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El asesinato de Thomas Becket

Publicado el 20 de mayo de 2009

Leíamos en el diario El País de ayer una noticia referida al abandono en que se halla la iglesia de San Nicolás de Soria, en la que se hacía mención especial a un tríptico que representa el asesinato del arzobispo de Canterbury Thomas Becket el 29 de diciembre de 1170. Efectivamente, el tríptico se pintó por iniciativa de Leonor Plantagenet, hija de Enrique II de Inglaterra, casada con el rey de Castilla Alfonso VIII, y la causa probable de ésta es la voluntad de expiación por el execrable crimen que Leonor compartía con el atribulado rey de Inglaterra y señor de Anjou, Normandía y Aquitania. La historia real es verdaderamente fascinante y no hemos podido resistir la tentación de consignarla aquí para deleite de ese nutrido grupo de lectores que disfrutan del subgénero de novela histórica vinculado a asuntos policiacos, cuyo máximo exponente sigue siendo la célebre El nombre de la rosa, de Umberto Eco.

A la muerte de Enrique I, tercer y último monarca de la dinastía normanda fundada por Guillermo el Conquistador, la corona de Inglaterra fue disputada por dos pretendientes: Enrique Plantagenet, casado con Matilde, hija y heredera de Enrique I, y Esteban de Blois, nieto de Guillermo y candidato de los barones del reino.  La querella se resolvió gracias al arbitraje de Anselmo, arzobispo de Canterbury, en el tratado de Wellingford, que entronizó a Esteban de Blois pero asociando a Enrique Plantagenet al trono y designándole heredero. La muerte de Esteban poco después supuso el inicio del reinado de Enrique II y, al tiempo, del que ha sido llamado “imperio angevino”, puesto que el nuevo monarca inglés era también conde de Anjou y duque de Normandía y, por tanto, señor de un vasto territorio que se extendía a ambas orillas del Canal de La Mancha. Cuando Enrique acudió, como era preceptivo, a rendir homenaje al rey francés Luis VII se produjo la última circunstancia que redondearía el magno edificio del “imperio Plantagenet”; el joven monarca, un aguerrido y hermoso mozo de apenas diecinueve años conoció a la esposa del rey de Francia, Leonor de Aquitania… y ella le conoció a él. La consecuencia de este encuentro fue volcánica: apenas dos meses después, la fogosa Leonor se divorciaba de Luis VII (a quien ella misma calificó con notable crudeza: “me he casado con un monje, no con un rey”) y contraía nuevo matrimonio con Enrique, sumando al patrimonio común el inmenso ducado de Aquitania, con el que Enrique se convertía en señor de unas posesiones en Francia sensiblemente mayores a las del propio monarca francés.

Cuando Enrique II subió al trono de Inglaterra, Anselmo de Canterbury quiso poner junto a él a un hombre de su confianza, y este no fue otro que el clérigo Thomas Becket.  La relación entre ambos fue extraordinaria desde el principio, hasta el punto que Enrique le hizo nombrar canciller del reino. Becket se había educado más como cortesano que como religioso: excelente jinete, cazador y halconero, militar de genio (en la campaña de Vexim combatió al frente de un ejército propio de casi dos mil jinetes y cuatro mil infantes, llegando a trabar pelea singular frente a un caballero francés al que venció sin dificultad), dotado de un envidiable ingenio y extraordinario administrador, pronto se convirtió no solo en el más poderoso cortesano de Inglaterra, sino también en amigo íntimo y compañero fraternal del monarca.

