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Byron enamorado

Publicado el 2 de Junio de 2010

Byron enamorado. Edna  O’Brien. Traducción de Amado Diéguez. Espasa Calpe, 2009

Como la propia autora de este ensayo biográfico advierte en su prólogo, existen ya innumerables estudios sobre la vida y la obra de Lord Byron, eruditos, apasionados, agudos, fantasiosos e incluso calumniosos; entre ellos son dignos especialmente de atención el célebre de André Maurois, en tono literario, o el más académico del profesor Leslie Marchand en 1957, que Edna O’Brien califica como “hercúleo” y definitivo. Entonces, ¿por qué una nueva biografía del poeta por antonomasia del Romanticismo inglés?  La autora nos da la clave cuando reproduce la frase de una de sus muchas grandes amigas, Lady Blessington, curiosamente la única que no “sucumbió a sus encantos”: «Era la persona más extraordinaria y aterradora que conocí en mi vida».  Así, aparentemente, el ensayo de Edna O’Brien se plantea a priori como el relato escandaloso de una existencia vivida con una intensidad frenética, siempre en el límite: el paradigma del espíritu del Romanticismo, centrada en la vida amorosa de Byron, que a tenor de los doce volúmenes de cartas y diarios que dejó escritos fue extraordinaria y novelesca. La nómina de sus amantes sucesivas (o simultáneas) es casi interminable. Por el libro desfilan desde su institutriz May Gray, que le inició en el sexo, pasando por Lucinda, una doncella de la abadía de Newstead a la que dejó embarazada, o Susan Vaughan, otra criada, hasta las españolas hermanas Beltrán, su prima Mary Duff, su hermanastra Augusta Leigh, nobles damas como Lady Caroline Lamb, Lady Frances Webster, Jane Elizabeth Scott, Claire Clairemont, y las italianas Margarita Cogni y la condesa Teresa Guiccioli, por hablar tan solo de algunas de sus amantes femeninas.

Lo cierto es que toda la existencia de Lord Byron estuvo marcada por sus numerosas y continuas aventuras amorosas, tanto heterosexuales como homosexuales. Son bien conocidas sus relaciones adúlteras con una larga serie de damas de la aristocracia británica de su época –algunas de las cuales relacionamos más arriba–, sobre todo a raíz de que la publicación de su Childe Harold le catapultase a la fama y le reportase la unánime adoración femenina. Curiosamente, su relación con su mujer legítima Annabella Milbanke, que duró poco más de un año, fue un auténtico infierno, entre otras cosas porque la desesperada esposa hubo de soportar la presencia en su propia casa de Augusta, hermanastra del poeta, que a la vez era su amante incestuosa. Pero donde su libertinaje llegó al paroxismo fue durante su estancia en Venecia en 1817, llegando a presumir de que había “envergado” (sic) a más de doscientas mujeres. Una carta dirigida a sus mejores amigos, Hobhouse y Kinnaird, contiene una relación de los nombres de muchas de ellas, y termina diciendo: «… algunas de ellas son condesas, otras esposas de zapateros, unas son nobles, otras de clase media, otras de clase baja… y todas putas».

¿Cómo explicar este “curriculum” insuperable? «Lord George Gordon Byron –escribe Edna O’Brien– medía un metro setenta y cinco, tenía una malformación en el pie derecho, el pelo castaño, una palidez asombrosa, sienes de alabastro, dientes como perlas, ojos grises ribeteados por pestañas oscuras y un encanto al que ni mujeres ni hombres podían resistirse». Era, evidentemente un hombre hermoso, cuya fascinación se vio en buena lógica incrementada cuando se hicieron públicas sus composiciones poéticas y alcanzó una grandísima notoriedad social en Inglaterra. Pero su atractivo no solo consistía en estas circunstancias, sino que iba mucho más allá. Su carácter disoluto, su vida desordenada, sus excentricidades sin cuento, su desprecio por los convencionalismos… todo ello le confirió una aureola de “enfant terrible”, de personaje maldito, de rebelde y de visionario, hasta el punto de configurar un auténtico paradigma humano, verbalizado en el adjetivo “byroniano” que ha hecho fortuna para calificar el arrebato y el exceso. Esta imagen pública debía resultar irresistible para una extensa nómina de damas que sintieron su pecho palpitar asomándose al abismo.

Pero Edna O’Brien, fascinada también por el personaje, no se deja subyugar por su encanto, y escribe una biografía en la que no está ausente la ironía y el sentido del humor, y que envuelve al poeta celebérrimo con una mirada a veces implacable. No ahorra al lector los padecimientos de su infancia a causa de esa pierna deforme que le hizo sufrir lo indecible, ni la decadencia física de sus últimos años después de una vida de excesos. No oculta ni suaviza su carácter amoral y violento, sus claroscuros que le conducen desde la liberalidad más extrema hasta una mezquindad detestable, su talento e inteligencia junto a su venalidad, su carácter tiránico y su malicia, su indiferencia ante el sufrimiento ajeno frente a la generosidad infinita que le conduce a morir en Missolonghi defendiendo la “sagrada causa” de la libertad de Grecia (si bien es verdad que hacía años que no podía poner pie en su Gran Bretaña natal so pena de ser inmediatamente encarcelado por sus desorbitadas deudas).

Y por debajo de este relato biográfico, lógicamente, subyace la personalidad del Byron escritor. Del genial autor de Las peregrinaciones de Childe Harold, El corsario, Beppo y el Don Juan, del poeta más celebrado del Romanticismo inglés, pese a la dura competencia de sus contemporáneos Shelley y Keats, y de sus precursores Blake, Wordsworth  y Coleridge. El autor paradigmático de un periodo literario en el que sus protagonistas se esforzaron hasta extremos desorbitados por vivir con la misma intensidad con la que escribían.

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Millenium negro

Publicado el 2 de Marzo de 2010

“Anders Hellberg, el jefe de Stieg Larsson en su agencia de noticias, tiene serias dudas sobre la capacidad de éste para escribir los sucesivos mamotretos: ‘El lenguaje que utilizaba era pobre, el orden de las palabras incorrecto, la construcción de las frases era simple y la sintaxis completamente enloquecida’. A mí todo ello me parece prueba irrefutable de que Larsson y sólo él escribió Millenium…”.

La frase (genial) va entre comillas, porque no es mía, sino de Fernando Savater, en un delicioso artículo publicado en El País de hoy, que versa sobre la autoría encubierta de escritores en la sombra (generalmente mujeres y sufridas esposas), que exprimen su cacumen para mayor gloria del que firma (y eventualmente cobra los derechos de autor). Se refiere Savater a Eva Gabrielsson, pareja de hecho del tremendo “bestsellerista” (Víctor, ¿admitiría la Española este nuevo “palabro”?) Stieg Larsson, excluida inmisericordemente del festín de regalías de Millenium, a María de la O Lejárraga (esposa y “negra” del dramaturgo Martínez Sierra), y a la mujer del novelista de serie negra Dick Francis, autor que, al parecer, entusiasma a nuestro entrañable filósofo, ”el hombre que sí amaba a los caballos”. En esta relación de mujeres enamoradas que prestaron su talento para la mayor gloria de sus, por lo general, estólidos maridos, encuentro una flagrante ausencia: la de Sidonie Gabrielle, más conocida como Colette, que fue la autora real de todas las novelas de la serie Claudine, firmadas por su marido, Willy. El tal Willy, no solo se beneficiaba del gran talento de su esposa, sino que aprovechaba que esta se hallaba enfrascada en su trabajo literario para practicar su afición preferida: el adulterio. De esta forma se “beneficiaba” doblemente: de su esposa y a su amante (perdón por el chiste horrible).

Pero volvamos a Millenium, que, fuera quién fuese el que la escribió, ha sido el suceso literario indiscutible del 2009 y una fuente inagotable de ingresos para la familia de su autor (excepto su mujer) y para sus diversos editores. Estoy completamente de acuerdo con Savater en considerar que la calificación que de Larsson hace su jefe periodístico es prueba irrefutable de su autoría… porque Millenium no es más que otra de las infames novelas de fórmula que, año tras año, encumbran a autores mediocres, creadores de tochos paraliterarios destinados al entretenimiento estival de aburridos lectores circunstanciales. Me he tirado meses respondiendo hipócritamente a la pregunta entusiasmada de numerosos interlocutores con una frase de compromiso: “el personaje de Lisbeth Salander es fascinante”, tan solo para no decir lo que de verdad pienso, que no hallo diferencia alguna entre Larsson y el resto de bestselleristas de fórmula, Brown, Grisham, King, etc. Es decir, literatura de consumo para paladares poco sofisticados.

