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Kinkón, y otros neologismos

Publicado el 24 de noviembre de 2008

Leíamos en El País de ayer la iniciativa de una agencia de publicidad de proponer a la Real Academia Española la inclusión de un neologismo en el DRAE: “kinkón”, un adjetivo formado a partir del nombre del celebre gorila gigante King Kong, protagonista de la película del mismo nombre dirigida y producida por Meriam C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, estrenada en 1933. El significado del mismo sería algo así como “persona víctima de un amor imposible”, como el que experimenta el desmesurado simio hacia la bella Ann Darrow, interpretada por Fray Wray (imposible reprochárselo). La iniciativa ha sido rechazada por el secretario de la Academia José Manuel Blecua, con el alambicado argumento de que tal propuesta ignora la “cualidad del nombre propio en nuestra lexicografía”, cuando lo más fácil hubiera sido decir que en español, cuando se dice de alguien que es un “king-kong”, lo que el pueblo llano entiende es que el individuo al que se aplica tal “adjetivo” es un tipo grandote y forzudo, no dotado de especial belleza, y casi nadie asociaría el calificativo con un amante platónico atrapado en un amor imposible. El argumento de Blecua ha sido ampliamente contestado por numerosos interlocutores, que han recordado cómo determinados nombres propios -sobre todo de personajes arquetípicos procedentes de la literatura, el cine y otros orígenes- derivan en adjetivos y sustantivos que caracterizan su cualidad más eminente. Así, como se recuerda en el artículo de El País, “robinsón” (por náufrago, según el personaje de De Foe), “donjuán” (seductor, por el personaje de Zorrilla) o “lolita” (adolescente descocada, por el de Nabokov). A estos se podrían añadir muchísimos más: “travolta” (por el actor John Travolta, el Tony Manero de Fiebre del sábado noche), “sansón” (forzudo bíblico azote de filisteos), “mesalina” (por la promiscua esposa del emperador Claudio), e incluso otros sacados del cine de serie B, como el que estuvo muy de moda cuando yo era niño (es decir, en el Pleistoceno): “maciste”, sinónimo de “cachas”, por el simpático personaje del “peplum” italiano.

Pero a mí en particular este suceso, que no trasciende de la mera anécdota, me ha llevado a reflexionar sobre la pertinencia del discurso de ingreso en la RAE de nuestro más reciente académico, el director de cine José Luis Borau, que hace dos domingos ocupó el sillón B mayúscula vacante en la “docta casa” por la pérdida del llorado Fernando Fernán Gómez. Versó dicho discurso sobre la huella dejada por el cine en el lenguaje, y en él aparece mencionado por primera vez, que yo sepa, el neologismo que encabeza este artículo: “Cuando el mono, o su epígono el hombre, superan cualquier proporción habitual –un guardaespaldas o un luchador, por ejemplo– se convierten sencillamente en kinkones” . Por tanto, la iniciativa del “creativo” Jorge López, de la agencia de publicidad Vitruvio-Leo Burnett, no es exactamente original, sino inspirada en las palabras del estupendo director español y flamante nuevo académico.

Se refería Borau en su discurso de ingreso a la aportación del cinematógrafo al bagaje léxico del español y el resto de los idiomas, y no solamente con su jerga especializada, que se ha ido incorporando al habla común: primer plano, flash back, thriller, play back, y un largo etcétera, sino también con expresiones: “el malo de la película”, “unas vacaciones de cine”, y con sustantivos y adjetivos que procedentes del cine se han incorporado con naturalidad y éxito al habla común. A los ejemplos más arriba citados se pueden añadir muchos otros: un “tarzán” por alguien esbelto y musculado, por citar uno más. Y, obviamente, el texto de Borau no podía pasar desapercibido para este “blogg“, que desde su inicio viene versando sobre las relaciones entre literatura y cine.