Este “idilio” comenzó a torcerse a la muerte del arzobispo Anselmo. Enrique II decidió que Thomas Becket le sucediera en la sede primada de Inglaterra. Becket aceptó el cargo, pero advirtió premonitoriamente al monarca: “Me odiaréis pronto tanto como ahora me amáis, pues os atribuís en los asuntos de la Iglesia una autoridad que yo no acepto. Y será preciso que el arzobispo de Canterbury elija entre ofender a Dios o al Rey”.  Efectivamente, el antaño refinado cortesano, avezado cazador y valiente soldado, se transformó en un asceta entregado a la piedad y a la oración, con la misma fuerza de voluntad y devoción con que había ejercido su cargo de canciller, y ello le llevó al enfrentamiento con Enrique. Como dice Andres Maurois en su excelente Historia de Inglaterra (cuyo texto hemos seguido para redactar estas líneas): “La sede de Canterbury hizo del canciller Becket, servidor del rey, un rebelde, y, después, un santo”. La cuestión se presentó por la querella entre las jurisdicciones eclesiástica y real, que derivó hacia un conflicto abierto y que el monarca trató de zanjar imponiendo a Becket las Constituciones de Clarendon, suscritas por éste bajo amenaza de muerte. Thomas Becket, apoyado por el papa Alejandro, huyó del país y se refugió en Vezelay, desde donde comenzó a lanzar anatemas y excomuniones contra el monarca. Este no era ni mucho menos un asunto baladí: el poder del monarca se sustentaba en el principio de su procedencia divina y una excomunión ponía en cuestión la legitimidad de la corona. Las siguientes iniciativas de Becket, tras regresar a Gran Bretaña y refugiarse en sagrado en la sede de Canterbury, destituyendo a todos los obispos ingleses nombrados en su ausencia, enfurecieron y entristecieron por igual a Enrique II, que estaba celebrando la navidad en Lisieux, y cometió la imprudencia de comentar en voz alta sus pensamientos delante de sus cortesanos, diciendo que los nobles ingleses eran cobardes sin corazón, pues permitían que su rey fuera humillado por un “clérigo de baja estofa”. Cuatro caballeros presentes se tomaron a pecho estas palabras; sin que mediara orden del monarca regresaron a Inglaterra y una vez en Canterbury abordaron a Becket en el atrio de la iglesia, conminándole a que revocara las excomuniones y las destituciones de obispos.  El viejo orgullo y ardor guerrero del arzobispo revivió en su pecho, haciendo frente valerosamente a sus oponentes, que allí mismo le asesinaron. El crimen provocó una revuelta en Inglaterra, que Enrique II logró sofocar a duras penas. Pero su corazón estaba destrozado por la muerte de su amigo: se dirigió a Canterbury y ante la tumba de Becket se despojó de sus vestidos y se hizo disciplinar cruelmente por setenta monjes. La muerte de Becket, las veleidades de su mujer Leonor y la traición de sus propios hijos amargaron los últimos años del monarca, que jamás dejó de llevar sobre su conciencia el terrible peso del asesinato de la persona a quien, probablemente, más quiso en toda su vida.

La película relacionada con esta historia, en este caso, no puede ser otra que El león en invierno, rodada en 1968 por Anthony Harvey, e interpretada por Peter O’Toole (Enrique Plantagenet) y Katharine Hepburn (Leonor de Aquitania), una excelente muestra del cine histórico que narra los años de declive del otrora orgulloso señor del imperio angevino, y presenta a un personaje fascinante en esa extraordinaria Leonor de Aquitania magníficamente caracterizada por Katharine Hepburn. Pero tampoco debemos olvidar la no menos interesante Becket, dirigida en 1964 por Peter Glenville, basada en la obra teatral del mismo nombre de Jean Anouilh, interpretada por Richard Burton, John Gielgud y, nuevamente, Peter O’Toole. Ambas películas muy interesantes. Por último, queremos recomendar también la magnífica Historia de Inglaterra de André Maurois, antes mencionada, reeditada recientemente por Ariel con traducción de María Luz Morales, que constituye, además de un excelente vehículo para conocer la historia de Gran Bretaña, una interesante lectura del célebre autor de Los silencios del coronel Bramble.

4 comentarios | Añadir un comentario

  • Meiga

    22 mayo 2009 | 18:12

    Hola señor Ignacio.
    Vaya lección de historia.Estoy segura que si en el sistema educativo hubiese profesores tan amenos como usted, la historia se miraría con otros ojos.
    Lo mismo pienso en cuanto a literatura.
    No se si se dedica a la docencia, si no es así, debería usted pensarselo.
    Muy interesante su lección magistral.
    Un saludo.