Hace unos días tuve una reunión con un directivo de una de las más importantes compañías de comunicación españolas, que va a poner en marcha en breve una plataforma para el libro digital. Hablábamos precisamente de esto: de la literatura de calidad frente al inevitable “fast-book” que se vende como churros. Se moría de la risa cuando, en una de mis frecuentes “boutades”, le decía que si William Faulkner redivivo se presentase en una editorial española actual con cualquiera de sus manuscritos, no es que no le hicieran ningún caso, sino que el editor ordenaría a dos mozos de almacén que le llevasen a rastras al callejón y que, a la manera de Eddie Felton, le rompieran los huesos de las manos para impedir que volviera a escribir.

A los buenos cinéfilos no les será necesario que aclare que Eddie Felton es el protagonista de The Hustler (El buscavidas), magnífica película de Robert Rossen protagonizada por Paul Newman, que cuenta la historia de un jugador de billar profesional y su mítico enfrentamiento con El “gordo” de Minessotta.

Si fuera coherente con el método de este blog debería ahora referirme a las versiones cinematográficas de Millenium. Permítanme que por una vez sea grosero: no me da la gana. En cambio, me tomaré la libertad de entonar una loa a los innumerables “negros” que con su trabajo oscuro y callado tanto han contribuido, no solo al progreso de las bellas letras, sino también a que todo tipo de “famosos” (televisivos, ex-políticos, etc.) hayan podido “escribir” un libro. Me remito aquí a las desopilantes Memorias de un amante sarnoso de Groucho Marx, donde relata el comentario que le hace un magnate del cine que acaba de publicar un libro (lógicamente escrito por un negro): “No imaginaba que fuera tan fácil, muchacho. Me parece que voy a ponerme a escribir otro inmediatamente”.

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  • Juan Ignacio Alonso

    3 Marzo 2010 | 13:34

    Permítanme que aproveche mi propio foro para añadir algún dato más (confío que interesante) a lo ya dicho de las “esposas negras”.
    Gregorio Martínez Sierra fue, sobre todo, un buen empresario teatral, que promovió una renovación de la escena. Por ejemplo, programó y dirigió la pimera obra teatral de García Lorca, El maleficio de la mariposa, cuya protagonista fue La Argentinita. Pero lo cierto es que la mayoría de su producción literaria salió de la pluma de su esposa, María Lejárraga. Llama la atención cómo, atenazada por una mentalidad que relegaba a la mujer a papeles secundarios, María aceptó con toda naturalidad permanecer en la sombra, “el papel que le correspondía a una esposa”. Pero el colmo de la humillación que le infligió su marido fue su relación adúltera (otro Willy) con la primera actriz de su compañía teatral, Catalina Bárcena, y sobre todo que “todo el mundo lo sabía”.

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El “misterio” Traven

Publicado el 5 de Febrero de 2010

Citábamos en nuestro anterior post a B. Traven, junto a Salinger y Pynchon, como modelo de escritor de éxito que huye de los focos públicos. El caso de Traven es, tal vez, el más extremado, ya que fue un maestro en el arte de la ocultación, hasta el punto que las pocas cosas que se conocen de su personalidad y de su biografía podrían perfectamente ser meras especulaciones. Ni siquiera se sabe con certeza el nombre que se abrevia con esa B., aunque se cree que es Bruno.

Veamos las conjeturas respecto a su vida. Es posible que se tratase de un escritor alemán anarquista y antibelicista llamado Ret Marut, que hubo de abandonar su país de origen y se radicó en México en 1923, donde vivió hasta su muerte en 1969. Lo cierto es que el estilo y la temática de la primera novela que publicó concuerdan con esta idea. La nave de los muertos, recientemente reeditada por Acantilado, con traducción de Roberto Bravo de la Varga,  es un tremendo alegato contra los burócratas, los políticos, los nacionalistas, los militares, etc., envuelta en una soberbia y emocionante aventura épica protagonizada por Gerard Gales, paradigma de los fracasados, que afronta su tremenda peripecia vital con admirable y libérrima gallardía. Se trata de un marinero que pierde su barco en Amberes por culpa de una borrachera, y queda abandonado, solo, sin dinero ni documentos. Sin sus papeles se convierte de repente en un “no existente” para las instancias oficiales, condenado a vagar por diversos países, acosado, encarcelado y al final expulsado de todas partes. Hasta que consigue embarcar en el Yorikke, la nave los muertos, un desvencijado vapor mercante cuya tripulación se compone precisamente de “sin papeles”, “no existentes”, muertos en vida condenados navegar de puerto en puerto sin posibilidad de desembarcar. La nave de los muertos es un relato que deberían leer obligatoriamente muchos de nuestros políticos actuales.

Pero la novela más conocida de Traven no es otra que El tesoro de Sierra Madre (también reeditada por Acantilado), pues en ella se basó la película del mismo título dirigida por John Huston en 1947, protagonizada por Humphrey Bogart. Cuando Huston comenzó los preparativos del rodaje, la productora Warner Brothers, escribió a Traven invitándole a trasladarse a Hollywood para participar en el guión. Declinó la invitación sugiriendo que Huston y él se encontraran en México, donde podrían aprovechar para localizar escenarios (fue una de las primeras películas americanas que se rodó íntegramente en exteriores en un país extranjero). Pero en vez de Traven compareció un tal Hal Croves, con una carta del novelista que garantizaba que podría perfectamente sustituirle, pues lo conocía todo de su obra. Efectivamente, Croves desempeñó un papel fundamental en la película, no solo en la redacción del guión, sino en su rodaje. En todo ese tiempo John Huston no fue capaz de confimar su sólida sospecha de que Croves era el propio Traven. El éxito de El tesoro de Sierra Madre fue grandísimo y catapultó la figura del novelista, que pese a ello logró preservar su anonimato hasta el final de sus días.

El “misterio” Traven (como el de Salinger) tiene una sencilla explicación. La dió él mismo en una de sus cartas conservadas: “Todo mi misterio consiste en que odio a los columnistas, reporteros y críticos que no saben nada respecto a los libros sobre los que escriben. No hay mayor alegría ni satisfacción para mí que el hecho de que nadie sepa que soy escritor cuando me presentan a la gente o voy a los sitios… Solo así puedo decir lo que me plazca sin que algún pedante o intelectual me recuerde que un escritor de tanta reputación no debería decir tonterías”.  

Finalmente, debo referirme a nuevamente a la película. El tesoro de Sierra Madre es una obra maestra, una de las muchas de John Huston (que sin embargo también rodó filmes mediocres que empañan su grandeza). De sus tres protagonistas, Humphrey Bogart, Tim Holt y Walter Huston (padre del director), destaca especialmente este último, que recibió por su magistral papel un Oscar al mejor actor de reparto, y que la revista Theatre Arts, en aquel tiempo la “biblia” del arte dramático, calificó como “la interpretación más perfecta que se ha hecho en la pantalla americana”.

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  • nicolás

    9 Febrero 2010 | 13:06

    Muy interesante la información sobre B. Traven. Yo leí El tesoro de Sierra Madre en la vieja edición de Bruguera, pero no conocía La nave de los muertos, que voy a buscar. Pero debo hacer un reproche a este artículo. ¿Filmes mediocres [de John Huston] que empañan su grandeza? No estoy de acuerdo, a mí me parece que Huston es uno de los más grandes.

