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Alcohólicos y geniales (I): Carson McCullers

Publicado el 8 de febrero de 2013

“Fue hacia la puerta, pero Martin la agarró de un brazo.

—No quiero que los niños te vean en este estado. Sé razonable.

—¿Qué estado? —De un tirón, Emily zafó su brazo. Su voz se alzó enfadada—: Qué, que porque bebo un par de sorbos por la tarde estás tratando de hacerme creer que soy una borracha. ¡Qué estado! Ni siquiera toco el whisky. Lo sabes bien. No ando emborrachándome por los bares. Algo que tú mismo no podrías decir. Ni siquiera tomo un cóctel con la cena. Lo único que hago es beber de vez en cuando una copa de jerez. ¿Qué hay de malo en eso, pregunto yo? ¡Estado!”

[Al final Martin consigue que se quede en la habitación, pero cuando está dando de cenar a sus dos hijos, Andy y Marianne, Emily irrumpe en la cocina con pasos vacilantes.]

“—¡Estado! —dijo con voz turbia—. Me hablas así. No creas que me olvido. Me acuerdo de todas esas cochinas mentiras que me dices. No creas ni por un momento que me olvido.

—¡Emily! —rogó—. Los niños…

—Los niños, sí. No creas que no veo a través de tus sucios planes y manejos. Aquí abajo tratando de volver a mis propios hijos en contra mía. No creas que no veo ni comprendo.

—Emily, por favor, vete arriba.

—Sí, para que puedas poner a mis hijos…, a mis propios hijos… —Dos grandes lágrimas le rodaron por las mejillas—. Tratando de poner a mi hijo, a mi Andy, contra su propia madre.”

 

La escena pertenece al relato de Carson McCullers “Dilema doméstico”, publicado en el New York Post en 1951. Imposible no relacionar su asunto con la propia biografía de la autora, ya que, efectivamente, la genial creadora de Balada del café triste o Reflejos de un ojo dorado, la gran escritora sureña, equiparable en grandeza a William Faulkner o Flannery O’Connor, tuvo toda su vida graves problemas de alcoholismo. Otros relatos abordan también esa temática. Como ¿Quién ha visto el viento?, posteriormente convertido en obra de teatro. En este caso el alcohólico, también sumido en una grave crisis doméstica a causa de su adicción, es Ken Harris, un prometedor escritor que alcanza la fama en su juventud con una novela de éxito y cuya inspiración se ha secado, refugiándose en la bebida. Se trata de un claro trasunto del marido de Carson McCullers, Reeves, con quien mantuvo una relación tormentosa hasta que él se quitó la vida en París, después de su segunda separación. La propia autora escribió en el prólogo de la versión impresa de la obra teatral: «Puedo reconocer varias de las compulsiones que me han llevado a escribir esta obra. Mi marido quería ser un escritor y su fracaso en la empresa le llevó a la muerte». En “El instante de la hora siguiente”, un relato anterior a los dos ya mencionados, aparece por primera vez el asunto de una apareja destrozada por culpa del alcohol: «A la mujer se le ocurrió de pronto que debía haber bebido más de lo que creía, porque los objetos de la habitación parecían adoptar un extraño aire de sufrimiento»… «—Te aborrezco —dijo ella, viendo como sus manos (que sin duda no eran parte suya) empezaban a temblar—. Estas peleas de borrachos a medianoche…».

La notoria adicción de Carson McCullers al alcohol ha sido reseñada en toda su crudeza por sus biógrafos. Toda su vida, en realidad, fue dramática, a pesar de que el éxito literario le sonrió desde que era muy joven. A sus permanentes problemas de salud, fiebre reumática, influenza, pleuresía, rotura de cadera…, que la llevaron a pasar largas temporadas hospitalizada, se unió un matrimonio desastroso. Reeves fue un escritor fracasado, hundido por su alcoholismo y una homosexualidad no reconocida, que llegó a falsificar las firma de su esposa para saquear sus cuentas bancarias; ella misma fue también alcohólica y pasada su primera juventud afloraron asimismo sus tendencias lésbicas.  Según ha reseñado Rodrigo Fresán, en su estupenda edición de los relatos y nouvelles de McCullers publicada por Seix Barral en 2007, la escritora comenzó siendo una bebedora social en compañía de su marido Reeves, pero pronto comenzó a abusar del alcohol. En su estancia parisina, entre 1946 y 1947, la pareja era capaz de despachar dos botellas de coñac en una solo sesión vespertina. Al final de su vida, con su salud ya terriblemente quebrada —murió con cincuenta años cumplidos— McCullers pedía que le sirvieran un bourbon con hielo, que no llegaba a tocar, pero que se “bebía” con la mirada, y que era constantemente repuesto por sus cuidadoras. En la necrológica escrita tras su muerte por el New York Times se pudo leer: «Como ocurre con Faulkner, sus historias trascendieron el marco regional de lo sureño porque la soledad, la frustración, el amor y la gracia no conocen de fronteras…».

 

La patética historia de Carson McCullers nos evoca inevitablemente grandes clásicos cinematográficos, como Días de vino y rosas de Blake Edwards, y más especialmente la cruda y descarnada Días sin huella de Billy Wilder, ya que su protagonista es un escritor  paralizado por el terror a la página en blanco. Los casos de genios de la Literatura alcoholizados son innumerables, y a ellos nos iremos refiriendo en sucesivas entregas.

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