  • gguser

    22 mayo 2009 | 23:47

    Estimada Meiga
    Gracias por su comentario. Sí, fui profesor, cuatro años en la universidad de Alcalá de Henares y casi veinte en la UNED de Madrid, pero lamentablemente jamás les resulté interesante a las autoridades académicas, porque nunca me integré en el “cursum honoris” de la universidad, es decir, no me dediqué a acumular “méritos” y a hacer “campaña” para poder aspirar a un puesto funcionarial en la institución. ¡Qué se le va a hacer! Siempre he considerado que “la vida era otra cosa”.
    Pero no incidamos en la “jeremiada”. Prefiero que alguien como usted me lea y disfrute con esa lectura, a publicar abstrusos y aburridos artículos en revistas “serias”: esas que no lee nadie.
    Gracias de corazón.
    Juan Ignacio Alonso.

  • Nuria Martín

    27 junio 2009 | 1:50

    De historia, ya sé lo que sabes. De música, ni te cuento…

    Y de libros, te cuento yo: librería Beta (Gibraltar) “dale caña a SGEL” no me llegan tus libros

  • catusa

    19 enero 2010 | 0:29

    Estimado Sr. Alonso, me gustaria saber si tiene algun blog, como puedo llegar a el, sobre Las Cruzadas. Tengo que explicarselas a mis hijos y la historia de Thomas Becket ha sido super amena.
    Gracias por estar ahi.

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Edgar Allan Poe, creador de la novela policiaca

Publicado el 11 de mayo de 2009

Existen cuatro elementos en Los crímenes de la calle Morgue que le confieren el carácter de relato seminal de la novela policiaca. En primer lugar, la creación del primer detective dilettante, el elegante, racionalista y analítico Auguste Dupin, al que cabe el honor de ser el primero de una larga y excelsa lista de personajes de ficción que han ocupado un lugar eminente en el imaginario universal del relato criminal: el Monsieur Le Coq de Gaboriau, el Sherlock Holmes de Conan Doyle, el Philo Vance de Van Dine,  el Hercules Poirot y la señora Marple de Agatha Christie, el padre Brown de Chesterton, el Nero Wolfe de Red Stout, y las decenas de personajes que les han seguido hasta nuestros días. En segundo lugar, la primera utilización de un argumento clásico del género: el enigma de la habitación cerrada. En tercer lugar, la creación del estereotipo de un cuerpo de policía adocenado, rutinario, carente de imaginación y de ingenio que, inevitablemente, fracasa ante los enigmas sutiles y asiste atónito, debatiéndose entre el disgusto y la sincera admiración, a los alardes de suprema inteligencia del detective aficionado de turno. En último lugar, la creación de un personaje secundario que da la justa réplica al actor principal, un colega, un amigo, un compañero, pero siempre un ser más limitado cuya función esencial es ejercer de cronista de las hazañas del héroe y de representar el papel de “persona normal” en contraste con la talla sobrehumana del detective; su modelo más acabado será el doctor Watson de Conan Doyle.

Auguste Dupin nace en 1841 en el Graham’s Magazine de Filadelfia, en el que Poe colaboraba habitualmente, y su presentación en sociedad no puede ser más deslumbrante. Dupin pasea en compañía de su amigo (el innominado narrador del relato) en la noche parisina por las inmediaciones del Palais Royal. Caminan silenciosos por las desiertas aceras hasta que Dupin hace una observación: «Sí, es un hombrecillo muy pequeño, y estaría mejor en el Théâtre des Variétés». Su compañero responde automáticamente: «No cabe duda». Pero al momento advierte que llevan más de un cuarto de hora en silencio y que el detective parece haber adivinado su pensamiento. «¿Cómo es posible que haya adivinado que estaba pensando en… ?». «…en Chantilly», completa la frase Dupin. Y no solo eso, sino que es capaz de enumerar minuciosamente la concatenación de pensamientos de su compañero en los últimos quince minutos, dejándole estupefacto. Exactamente, lo mismo que le sucederá años después al doctor Watson, cuando Holmes parece ser capaz de adivinar de  forma casi sobrenatural una larga serie de detalles relativos a la vida y costumbres de sus interlocutores, antes de ser informado de los detalles concretos que han posibilitado las deducciones del detective. Con esta puesta en escena Edgar Allan Poe se inventa de golpe la llamada novela policiaca de enigma, y abre el camino a una forma de relato popular que ha mantenido su vigencia e interés entre los lectores en todo tiempo y circunstancias, hasta nuestros días.