  • Àngel Lluís Carrillo Pujol

    27 Febrero 2010 | 11:44

    Hola Juan Ignacio.
    Me han encantado esos tus dos últimos posts, los he colgado en mi blog.
    No sé si hoy en día un escritor podría vivir de escribir sin aparecer en los medios de comunicación, aunque creo que muchas veces estarían mejor callados, porque algunos ganan un lector con cada frase pero pierden dos.
    Tengo la absurda teoría que el éxito de la trilogía de “Millenium” se sustenta en que el escritor murió. Con Larsson vivo la envidia o cualquier entrevista con el escritor se hubiera llevado un elevado porcentaje de su éxito a la basura.
    Somos así, unos lobos para nuestros congéneres.
    Saludos

  • gguser

    27 Febrero 2010 | 14:34

    Àngel Lluís, encantado de tomar nuevamente contacto contigo. Enhorabuena por la publicación de tu última novela, Tarrako. Ya sabes que a mí me encantó, y que la hubiera publicado si los tiempos actuales no fueran tan duros. Sigue en contacto, porque pronto habrá novedades en Grand Guignol, centradas en la edición digital.
    Un abrazo, Juan Ignacio

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Un mal día para el pez plátano

Publicado el 29 de Enero de 2010

Evidentemente, estamos hablando de Seymour Glass, el personaje recurrente de Jerome David Salinger, y de uno de los cuentos más impactantes que hemos leído en nuestra vida. Fue el primero que publicó, en el New Yorker, su revista, y el principio de una trayectoria literaria a cuya fascinación nadie es capaz de sustraerse. Al parecer, todo el mundo ha leído El guardián entre el centeno, y todo el mundo está de acuerdo en que se trata de una novela genial. Comparto el sentir popular, pero no puedo resistir la tentación de afirmar algo que muchos considerarán una simple “boutade”: El guardián entre el centeno es el peor escrito salido de la pluma de Salinger.  Es genial, es maravilloso, pero el resto es aún mejor. Amigos, dejad de leer mis trivialidades y salid corriendo a comprar el resto de sus libros. Si aún no los habéis leído, creedme, os envidio, porque tenéis la posibilidad de descubrir y paladear de nuevas una obra de valor inconmensurable. Nueve cuentos, Levantad carpinteros la viga maestra, Seymour, una introducción…  son fantásticos. Pero mi debilidad es Franny y Zooey. Es la única obra cuya lectura recomiendo sin dudas ni vacilaciones. Yo, como casi todos, tan solo soy moderadamente pedante, pero con Franny y Zooey no puedo evitar incurrir de lleno en la más extrema pedantería. Si usted no es capaz de disfrutar de esta novela (o doble cuento largo, o lo que sea), resígnese y entréguese sin complejos a la lectura de Dan Brown y otros ilustres maestros de la literatura de entretenimiento.

Lamentablemente, al repasar hoy las numerosas notas necrológicas publicadas en los periódicos y las opiniones de notables novelistas y críticos, en lo que se ha hecho hincapié en el momento de la muerte de Salinger es a su condición de escritor “extravagante”, sostenida por su animadversión a la luz pública, por su reclusión en una villa aislada de New Hampshire, por la foto -nuevamente reproducida- en la que el autor levanta un brazo amenazador con gesto airado hacia el reportero gráfico que estaba “robando” su imagen. Lo que Salinger pretendía era algo tan simple y razonable como que sus escritos eran públicos, pero su persona no. Que le dejaran en paz, lisa y llanamente. Su postura nos parece casi incomprensible en un ámbito en el que los autores desbordan de vanidad y de anhelo de reconocimiento público. Para el común de los escritores más importancia que su propia obra tienen los baños de multitud, ser tratados como estrellas del pop o futbolistas galácticos. Pues bien, hay algunos que no, como Pynchon, como Traven… como Salinger. Y para colmo, el pobre tuvo que soportar que David Chapman, el perturbado que asesinó a John Lennon frente al edificio Dakota de Nueva York, declarara que había cometido su crimen bajo el influjo de la lectura de El guardián entre el centeno, y que la prensa aireara a voz en grito ese detalle absurdo y sin sentido.

Viene a cuento la estéril polémica desatada hace muchas décadas en el mundo académico anglosajón sobre la verdadera autoría de las obras de Shakespeare. Conspicuos estudiosos trataron de demostrar que fueron escritas por Christopher Marlowe o por Francis Bacon. ¿Qué importancia tiene? Lo único importante es la obra excelsa de un escritor que ha pasado a la posteridad con el nombre de Shakespeare, fuera quien fuese. Lo importante de Salinger es la obra que escribió, no su persona; se pasó toda la vida repitiéndolo inútilmente. Y lo único que consiguió es que su imagen más difundida sea la de un anciano irascible que levanta el puño ante la presencia amenazadora de un objetivo fotográfico.

Quiero rendir un humilde homenaje póstumo a Jerome David Salinger, y lo haré de la mejor manera posible, releyendo una vez más su maravillosa Franny y Zooey, aun a sabiendas que al volver su última página me embargarán de nuevo dos sentimientos contradictorios, el placer de una lectura incomparable, y una envidia indisimulada ante ese inmenso talento.

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  • Fran Zabaleta

    4 Febrero 2010 | 19:36

    Me uno a su homenaje, maese Alonso. Releeré también Franny y Zooey años después de la primera vez que lo hice. Reconozco sin embargo -aun temiendo que me incluya entre los febriles lectores del mentado Brown- que no recuerdo gran cosa del libro. Vaya en mi descargo que han pasado, probablemente, veintitantos años desde que lo leí por primera vez…
    Por el maestro Salinger, entonces. Fuera quien fuese, que poco importa en realidad.

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Elipsis

Publicado el 22 de Enero de 2010

“La tela de su vestido se pegaba al terciopelo de la levita; inclinó hacia atrás el blanco cuello, que se dilataba con un suspiro, y, desfallecida, deshecha en lágrimas, con un largo estremecimiento y tapándose la cara, se entregó.

Descendían las sombras del anochecer; el sol, horizontal, le deslumbraba los ojos. Acá y allá, en torno a ella, unas manchas luminosas temblaban en las hojas o en el suelo, como si los colibrís, al echarse a volar, sembraran sus plumas. Nada rompía el silencio; parecía salir de los árboles un dulce efluvio; Emma se sentía el corazón, que volvía a palpitar, y la sangre circulaba en su carne como un río de leche. Oyó a lo lejos, al otro lado del bosque, sobre las otras colinas, un grito vago y prolongado, una voz lenta, y la escuchaba silenciosamente, fundida como una música con las últimas vibraciones de sus nervios sacudidos. Rodolfo, con el cigarro entre los dientes, estaba arreglando con su cortaplumas una de las dos bridas que se había roto”.

Así es como cuenta Flaubert (en la traducción de Consuelo Berges) el adulterio de Emma Bovary, que se ha consumado entre el primer y el segundo párrafo del texto citado. Esto se llama “elipsis”, y es uno de los recursos fundamentales de la narrativa escrita y cinematográfica. Actualmente apenas se usa. Novelistas y cineastas se recrean sin ambages en las escenas de sexo explícito.

Es cierto que en los tiempos en que Madame Bovary fue escrita hubiera sido inadmisible una descripción pormenorizada del coito de Emma y su amante (aunque desde mucho tiempo antes circulaban semiclandestinamente numerosos títulos de literatura erótica), pero lo cierto es que la escena de Flaubert es suficientemente explícita.  Tan explícita que Flaubert fue llevado a juicio acusado de haber escrito una novela pornográfica, aunque afortunadamente fue absuelto y pudo ser publicada y distribuida sin problemas.

En mi condición de lector editorial (tan grata como mal remunerada) me enfrento a diario a textos originales sobre los que debo informar, y lo cierto es que, hoy en día, prácticamente todas las novelas contienen escenas de sexo explícito. Lo mismo se puede decir de las películas (excepto, por el momento, las de la Factoría Disney). Y cada día me molesta más. Los autores confunden lo dramático con lo sórdido. Una escena tan brutal como el estupro que comete Popeye sobre Temple Drake, utilizando una mazorca de maíz, ya que él es impotente, está narrada mediante una elipsis (evidentemente, me estoy refiriendo a la novela Santuario, de William Faulkner). No hay ninguna necesidad de refocilarse en lo obsceno. Es ocioso, está de más y, generalmente, no añade nada a la esencia de la novela o la película… o tal vez sí: comercialidad barata al gusto de públicos adocenados.