 

Quisiéramos, finalmente, referirnos a una circunstancia vivida personamente por el que esto escribe que se relaciona, aunque tangencialmente, con el propio José Luis Borau y con la celebérrima película King Kong. A ningún aficionado al cine se le escapa que buena parte del éxito del filme proviene de la habilidad del técnico especialista Willis O’Brian, creador del gorila gigante. Con las limitaciones técnicas de la época, que hoy en día nos parecen enormes en comparación con los avances de la tecnología digital, O’Brian creó un King Kong que, no solo se movía e “intrepretaba” con verosimilitud, sino que era perfectamente capaz de transmitir emociones (su fascinación enamorada por Fray Wray), y que se convirtió en un (uno más) icono imperecedero en el imaginario del siglo XX, en la escena en que el gorila gigante trepa hasta lo más alto del Empire State Building en busca de su trágico destino, abatido por el enjambre de aviones que le acaban destruyendo. Eclipsados por el prestigio de actores y directores, un grupo de geniales especialistas en el trucaje permitieron en buena medida que el cine se convirtiera en la pasada centuria en una auténtica “Fábrica de Sueños”. Uno de ellos, heredero del “trono” del mítico Harrihausen, fue el español Emilio Ruiz del Río, creador de los trucajes de películas tan emblemáticas como Doctor Zhivago, Dune, Conan el Bárbaro y un largo etcétera (por ejemplo: Emilio Ruiz fue el responable de la recreación de la escena en que el Dodge Dart del almirante Carrero Blanco vuela por los aires en la película Operación Ogro), inventor de una técnica magistral basada en la pintura sobre chapa, un avance que permitió a los directores poner en escena las ideas más atrevidas, y, en definitiva, una de las grandes personalidades “desconocidas” del cine español. Yo tuve el privilegio de ser el editor de su libro Rodando por el mundo, publicado con motivo del homenaje que recibió de la Semana de Cine Experimental de Madrid, precisamente por la pequeña editorial cinematográfica que dirigía José Luis Borau, un libro de memorias realmente fascinante.

Larga vida al cine, a la literatura… y al idioma español, enriquecido con neologismos eficaces y pertinentes: lolitas, travoltas y tarzanes. Y también “kinkones”, pero no como “amantes platónicos” como quiere el publicista Jorge López, sino como los monos u hombres que superan cualquier proporción habitual, como expresó con tanta justeza el maestro Borau en su discurso de ingreso en la “docta casa” de la calle Felipe IV.

4 comentarios | Añadir un comentario

  • martín mata

    25 noviembre 2008 | 10:08

    No sé si lo ha advertido usted, señor Alonso, pero en la foto de Emilio Ruiz del Río, en la que posa dentro de la maqueta de Operación Ogro (imagino que con la intención de que se aprecie el artificio), siguiendo la definición de Borau, “hombre que supera cualquier proporción habitual”, Emilio Ruiz aparece como un perfecto modelo de “kinkón”.
    Me gusta mucho el cine, pero como aficionado, y no conocía a Emilio Ruiz del Río, por eso mi sorpresa ha sido mayúscula cuando he buscado en google y he descubierto decenas de páginas web llenas de elogios, algunas de ellas americanas. La lástima es que muchas de ellas son necrológicas, lo que hace bueno el viejo dicho de que tienes que morirte para que de una vez se reconozcan tus méritos.
    ¿Donde puede encontrarse su libro Rodando por el mundo?
    Gracias

  • Mazinga

    5 diciembre 2008 | 0:33

    Yo tambien estoy buscando el mismo libro si alguien tiene idea de donde se puede encontrar seria fantastico.
    Gracias

  • juan ignacio alonso

    26 enero 2009 | 13:29

    Para Mazinga.
    Perdón por el retraso, estaba reorganizando mi biblioteca y no conseguía encontrar el libro, de ahí la demora. Se llama “Rodando por el mundo. Mis recuerdos y mis trucajes cinematográficos”, fue publicado por la Asociación de Amigos del Cine Experimental de Madrid, en abril de 1996. La Asociación está domiciliada en Alberto Alcocer, 42, 28016 Madrid. El ISBN es 84-605-5067-2.
    Saludos cordiales

  • Mazinga

    4 febrero 2009 | 2:24

    Gracias, he visto que está tambien disponible para el prestamo, en la facultad de ciencias de la información de la complutense. Tendre que pasarme un dia a echarle un vistazo.

    Un saludo

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