Auguste Dupin comparecerá nuevamente en tan solo dos narraciones más de Poe, El misterio de Marie Rogêt y La carta robada, publicadas en The Gift, de Filadelfia.  Ambos son relatos mucho más intelectuales que Los crímenes de la calle Morgue. El primero de ellos ha sido calificado como un «hábil y fatigoso ejercicio de raciocinio», y el segundo ha sido tenido por el mejor de los relatos policiales de Poe, por su brevedad, concisión y elegancia: qué mejor sitio para esconder algo que es de vital importancia que no sea encontrado que depositarlo a la vista y al alcance de cualquiera. Aquí se añade un elemento nuevo, la paradoja, un factor del que los epígonos de Edgar Allan Poe sacarán verdadero petróleo, y sobre todos ellos Chesterton, el creador de un curita de aldea tocado con una teja y que por toda arma maneja un desmesurado paraguas, empeñado en ver lo que para el resto de los mortales parece oculto, en una lucha épica e interminable contra el Mal con mayúscula, es decir, la modernidad, el librepensamiento y el socialismo.

Pero al Marie Rogêt y a La carta les faltan elementos esenciales que sí se hallan en Los crímenes de la calle Morgue: la sangre, el espanto, la brutalidad… la animalidad pura. Porque al fin y al cabo el criminal autor de los asesinatos de madame L’Espanaye y su hija Camille no es otro que un orangután de Borneo escapado de su dueño. Para la resolución del crimen el “mago” Dupin utilizará tan solo dos herramientas, su ingenio infinito y un anuncio en el periódico, recurso que exprimirá después concienzudamente Conan Doyle, en una época en la que, al parecer, los ciudadanos leían los periódicos hasta el fondo, sin olvidar los anuncios por palabras.

Los crímenes de la calle Morgue no solo constituye el relato fundador de la novela policiaca y uno de sus referentes inevitables, sino que tuvo la virtud de sacar a Edgar Allan Poe, años después de su muerte, del olvido y la repulsa, catapultándole a la inmortalidad, tal como contábamos en nuestro post anterior.  Edgar Allan Poe, pese a lo precario de su existencia, gozó de la fama literaria en vida. Sus cuentos eran esperados con ansia y leídos con placer, su firma servía para acrecentar el volumen de ventas de las revistas en las que colaboró, y la publicación de su poema El cuervo, le proporcionó una notoriedad reservada tan solo a los grandes divos. Pero a pesar de ello, su vida desordenada, sus excesos alcohólicos y sus delirios pesaron más en la consideración de la puritana sociedad a la que perteneció. Si a ello se suma el hecho de que a lo largo de los años se había ganado a conciencia la envidia y animadversión de los círculos literarios, contra los que arremetió sin moderación en sus críticas, se comprende que el “elogio fúnebre” de Griswold fuera el banderín de enganche de una severa campaña de rechazo y menosprecio contra el difunto poeta.

Por último, debemos señalar como hecho curioso que Roger Corman jamás llegó a rodar una película basada en Los crímenes de la calle Morgue, a pesar de que el cuento parecía perfecto para ser adaptado a su particular estilo, tanto por lo sugestivo del personaje de Auguste Dupin como por la truculencia del argumento y el sorprendente desenlace del mismo. La primera película basada en el relato de Poe fue dirigida por Robert Florey (Murders in the Rue Morgue, 1932) y protagonizada por Bela Lugosi, el “Drácula” por antonomasia de la historia del cine, pero por desgracia el guión poco tenía que ver con el relato original, pues trata de un científico loco que rapta a jóvenes mujeres para realizar infames experimentos con el fin de demostrar el vínculo genético entre los simios y los seres humanos. Esta película no fue la única aportación de Bela Lugosi a la filmografía basada en la obra de Poe; en 1935 protagonizó El Cuervo (The Raven), dirigida por Lew Landers para Universal Pictures, con Boris Karloff (el otro gran “monstruo” del cine clásico de terror) como coprotagonista.

 

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