Entiéndanme, yo no soy un mojigato. Ni me asusta ni me molesta el sexo explícito. He sido y soy un buen lector de literatura erótica y pornográfica, en las que el sexo explícito es precisamente el objeto del relato. Recuerdo especialmente Las once mil vergas, de Guillaume Apollinaire, como una de las lecturas más recurrentes de mi primera juventud, uno de esos libros que han sido gozosamente descritos como “de esos que se leen sujetándolos con una sola mano”. Leí este novela genial y desopilante en numerosas ocasiones, y sobre el motivo de esta reiteración permítame el benévolo lector tender a mi vez una piadosa elipsis. No me molesta la literatura erótica, sobre todo si es de calidad, pero tampoco si no la tiene. Me molesta que en la narrativa o en el cine actual parezca obligado la descripción pormenorizada de un coito. Pero mucho más me irrita que cada día se prescinda más de la elipsis, que los autores y cineastas no dejen ni un solo hueco a la imaginación del lector o del espectador, a quienes tratan como si fueran necios a los que hay que explicar todo paso a paso.

 Madame Bovary ha sido objeto, como la mayoría de las grandes novelas decimonónicas, de numerosas versiones cinematográficas. Las mas notables fueron, en 1933, la del gran maestro francés Jean Renoir, el genial autor de La gran ilusión o La regla del juego, en la que Valentine Teissier interpretaba a Emma Bovary, y que dejaba un final abierto que ignoraba el dramático destino de la hija de la adúltera Emma con que concluye la novela; la de Vincent Minelli, de 1949, interpretada por Jennifer Jones, que introducía la curiosa variante de hacer comparecer al propio Flaubert, interpretado por James Manson, al principio y al fin de la película para explicar al espectador la historia narrada; y la más actual de Claude Chabrol, uno de los directores estrella de la nouvelle vague, rodada en 1991 y protagonizada por Isabelle Huppert, que debido a su excesiva sumisión al texto de la novela es significativamente inferior a las versiones de sus ilustres predecesores.

Ignoro si existe una versión cinematográfica de Las once mil vergas de Apollinaire, si alguno de mis lectores lo sabe, le ruego encarecidamente que no deje de comunicármelo. A cambio, aquí tienen un enlace donde poder leer esta interesantísima y estimulante novela.

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  • Fran Zabaleta

    26 Enero 2010 | 13:09

    Muy interesante y acertado el comentario, maese Alonso, aunque yo lo haría extensivo a todo tipo de elipsis, no únicamente a las que nos ahorran pormenorizadas descripciones de escenas de sexo. Creo que es un defecto común de la literatura actual, la obsesión por relatar hasta el menor detalle de la historia, lo que suele provocar hastío en el lector.
    Con las descripciones pasa algo similar: cuando alguien escribe “El chiquillo entró en el colegio”, todos nos formamos una imagen mental del tal colegio. Ya la tenemos, de hecho, por lo que no es necesario describirlo… salvo que posea una característica que lo diferencie de todos los demás colegios. Y, en ese caso, bastaría mencionar esa característica y ahorrar al lector los lugares comunes.
    Un placer leerle, maese Alonso. Debería prodigarse más.

  • gguser

    26 Enero 2010 | 16:13

    Bienvenido a esta su casa, señor Zabaleta. No recuerdo quién fue el que lo dijo, pero tenía toda la razón: en una novela más importante que lo que se pone es lo que se quita. El lector debe tener su espacio, ser él quien descubra lo que se está contando mediante un proceso mental de asociación y análisis de la información que el narrador le proporciona. Y respecto a lo de las descripciones no me resisto a reproducir el comentario de una persona que estaba leyendo la última novela de Muñoz Molina: ¡jo, voy por la página tropecientas y el protagonista aún no ha salido de la estación de Pennsylvania!
    Le haré caso, señor Zabaleta, y procuraré prodigarme más.
    Juan Ignacio Alonso

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El asesinato de Thomas Becket

Publicado el 20 de Mayo de 2009

Leíamos en el diario El País de ayer una noticia referida al abandono en que se halla la iglesia de San Nicolás de Soria, en la que se hacía mención especial a un tríptico que representa el asesinato del arzobispo de Canterbury Thomas Becket el 29 de diciembre de 1170. Efectivamente, el tríptico se pintó por iniciativa de Leonor Plantagenet, hija de Enrique II de Inglaterra, casada con el rey de Castilla Alfonso VIII, y la causa probable de ésta es la voluntad de expiación por el execrable crimen que Leonor compartía con el atribulado rey de Inglaterra y señor de Anjou, Normandía y Aquitania. La historia real es verdaderamente fascinante y no hemos podido resistir la tentación de consignarla aquí para deleite de ese nutrido grupo de lectores que disfrutan del subgénero de novela histórica vinculado a asuntos policiacos, cuyo máximo exponente sigue siendo la célebre El nombre de la rosa, de Umberto Eco.  

A la muerte de Enrique I, tercer y último monarca de la dinastía normanda fundada por Guillermo el Conquistador, la corona de Inglaterra fue disputada por dos pretendientes: Enrique Plantagenet, casado con Matilde, hija y heredera de Enrique I, y Esteban de Blois, nieto de Guillermo y candidato de los barones del reino.  La querella se resolvió gracias al arbitraje de Anselmo, arzobispo de Canterbury, en el tratado de Wellingford, que entronizó a Esteban de Blois pero asociando a Enrique Plantagenet al trono y designándole heredero. La muerte de Esteban poco después supuso el inicio del reinado de Enrique II y, al tiempo, del que ha sido llamado “imperio angevino”, puesto que el nuevo monarca inglés era también conde de Anjou y duque de Normandía y, por tanto, señor de un vasto territorio que se extendía a ambas orillas del Canal de La Mancha. Cuando Enrique acudió, como era preceptivo, a rendir homenaje al rey francés Luis VII se produjo la última circunstancia que redondearía el magno edificio del “imperio Plantagenet”; el joven monarca, un aguerrido y hermoso mozo de apenas diecinueve años conoció a la esposa del rey de Francia, Leonor de Aquitania… y ella le conoció a él. La consecuencia de este encuentro fue volcánica: apenas dos meses después, la fogosa Leonor se divorciaba de Luis VII (a quien ella misma calificó con notable crudeza: “me he casado con un monje, no con un rey”) y contraía nuevo matrimonio con Enrique, sumando al patrimonio común el inmenso ducado de Aquitania, con el que Enrique se convertía en señor de unas posesiones en Francia sensiblemente mayores a las del propio monarca francés.

Cuando Enrique II subió al trono de Inglaterra, Anselmo de Canterbury quiso poner junto a él a un hombre de su confianza, y este no fue otro que el clérigo Thomas Becket.  La relación entre ambos fue extraordinaria desde el principio, hasta el punto que Enrique le hizo nombrar canciller del reino. Becket se había educado más como cortesano que como religioso: excelente jinete, cazador y halconero, militar de genio (en la campaña de Vexim combatió al frente de un ejército propio de casi dos mil jinetes y cuatro mil infantes, llegando a trabar pelea singular frente a un caballero francés al que venció sin dificultad), dotado de un envidiable ingenio y extraordinario administrador, pronto se convirtió no solo en el más poderoso cortesano de Inglaterra, sino también en amigo íntimo y compañero fraternal del monarca.

