata

    25 noviembre 2008 | 10:08

    No sé si lo ha advertido usted, señor Alonso, pero en la foto de Emilio Ruiz del Río, en la que posa dentro de la maqueta de Operación Ogro (imagino que con la intención de que se aprecie el artificio), siguiendo la definición de Borau, “hombre que supera cualquier proporción habitual”, Emilio Ruiz aparece como un perfecto modelo de “kinkón”.
    Me gusta mucho el cine, pero como aficionado, y no conocía a Emilio Ruiz del Río, por eso mi sorpresa ha sido mayúscula cuando he buscado en google y he descubierto decenas de páginas web llenas de elogios, algunas de ellas americanas. La lástima es que muchas de ellas son necrológicas, lo que hace bueno el viejo dicho de que tienes que morirte para que de una vez se reconozcan tus méritos.
    ¿Donde puede encontrarse su libro Rodando por el mundo?
    Gracias

  • Mazinga

    5 diciembre 2008 | 0:33

    Yo tambien estoy buscando el mismo libro si alguien tiene idea de donde se puede encontrar seria fantastico.
    Gracias

  • juan ignacio alonso

    26 enero 2009 | 13:29

    Para Mazinga.
    Perdón por el retraso, estaba reorganizando mi biblioteca y no conseguía encontrar el libro, de ahí la demora. Se llama “Rodando por el mundo. Mis recuerdos y mis trucajes cinematográficos”, fue publicado por la Asociación de Amigos del Cine Experimental de Madrid, en abril de 1996. La Asociación está domiciliada en Alberto Alcocer, 42, 28016 Madrid. El ISBN es 84-605-5067-2.
    Saludos cordiales

  • Mazinga

    4 febrero 2009 | 2:24

    Gracias, he visto que está tambien disponible para el prestamo, en la facultad de ciencias de la información de la complutense. Tendre que pasarme un dia a echarle un vistazo.

    Un saludo

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