Blogg, la bitácora de Grandguignol Ediciones

Un mal día para el pez plátano

Publicado el 29 de enero de 2010

Evidentemente, estamos hablando de Seymour Glass, el personaje recurrente de Jerome David Salinger, y de uno de los cuentos más impactantes que hemos leído en nuestra vida. Fue el primero que publicó, en el New Yorker, su revista, y el principio de una trayectoria literaria a cuya fascinación nadie es capaz de sustraerse. Al parecer, todo el mundo ha leído El guardián entre el centeno, y todo el mundo está de acuerdo en que se trata de una novela genial. Comparto el sentir popular, pero no puedo resistir la tentación de afirmar algo que muchos considerarán una simple “boutade”: El guardián entre el centeno es el peor escrito salido de la pluma de Salinger.  Es genial, es maravilloso, pero el resto es aún mejor. Amigos, dejad de leer mis trivialidades y salid corriendo a comprar el resto de sus libros. Si aún no los habéis leído, creedme, os envidio, porque tenéis la posibilidad de descubrir y paladear de nuevas una obra de valor inconmensurable. Nueve cuentos, Levantad carpinteros la viga maestra, Seymour, una introducción…  son fantásticos. Pero mi debilidad es Franny y Zooey. Es la única obra cuya lectura recomiendo sin dudas ni vacilaciones. Yo, como casi todos, tan solo soy moderadamente pedante, pero con Franny y Zooey no puedo evitar incurrir de lleno en la más extrema pedantería. Si usted no es capaz de disfrutar de esta novela (o doble cuento largo, o lo que sea), resígnese y entréguese sin complejos a la lectura de Dan Brown y otros ilustres maestros de la literatura de entretenimiento.

Lamentablemente, al repasar hoy las numerosas notas necrológicas publicadas en los periódicos y las opiniones de notables novelistas y críticos, en lo que se ha hecho hincapié en el momento de la muerte de Salinger es a su condición de escritor “extravagante”, sostenida por su animadversión a la luz pública, por su reclusión en una villa aislada de New Hampshire, por la foto -nuevamente reproducida- en la que el autor levanta un brazo amenazador con gesto airado hacia el reportero gráfico que estaba “robando” su imagen. Lo que Salinger pretendía era algo tan simple y razonable como que sus escritos eran públicos, pero su persona no. Que le dejaran en paz, lisa y llanamente. Su postura nos parece casi incomprensible en un ámbito en el que los autores desbordan de vanidad y de anhelo de reconocimiento público. Para el común de los escritores más importancia que su propia obra tienen los baños de multitud, ser tratados como estrellas del pop o futbolistas galácticos. Pues bien, hay algunos que no, como Pynchon, como Traven… como Salinger. Y para colmo, el pobre tuvo que soportar que David Chapman, el perturbado que asesinó a John Lennon frente al edificio Dakota de Nueva York, declarara que había cometido su crimen bajo el influjo de la lectura de El guardián entre el centeno, y que la prensa aireara a voz en grito ese detalle absurdo y sin sentido.

Viene a cuento la estéril polémica desatada hace muchas décadas en el mundo académico anglosajón sobre la verdadera autoría de las obras de Shakespeare. Conspicuos estudiosos trataron de demostrar que fueron escritas por Christopher Marlowe o por Francis Bacon. ¿Qué importancia tiene? Lo único importante es la obra excelsa de un escritor que ha pasado a la posteridad con el nombre de Shakespeare, fuera quien fuese. Lo importante de Salinger es la obra que escribió, no su persona; se pasó toda la vida repitiéndolo inútilmente. Y lo único que consiguió es que su imagen más difundida sea la de un anciano irascible que levanta el puño ante la presencia amenazadora de un objetivo fotográfico.

Quiero rendir un humilde homenaje póstumo a Jerome David Salinger, y lo haré de la mejor manera posible, releyendo una vez más su maravillosa Franny y Zooey, aun a sabiendas que al volver su última página me embargarán de nuevo dos sentimientos contradictorios, el placer de una lectura incomparable, y una envidia indisimulada ante ese inmenso talento.

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  • Fran Zabaleta

    4 febrero 2010 | 19:36

    Me uno a su homenaje, maese Alonso. Releeré también Franny y Zooey años después de la primera vez que lo hice. Reconozco sin embargo -aun temiendo que me incluya entre los febriles lectores del mentado Brown- que no recuerdo gran cosa del libro. Vaya en mi descargo que han pasado, probablemente, veintitantos años desde que lo leí por primera vez…
    Por el maestro Salinger, entonces. Fuera quien fuese, que poco importa en realidad.

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Elipsis

Publicado el 22 de enero de 2010

“La tela de su vestido se pegaba al terciopelo de la levita; inclinó hacia atrás el blanco cuello, que se dilataba con un suspiro, y, desfallecida, deshecha en lágrimas, con un largo estremecimiento y tapándose la cara, se entregó.

Descendían las sombras del anochecer; el sol, horizontal, le deslumbraba los ojos. Acá y allá, en torno a ella, unas manchas luminosas temblaban en las hojas o en el suelo, como si los colibrís, al echarse a volar, sembraran sus plumas. Nada rompía el silencio; parecía salir de los árboles un dulce efluvio; Emma se sentía el corazón, que volvía a palpitar, y la sangre circulaba en su carne como un río de leche. Oyó a lo lejos, al otro lado del bosque, sobre las otras colinas, un grito vago y prolongado, una voz lenta, y la escuchaba silenciosamente, fundida como una música con las últimas vibraciones de sus nervios sacudidos. Rodolfo, con el cigarro entre los dientes, estaba arreglando con su cortaplumas una de las dos bridas que se había roto”.