Este “idilio” comenzó a torcerse a la muerte del arzobispo Anselmo. Enrique II decidió que Thomas Becket le sucediera en la sede primada de Inglaterra. Becket aceptó el cargo, pero advirtió premonitoriamente al monarca: “Me odiaréis pronto tanto como ahora me amáis, pues os atribuís en los asuntos de la Iglesia una autoridad que yo no acepto. Y será preciso que el arzobispo de Canterbury elija entre ofender a Dios o al Rey”.  Efectivamente, el antaño refinado cortesano, avezado cazador y valiente soldado, se transformó en un asceta entregado a la piedad y a la oración, con la misma fuerza de voluntad y devoción con que había ejercido su cargo de canciller, y ello le llevó al enfrentamiento con Enrique. Como dice Andres Maurois en su excelente Historia de Inglaterra (cuyo texto hemos seguido para redactar estas líneas): “La sede de Canterbury hizo del canciller Becket, servidor del rey, un rebelde, y, después, un santo”. La cuestión se presentó por la querella entre las jurisdicciones eclesiástica y real, que derivó hacia un conflicto abierto y que el monarca trató de zanjar imponiendo a Becket las Constituciones de Clarendon, suscritas por éste bajo amenaza de muerte. Thomas Becket, apoyado por el papa Alejandro, huyó del país y se refugió en Vezelay, desde donde comenzó a lanzar anatemas y excomuniones contra el monarca. Este no era ni mucho menos un asunto baladí: el poder del monarca se sustentaba en el principio de su procedencia divina y una excomunión ponía en cuestión la legitimidad de la corona. Las siguientes iniciativas de Becket, tras regresar a Gran Bretaña y refugiarse en sagrado en la sede de Canterbury, destituyendo a todos los obispos ingleses nombrados en su ausencia, enfurecieron y entristecieron por igual a Enrique II, que estaba celebrando la navidad en Lisieux, y cometió la imprudencia de comentar en voz alta sus pensamientos delante de sus cortesanos, diciendo que los nobles ingleses eran cobardes sin corazón, pues permitían que su rey fuera humillado por un “clérigo de baja estofa”. Cuatro caballeros presentes se tomaron a pecho estas palabras; sin que mediara orden del monarca regresaron a Inglaterra y una vez en Canterbury abordaron a Becket en el atrio de la iglesia, conminándole a que revocara las excomuniones y las destituciones de obispos.  El viejo orgullo y ardor guerrero del arzobispo revivió en su pecho, haciendo frente valerosamente a sus oponentes, que allí mismo le asesinaron. El crimen provocó una revuelta en Inglaterra, que Enrique II logró sofocar a duras penas. Pero su corazón estaba destrozado por la muerte de su amigo: se dirigió a Canterbury y ante la tumba de Becket se despojó de sus vestidos y se hizo disciplinar cruelmente por setenta monjes. La muerte de Becket, las veleidades de su mujer Leonor y la traición de sus propios hijos amargaron los últimos años del monarca, que jamás dejó de llevar sobre su conciencia el terrible peso del asesinato de la persona a quien, probablemente, más quiso en toda su vida.

 La película relacionada con esta historia, en este caso, no puede ser otra que El león en invierno, rodada en 1968 por Anthony Harvey, e interpretada por Peter O’Toole (Enrique Plantagenet) y Katharine Hepburn (Leonor de Aquitania), una excelente muestra del cine histórico que narra los años de declive del otrora orgulloso señor del imperio angevino, y presenta a un personaje fascinante en esa extraordinaria Leonor de Aquitania magníficamente caracterizada por Katharine Hepburn. Pero tampoco debemos olvidar la no menos interesante Becket, dirigida en 1964 por Peter Glenville, basada en la obra teatral del mismo nombre de Jean Anouilh, interpretada por Richard Burton, John Gielgud y, nuevamente, Peter O’Toole. Ambas películas muy interesantes. Por último, queremos recomendar también la magnífica Historia de Inglaterra de André Maurois, antes mencionada, reeditada recientemente por Ariel con traducción de María Luz Morales, que constituye, además de un excelente vehículo para conocer la historia de Gran Bretaña, una interesante lectura del célebre autor de Los silencios del coronel Bramble.

4 comentarios | Añadir un comentario

  • Meiga

    22 Mayo 2009 | 18:12

    Hola señor Ignacio.
    Vaya lección de historia.Estoy segura que si en el sistema educativo hubiese profesores tan amenos como usted, la historia se miraría con otros ojos.
    Lo mismo pienso en cuanto a literatura.
    No se si se dedica a la docencia, si no es así, debería usted pensarselo.
    Muy interesante su lección magistral.
    Un saludo.

  • gguser

    22 Mayo 2009 | 23:47

    Estimada Meiga
    Gracias por su comentario. Sí, fui profesor, cuatro años en la universidad de Alcalá de Henares y casi veinte en la UNED de Madrid, pero lamentablemente jamás les resulté interesante a las autoridades académicas, porque nunca me integré en el “cursum honoris” de la universidad, es decir, no me dediqué a acumular “méritos” y a hacer “campaña” para poder aspirar a un puesto funcionarial en la institución. ¡Qué se le va a hacer! Siempre he considerado que “la vida era otra cosa”.
    Pero no incidamos en la “jeremiada”. Prefiero que alguien como usted me lea y disfrute con esa lectura, a publicar abstrusos y aburridos artículos en revistas “serias”: esas que no lee nadie.
    Gracias de corazón.
    Juan Ignacio Alonso.

  • Nuria Martín

    27 Junio 2009 | 1:50

    De historia, ya sé lo que sabes. De música, ni te cuento…

    Y de libros, te cuento yo: librería Beta (Gibraltar) “dale caña a SGEL” no me llegan tus libros

  • catusa

    19 Enero 2010 | 0:29

    Estimado Sr. Alonso, me gustaria saber si tiene algun blog, como puedo llegar a el, sobre Las Cruzadas. Tengo que explicarselas a mis hijos y la historia de Thomas Becket ha sido super amena.
    Gracias por estar ahi.

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Edgar Allan Poe, creador de la novela policiaca

Publicado el 11 de Mayo de 2009

Existen cuatro elementos en Los crímenes de la calle Morgue que le confieren el carácter de relato seminal de la novela policiaca. En primer lugar, la creación del primer detective dilettante, el elegante, racionalista y analítico Auguste Dupin, al que cabe el honor de ser el primero de una larga y excelsa lista de personajes de ficción que han ocupado un lugar eminente en el imaginario universal del relato criminal: el Monsieur Le Coq de Gaboriau, el Sherlock Holmes de Conan Doyle, el Philo Vance de Van Dine,  el Hercules Poirot y la señora Marple de Agatha Christie, el padre Brown de Chesterton, el Nero Wolfe de Red Stout, y las decenas de personajes que les han seguido hasta nuestros días. En segundo lugar, la primera utilización de un argumento clásico del género: el enigma de la habitación cerrada. En tercer lugar, la creación del estereotipo de un cuerpo de policía adocenado, rutinario, carente de imaginación y de ingenio que, inevitablemente, fracasa ante los enigmas sutiles y asiste atónito, debatiéndose entre el disgusto y la sincera admiración, a los alardes de suprema inteligencia del detective aficionado de turno. En último lugar, la creación de un personaje secundario que da la justa réplica al actor principal, un colega, un amigo, un compañero, pero siempre un ser más limitado cuya función esencial es ejercer de cronista de las hazañas del héroe y de representar el papel de “persona normal” en contraste con la talla sobrehumana del detective; su modelo más acabado será el doctor Watson de Conan Doyle.

Auguste Dupin nace en 1841 en el Graham’s Magazine de Filadelfia, en el que Poe colaboraba habitualmente, y su presentación en sociedad no puede ser más deslumbrante. Dupin pasea en compañía de su amigo (el innominado narrador del relato) en la noche parisina por las inmediaciones del Palais Royal. Caminan silenciosos por las desiertas aceras hasta que Dupin hace una observación: «Sí, es un hombrecillo muy pequeño, y estaría mejor en el Théâtre des Variétés». Su compañero responde automáticamente: «No cabe duda». Pero al momento advierte que llevan más de un cuarto de hora en silencio y que el detective parece haber adivinado su pensamiento. «¿Cómo es posible que haya adivinado que estaba pensando en… ?». «…en Chantilly», completa la frase Dupin. Y no solo eso, sino que es capaz de enumerar minuciosamente la concatenación de pensamientos de su compañero en los últimos quince minutos, dejándole estupefacto. Exactamente, lo mismo que le sucederá años después al doctor Watson, cuando Holmes parece ser capaz de adivinar de  forma casi sobrenatural una larga serie de detalles relativos a la vida y costumbres de sus interlocutores, antes de ser informado de los detalles concretos que han posibilitado las deducciones del detective. Con esta puesta en escena Edgar Allan Poe se inventa de golpe la llamada novela policiaca de enigma, y abre el camino a una forma de relato popular que ha mantenido su vigencia e interés entre los lectores en todo tiempo y circunstancias, hasta nuestros días.