Así es como cuenta Flaubert (en la traducción de Consuelo Berges) el adulterio de Emma Bovary, que se ha consumado entre el primer y el segundo párrafo del texto citado. Esto se llama “elipsis”, y es uno de los recursos fundamentales de la narrativa escrita y cinematográfica. Actualmente apenas se usa. Novelistas y cineastas se recrean sin ambages en las escenas de sexo explícito.

Es cierto que en los tiempos en que Madame Bovary fue escrita hubiera sido inadmisible una descripción pormenorizada del coito de Emma y su amante (aunque desde mucho tiempo antes circulaban semiclandestinamente numerosos títulos de literatura erótica), pero lo cierto es que la escena de Flaubert es suficientemente explícita.  Tan explícita que Flaubert fue llevado a juicio acusado de haber escrito una novela pornográfica, aunque afortunadamente fue absuelto y pudo ser publicada y distribuida sin problemas.

En mi condición de lector editorial (tan grata como mal remunerada) me enfrento a diario a textos originales sobre los que debo informar, y lo cierto es que, hoy en día, prácticamente todas las novelas contienen escenas de sexo explícito. Lo mismo se puede decir de las películas (excepto, por el momento, las de la Factoría Disney). Y cada día me molesta más. Los autores confunden lo dramático con lo sórdido. Una escena tan brutal como el estupro que comete Popeye sobre Temple Drake, utilizando una mazorca de maíz, ya que él es impotente, está narrada mediante una elipsis (evidentemente, me estoy refiriendo a la novela Santuario, de William Faulkner). No hay ninguna necesidad de refocilarse en lo obsceno. Es ocioso, está de más y, generalmente, no añade nada a la esencia de la novela o la película… o tal vez sí: comercialidad barata al gusto de públicos adocenados.

Entiéndanme, yo no soy un mojigato. Ni me asusta ni me molesta el sexo explícito. He sido y soy un buen lector de literatura erótica y pornográfica, en las que el sexo explícito es precisamente el objeto del relato. Recuerdo especialmente Las once mil vergas, de Guillaume Apollinaire, como una de las lecturas más recurrentes de mi primera juventud, uno de esos libros que han sido gozosamente descritos como “de esos que se leen sujetándolos con una sola mano”. Leí este novela genial y desopilante en numerosas ocasiones, y sobre el motivo de esta reiteración permítame el benévolo lector tender a mi vez una piadosa elipsis. No me molesta la literatura erótica, sobre todo si es de calidad, pero tampoco si no la tiene. Me molesta que en la narrativa o en el cine actual parezca obligado la descripción pormenorizada de un coito. Pero mucho más me irrita que cada día se prescinda más de la elipsis, que los autores y cineastas no dejen ni un solo hueco a la imaginación del lector o del espectador, a quienes tratan como si fueran necios a los que hay que explicar todo paso a paso.

Madame Bovary ha sido objeto, como la mayoría de las grandes novelas decimonónicas, de numerosas versiones cinematográficas. Las mas notables fueron, en 1933, la del gran maestro francés Jean Renoir, el genial autor de La gran ilusión o La regla del juego, en la que Valentine Teissier interpretaba a Emma Bovary, y que dejaba un final abierto que ignoraba el dramático destino de la hija de la adúltera Emma con que concluye la novela; la de Vincent Minelli, de 1949, interpretada por Jennifer Jones, que introducía la curiosa variante de hacer comparecer al propio Flaubert, interpretado por James Manson, al principio y al fin de la película para explicar al espectador la historia narrada; y la más actual de Claude Chabrol, uno de los directores estrella de la nouvelle vague, rodada en 1991 y protagonizada por Isabelle Huppert, que debido a su excesiva sumisión al texto de la novela es significativamente inferior a las versiones de sus ilustres predecesores.

Ignoro si existe una versión cinematográfica de Las once mil vergas de Apollinaire, si alguno de mis lectores lo sabe, le ruego encarecidamente que no deje de comunicármelo. A cambio, aquí tienen un enlace donde poder leer esta interesantísima y estimulante novela.

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  • Fran Zabaleta

    26 enero 2010 | 13:09

    Muy interesante y acertado el comentario, maese Alonso, aunque yo lo haría extensivo a todo tipo de elipsis, no únicamente a las que nos ahorran pormenorizadas descripciones de escenas de sexo. Creo que es un defecto común de la literatura actual, la obsesión por relatar hasta el menor detalle de la historia, lo que suele provocar hastío en el lector.
    Con las descripciones pasa algo similar: cuando alguien escribe “El chiquillo entró en el colegio”, todos nos formamos una imagen mental del tal colegio. Ya la tenemos, de hecho, por lo que no es necesario describirlo… salvo que posea una característica que lo diferencie de todos los demás colegios. Y, en ese caso, bastaría mencionar esa característica y ahorrar al lector los lugares comunes.
    Un placer leerle, maese Alonso. Debería prodigarse más.

  • gguser

    26 enero 2010 | 16:13

    Bienvenido a esta su casa, señor Zabaleta. No recuerdo quién fue el que lo dijo, pero tenía toda la razón: en una novela más importante que lo que se pone es lo que se quita. El lector debe tener su espacio, ser él quien descubra lo que se está contando mediante un proceso mental de asociación y análisis de la información que el narrador le proporciona. Y respecto a lo de las descripciones no me resisto a reproducir el comentario de una persona que estaba leyendo la última novela de Muñoz Molina: ¡jo, voy por la página tropecientas y el protagonista aún no ha salido de la estación de Pennsylvania!
    Le haré caso, señor Zabaleta, y procuraré prodigarme más.
    Juan Ignacio Alonso

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