Auguste Dupin comparecerá nuevamente en tan solo dos narraciones más de Poe, El misterio de Marie Rogêt y La carta robada, publicadas en The Gift, de Filadelfia.  Ambos son relatos mucho más intelectuales que Los crímenes de la calle Morgue. El primero de ellos ha sido calificado como un «hábil y fatigoso ejercicio de raciocinio», y el segundo ha sido tenido por el mejor de los relatos policiales de Poe, por su brevedad, concisión y elegancia: qué mejor sitio para esconder algo que es de vital importancia que no sea encontrado que depositarlo a la vista y al alcance de cualquiera. Aquí se añade un elemento nuevo, la paradoja, un factor del que los epígonos de Edgar Allan Poe sacarán verdadero petróleo, y sobre todos ellos Chesterton, el creador de un curita de aldea tocado con una teja y que por toda arma maneja un desmesurado paraguas, empeñado en ver lo que para el resto de los mortales parece oculto, en una lucha épica e interminable contra el Mal con mayúscula, es decir, la modernidad, el librepensamiento y el socialismo.

Pero al Marie Rogêt y a La carta les faltan elementos esenciales que sí se hallan en Los crímenes de la calle Morgue: la sangre, el espanto, la brutalidad… la animalidad pura. Porque al fin y al cabo el criminal autor de los asesinatos de madame L’Espanaye y su hija Camille no es otro que un orangután de Borneo escapado de su dueño. Para la resolución del crimen el “mago” Dupin utilizará tan solo dos herramientas, su ingenio infinito y un anuncio en el periódico, recurso que exprimirá después concienzudamente Conan Doyle, en una época en la que, al parecer, los ciudadanos leían los periódicos hasta el fondo, sin olvidar los anuncios por palabras.

Los crímenes de la calle Morgue no solo constituye el relato fundador de la novela policiaca y uno de sus referentes inevitables, sino que tuvo la virtud de sacar a Edgar Allan Poe, años después de su muerte, del olvido y la repulsa, catapultándole a la inmortalidad, tal como contábamos en nuestro post anterior.  Edgar Allan Poe, pese a lo precario de su existencia, gozó de la fama literaria en vida. Sus cuentos eran esperados con ansia y leídos con placer, su firma servía para acrecentar el volumen de ventas de las revistas en las que colaboró, y la publicación de su poema El cuervo, le proporcionó una notoriedad reservada tan solo a los grandes divos. Pero a pesar de ello, su vida desordenada, sus excesos alcohólicos y sus delirios pesaron más en la consideración de la puritana sociedad a la que perteneció. Si a ello se suma el hecho de que a lo largo de los años se había ganado a conciencia la envidia y animadversión de los círculos literarios, contra los que arremetió sin moderación en sus críticas, se comprende que el “elogio fúnebre” de Griswold fuera el banderín de enganche de una severa campaña de rechazo y menosprecio contra el difunto poeta. 

Por último, debemos señalar como hecho curioso que Roger Corman jamás llegó a rodar una película basada en Los crímenes de la calle Morgue, a pesar de que el cuento parecía perfecto para ser adaptado a su particular estilo, tanto por lo sugestivo del personaje de Auguste Dupin como por la truculencia del argumento y el sorprendente desenlace del mismo. La primera película basada en el relato de Poe fue dirigida por Robert Florey (Murders in the Rue Morgue, 1932) y protagonizada por Bela Lugosi, el “Drácula” por antonomasia de la historia del cine, pero por desgracia el guión poco tenía que ver con el relato original, pues trata de un científico loco que rapta a jóvenes mujeres para realizar infames experimentos con el fin de demostrar el vínculo genético entre los simios y los seres humanos. Esta película no fue la única aportación de Bela Lugosi a la filmografía basada en la obra de Poe; en 1935 protagonizó El Cuervo (The Raven), dirigida por Lew Landers para Universal Pictures, con Boris Karloff (el otro gran “monstruo” del cine clásico de terror) como coprotagonista.

 

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Malditos y geniales. Poe, Baudelaire, Corman.

Publicado el 3 de Marzo de 2009

Edgar Allan Poe

 El pasado mes de febrero se conmemoró el segundo centenario del nacimiento de Edgar Allan Poe, del que se hicieron eco profusamente revistas literarias, secciones de cultura y suplementos de libros de los principales diarios y, en general, todos los medios de comunicación. La efemérides indudablemente se lo merecía. Ante esta avalancha, nosotros, que somos devotos del escritor estadounidense, hemos preferido esperar al final de los fastos para abordar un aspecto poco conocido del destino literario del formidable autor de Narraciones extraordinarias. Fue, una vez más, Manuel Rodríguez Rivero (que lleva camino de convertirse en un referente de este blogg) quien se refirió en primer lugar en su habitual columna de El País al cruel destino al que estaba abocada la obra de Poe a causa, entre otras cosas, de la insidia del que fue su “albacea literario” por disposición testamentaria del propio escritor, el inicuo reverendo Rufus W. Griswold. Encargado éste de recoger, ordenar y publicar la opera omnia del autor, que había sido dada a la prensa de forma dispersa, se despachó de entrada con una necrológica infamante publicada en el New York Tribune, que comenzaba diciendo: “Edgar Allan Poe murió anteayer, pero muy pocos le lloran… porque tenía pocos, incluso poquísimos amigos”.  En el artículo, Griswold retrata a un personaje despreciable: irascible, envidioso, ambicioso, desprovisto de sentido moral y que, en contraste con su naturaleza altiva, carecía del más mínimo sentido del honor. Se recrea enumerando sus incontables vicios, su adicción al alcohol y a los sueños delirantes… Aunque es de justicia reconocer que no dejó de admitir sus méritos literarios: “Con él, el arte literario pierde una de sus estrellas más luminosas”.

En realidad, difícilmente la obra de Poe podía suscitar simpatías en su tiempo en la puritana y pacata sociedad estadounidense. Pero donde sufrió los ataques más virulentos fue entre los críticos británicos, agitados por una ola de fanatismo moralizante de proporciones apocalípticas, que acusaron a Griswold de haberse quedado corto. Así, se referían al pobre Edgar Allan Poe como: ” …paria de las letras, aquel gran infame, aquel gran mendigo, aquel vagabundo… El más profundo abismo de imbecilidad moral no había sido alcanzado jamás antes de que Poe apareciese para servir de amonestación a los tiempos venideros” (Revista de Edimburgo). “Poe es el más indigno, el más depravado de los seres… es un irracional, un enfermo del genio, un loco agitado por los espíritus de la falsedad, de la furia y de la inmoralidad… un demonio delirante que corre y aúlla en las tinieblas, montruoso bastardo del diablo y del ingenio” (Living Age, Critic).  Hay que reconocer que estos críticos, sobre todo el último, podían carecer de gusto literario, pero como creadores de invectivas estrepitosas no tenían precio.

Poe parecía así predestinado a caer en el olvido y el descrédito, hasta que una insólita y afortunada circunstancia vino a sacarle del ostracismo artístico. Sucedió, como tantas veces, en Francia. En 1846, el diario francés La Quotidienne, publicó un relato titulado Un delito sin precedentes, firmado con las siglas G.B., y en el mes de octubre del mismo año, Emile Forges daba a la luz, en el diario Le Commerce, otro cuento titulado Un sangriento enigma. Lo chocante es uno y otro eran sospechosamente parecidos, casi idénticos, lo que dio lugar a un proceso judicial por plagio. La instrucción del mismo tuvo un inesperado desenlace. En realidad ambos relatos eran plagiarios, pues se trataba de meras traducciones de una narración original llamada Los crímenes de la calle Morgue, de un ignoto escritor estadounidense que firmaba Edgar Allan Poe.

 La consecuencia de aquel escándalo fue que se despertó un gran interés por la obra de dicho autor, y que sus narraciones comenzaron a traducirse y publicarse con asiduidad en Francia. El gran valedor de Poe fue sin duda su principal traductor, el genial poeta Charles Baudelaire. El autor de Las flores del mal, que había sufrido un grave proceso por inmoralidad y escándalo público cuando se editaron sus poesías y era, por tanto, también un “maldito”, no podía por menos que sentir empatía hacia el denostado autor estadounidense. Y cuando leyó al infamante artículo necrológico del reverendo Griswold, ardió en justa ira: “Este pedagogo-vampiro ha difamado por todo lo alto a su amigo en un enorme artículo, mediocre y rencoroso, que precisamente encabeza las obras del poeta (efectivamente, cuando Griswold publicó la opera omnia de Poe introdujo como prólogo su propio artículo necrológico)… ¿No existe, pues, en América una disposición que prohiba a los perros la entrada en los cementerios?”. Desde aquel momento, la fama y el prestigio de Poe no dejó de crecer en el Viejo Continente, y desde allí, acabó por imponerse en su propio país de origen.  Los hispanohablantes gozamos del inmenso privilegio de poder leer su obra ni más ni menos que en la traducción de Julio Cortázar, en la edición que publicó Alianza en su impagable colección Libro de Bolsillo.  

Vamos acabando (por el momento, porque más adelante escribiremos nuevamente sobre Poe, como indiscutible creador de la novela policiaca de “enigma” y, especialmente, sobre su poco conocida obra Eureka!, un formidable y enigmático opúsculo parafilosófico de sorprendente lucidez), pero antes de hacerlo, y para ser fieles al espíritu de este blogg, no podemos dejar de referirnos a la relación de la obra de Poe con el “séptimo arte”. El director que con mayor fortuna ha penetrado en el universo de Poe es, indudablemente, Roger Corman. El prolífico cineasta nacido en Detroit en 1926 es también, a su propia manera, un “maldito”. Fue un maestro del cine de serie B que, rodeado de un magnífico equipo de profesionales que él mismo descubría y formaba, era capaz de rodar hasta setenta y ocho planos diarios lo que le permitía completar largometrajes en menos de diez días con un coste reducidísimo. ¡La esencia del cine de serie B! Y lo más chocante es que no hablamos de películas malas, ni mucho menos. Por poner un solo ejemplo, un producto imperecedero de la “Factoría Corman” es La pequeña tienda de los horrores (1960), obra maestra rodada apenas en dos días y una noche, a mitad de camino entre la ciencia ficción, el terror y el humor más delirante. En la “Factoría” y a las órdenes de Corman comenzaron su carrera cinematográfica directores como Peter Bogdanovich, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese o Jonathan Demme, y actores como Robert de Niro y Jack Nicholson (recuerden la desopilante escena de La pequeña tienda de los horrores en que Nicholson es el paciente masoquista de un dentista, al que por error atiende en vez del doctor el dependiente de la floristería que alberga a la planta carnívora, quien en su ineptitud inflige atroces dolores a su paciente, que a la postre se despide de él desdentado pero satisfecho y agradecido). Entre 1960 y 1964 rodó diversas películas basadas en relatos de Poe: El hundimiento de la casa Usher, La tumba de Ligeia, El péndulo de la muerte, La obsesión, Historias de terror, El cuervo y La máscara de la muerte roja, y en casi todas ellas contó con la colaboración del más “bizarre” y sin embargo ”chic” de los actores de películas de “miedo”: el inimitable Vincent Price.   

 

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  • Meiga

    6 Marzo 2009 | 14:12

    Hola señor Alonso.
    Hace poco descubrí su blog,por pura casualidad, y una de las cosas que más me han llamado la atención, aparte de lo mucho que usted sabe de literatura y de cine, es la cantidad de buenas palículas basadas a su vez en buenas obras literarias que ha visto.
    En mi caso nunca ha sido así,sino todo lo contrario.
    Me gusta leer, y si alguna vez he ido a ver alguna película basada en algun libro anteriormente leido ,siempre salí del cine decepcionada.Estoy segura que por falta de criterio.
    Por ello me gustaria que me indicase donde podria encontrar alguna de las películas a las que usted hace referencia en sus artículos,sobre todo de Poe, me hago cargo que son un poco atiguas,por eso le estaría muy agradecida cualquir pista sobre el tema.Muchisimas gracias.

  • juan ignacio alonso

    6 Marzo 2009 | 19:40

    Estimada Meiga
    ¿Dónde encontrar las películas de Roger Corman? ¡Uff! Me pone en un compromiso, porque yo no soy usuario de videoclubs y no me gustan demasiado los DVD. Sólo se me ocurre que pueden pasarlas en los canales de cine clásico de las diversas televisiones o en las filmotecas. Pero, claro, eso depende de los programadores.
    Respecto a ese disyuntiva eterna, ¿qué es mejor, el libro o la película?, sepa que es tan antigua como el cine. Yo creo que si son buenos los dos son igualmente atractivos. Por poner un ejemplo, se puede gozar igualmente leyendo a Shakespeare o viendo Campanadas a medianoche, de Orson Welles. Y a ese respecto existe un viejo chiste muy conocido entre la gente del cine: dos avestruces están en la sala de proyección de un cine zampándose la película. Entre masticación y masticación, una de ellas dice: ¿qué, está buena?, y la otra responde: ¡bah!, me gustó mucho más la novela.

  • Àngel Lluís Carrillo Pujol

    9 Marzo 2009 | 11:13

    Hola Juan Ignacio.
    También podemos hablar de Poe en el mundo de la música, del pop español. La canción “Annabel Lee” de Radio Futura es una versión libre del gran poema de Poe “Annabel Lee”. Fue un escritor más conocido por sus cuentos, y como explicas, tenemos la fortuna de leer su obra gracias a las carambolas del destino, pero creo que también fue un gran poeta.
    Un saludo.

  • juan ignacio alonso

    10 Marzo 2009 | 13:13

    ¡Hola, Àngel Lluís!
    Bienvenido y esperamos contar a menudo con tu presencia en este blogg.
    La poesía más célebre de Poe es El cuervo, publicada en el Evening Mirror de nueva York , con un éxito extraordinario que llevó al autor a emprender un gira de recitales poéticos iniciada en la New York Historical Society. Al parecer, según sus biografos, Poe era un magnífico declamador con gran dominio de la puesta en escena, a lo que ayudaba no poco su aspecto físico de aire melancólico y atormentado. Causaba furor en los salones elegantes, sobre todo entre las damas. El cuervo, ambientado en una medianoche taciturna y tormentosa, en la que el poeta, sumido en la evocación de su amada Leonor, muerta en plena juventud, recibe la visita de la enigmática ave que repite incansable la palabra “nevermore”, era el poema perfecto para subyugar a un auditorio femenino.
    El cuervo fue traducido al francés por Baudelaire en prosa poética, para evitar que la necesidad de respetar la rima forzara el uso de palabras distintas a las literales del original, y posteriormente por Mallarmé, con mayor acierto al decir de los críticos. El proceso de composición del poema fue descrito por el propio Poe en su Filosofía de la composición, donde se comprueba que distaba mucho de la espontaneidad; por el contrario se caracteriza por el trabajo minucioso del escritor en busca del efecto que desea producir en los lectores, basado en la musicalidad del verso y apoyado en la reiteración de la palabra “nevermore”, que remata las estrofas. Un poema, en definitiva, pensado más para ser recitado que leído. Como escribió Baudelaire en su breve ensayo sobre Edgar Allan Poe: “El ritmo es necesario para el desarrollo de la idea de belleza: el fin más alto y noble del poema”.

  • Àngel Lluís Carrillo Pujol

    10 Marzo 2009 | 18:05

    Hola Juan Ignacio.
    Después de tu magnífica introducción a El Cuervo de Poe, a uno le dan ganas de leer el poema, así que lo he colgado en mi página web ,con tu introducción, el hermoso poema de Poe.

    http://fresasymelocotones.blogspot.com/2009/03/el-cuervo-de-poe.html

  • Javier

    9 Mayo 2009 | 20:17

    Buenas tardes Sr.Alonso:

    Me ha gustado mucho su artículo sobre el bicentenario de Poe y de ahora en adelante seré un fiel seguidor de su blogg.
    Por cierto si vuelve por la rue Jacob de París para hacer una escapada por sus librerías recuerde que Bruselas no está tan lejos y también tiene lugares interesantes para visitar.
    Me ofrezco a servirle de guía.
    Chipi

  • juan ignacio alonso

    11 Mayo 2009 | 10:41

    Bienvenido a esta su casa, señor Álvarez Wiesse, desde ahora mismo “consul honorario” de Grand Guignol en la hermosa ciudad de Bruselas.
    De vez en cuando este blogg nos proporciona inesperadas alegrías. Ayer tu grata visita, y hace unas semanas la “resurrección” de Tesa (¿recuerdas?), que también tiene un blog (busca en Google: Tesa Arranz) en el que a raíz de nuestro inesperado reencuentro publicó fotos de aquella época, una de ellas de Tito.
    Espero leerte muchas más veces por aquí.
    (Te tomo la palabra respecto a la visita a Bruselas).
    Un abrazo.

  • Javier

    13 Mayo 2009 | 21:04

    Estimado Sr.Alonso:
    Gracias por su amable ofrecimiento del consulado que acepto con mucho gusto y que ostentaré con orgullo por estas brumosas tierras que tanto hubieran gustado al sombrío caracter de E.A.Poe y que espero poder enseñar a Nico y a sus padres
    Efectivamente he visitado el maravilloso blogg de Tesa y he me ha emocionado recordar aquella época heroica.(Y en este día de la muerte de A.Vega…..qué pena)
    .No he podido identificar las circunstancias en las que se hizo la foto con Tito.¿Dónde y cuando está tomada?.Qué fue de todo aquello….?.
    Abrazos tintinescos

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Nevaba en Berlín

Publicado el 20 de Diciembre de 2008

El próximo mes de enero será publicada por Espasa Calpe la novela Nevaba en Berlín, del debutante Dan Vyleta. Según el texto de la solapa del libro, Dan Vyleta es un escritor de origen checo, criado en Alemania, doctor en historia por la universidad de Cambridge y residente en Edmonton (Canadá). El título original de la novela es Pavel and I, tan poco sugestivo como el que se ha adoptado para la edición española, aunque más acorde con la esencia de la trama. Francamente, que nevara o no en Berlín es prácticamente irrelevante en el argumento de la novela, por lo que en este caso la -para mí- inadecuada costumbre de cambiar el título original de las novelas resulta especiamente chocante. A salvo de esto diré que se trata de una excelente opera prima: un thriller de espionaje ambientado en el Berlín de la inmediata postguerra mundial, sumido en la destrucción, la desolación y el frío, magistralmente descrito por el autor, que no en vano residió durante cinco años en la ciudad. La trama, a grandes rasgos, se sustenta en la disputa entre los servicios secretos británico, americano y soviético por un microfilm que debe conducir a la localización de un científico nazi, desaparecido tras la caída del Reich, a quien todos quieren “reclutar” para sus propios fines, el desarrollo de armas atómicas. El protagonista, Pavel Richter, es un soldado americano desmovilizado, a cuya casa va a parar el microfilm empaquetado en el cadáver de un enano espía alemán al servicio de los rusos. En la nómina de personajes figuran además Sonia, una prostituta de lujo; Anders, un golfillo buscavidas; el coronel Fosko, obeso, amoral y despiadado jefe del servicio secreto británico; Peterson, agente británico especialista en interrogatorios y torturas; y Karpov, jefe de la inteligencia soviética. Todos ellos tienen una sola cosa en común, la fascinación que les suscita Pavel Richter, que desemboca respectivamente en amor, devoción filial, admiración, fraternidad y respeto. Lógicamente no vamos aquí a “destripar” la trama, y tan solo señalaremos que a la novela no le falta de nada: violencia, sexo, perversión, intriga, acción, reflexión… Nevaba en Berlín es mucho más que un mero thriller brillantemente construido y desarrollado. Es también una descripción de las lacras de la guerra, una reflexión profunda sobre la condición humana y un análisis certero de sentimientos como el amor, la amistad, la empatía, la crueldad, la violencia… Estamos, pues, ante el descubrimiento de un autor, Dan Vyleta, cuya primera novela augura un futuro brillantísimo en el Olimpo de los grandes (y muy comerciales) autores de best-sellers.

Pero quisiéramos detenernos en la frase que la editorial ha insertado en la contracubierta del libro: “Una historia en la que resuenan los ecos de El Tercer Hombre”. No en vano nuestra querida amiga Miryam Galaz, editora de ficción de Espasa Calpe, exige a sus “lectores” (profesionales de la lectura editorial) que al analizar un original indiquen con qué película lo identifican. En este caso estaba “cantado” por tratarse en ambos casos de un thriller ambientado en la postguerra mundial (en Berlín en un caso, en Viena el otro; basado en la persecución de un científico atómico el primero y en el mercado negro de penicilina el segundo). Y, sin embargo, el propio Dan Vyleta en una entrevista en la revista digital Raincoast books ha negado esta influencia en su novela, a pesar de reconocer la fascinación que le suscita El tercer hombre.

Ello nos lleva directamente a tratar de la magnífica película de Carol Reed, impresa a fuego en la memoria del espectador gracias en buena medida a la popular melodía de la cítara de Anton Karas (machacada inmisericordemente en las máquinas tragaperras de los bares), a la interpretación magistral de Orson Welles, a esa imagen evocadora de la noria del Prater de Viena y, sobre todo, a la magnífica fotografía en blanco y negro de Robert Krasker que proporcionó a la película su único Oscar.

Se ha dicho injustamente que la indudable calidad de El tercer hombre debe más al talento de Orson Welles que a la dirección de Carol Reed. Esto supone ignorar la categoría del director inglés cuya filmografía, aunque desgraciadamente corta, es excelente y dotada de un amplio registro; baste recordar películas como Larga es la noche, El ídolo caído (también basada en un relato de Graham Green) o el musical Oliver, inspirado en el Oliver Twist de Dickens y ganador de un Oscar de Hollywood. Por cierto, uno de los protagonistas de este último es el conocido actor británico Oliver Reed, sobrino del director. Pero, evidentemente, hay que reconocer y resaltar el talento descomunal de Orson Welles no solo como director, sino también en la interpretación (magistral protagonista de casi todas sus películas y de algunas ajenas), así como el de Joseph Cotten y Trevor Howard, y también la solidez y fascinación del guión de Graham Green (ya dijimos en un post anterior que El tercer hombre fue originalmente un guión cinematográfico, convertido después en novela).

Uno de los momentos mágicos de la película es la secuencia de la persecución de Harry Lime a través de la red del alcantarillado de Viena, que inevitablemente nos lleva a rememorar una escena similar de otra de las grandes películas de la historia del cine: M. Vampiro de Dusseldorf, de Fritz Lang. Maestro del expresionismo alemán, Lang es recordado sobre todo por las películas de su etapa americana (Furia, La mujer del cuadro, etc.), pero es preciso resaltar que antes de su exilio americano, prófugo del nazismo, atesoraba una carrera extraordinaria como director, desde el entrañable ciclo dedicado al Doctor Mabuse, hasta Metrópolis o M. Vampiro de Dusseldorf. Recordemos la trama de la película: Hans Beckert es un psicópata asesino de niñas (inspirado en el caso real de Franz Kurten), cuyos crímenes horrorizan a la sociedad y movilizan a la policía en su busca; la acción intensiva de ésta interfiere en las actividades habituales del hampa local, que buscando un regreso a la “normalidad” se moviliza a su vez en paralelo a la policía para descubrir y detener al asesino; un vagabundo le localiza y traza con tiza una M (de “mörder”, asesino) en la espalda de su abrigo; marcado con esta señal es atrapado por los hampones, vagabundos y prostitutas que le acechan; es trasladado a las catacumbas del alcantarillado de la ciudad (escena a la que nos referíamos más arriba) y sometido a una parodia de juicio sumario, en el que el psicópata se defiende con un memorable discurso, en el que declara que él es víctima de una pulsión irrefrenable que le impele a cometer sus crímenes, pero que la chusma que pretende juzgarle, a pesar de disponer del libre albedrío para decidir sus actos, no es más que la escoria de la sociedad, dedicada a la delincuencia y la crápula.

La película es extraordinaria por muchos motivos. La magnífica fotografía en blanco y negro de Fritz Arno Wagner; la eficaz creación de un ambiente inquietante y opresivo; los geniales recursos de Lang, como por ejemplo la melodía que silba el asesino cuando se dispone a actuar (el Peer Gynt, de Grieg), que por sí misma es capaz de sumir al espectador en un estado de ansiedad ante la inminencia de un nuevo crimen; y, por supuesto, la extraordinaria interpretación de un joven Peter Lorre, cuyo rostro enfermizo y atormentado constituye un elemento esencial de la puesta en escena. Ambientada en la época de la República de Weimar, en pleno ascenso del nazismo, la película retrata una sociedad postrada y enferma de angustia, en la que el “psicópata” constituye un paradigma que anticipa la eclosión de ese otro monstruo que fue el Tercer Reich hitleriano.

El expresionismo cinematográfico alemán, articulado en torno a la magnifica productora UFA y a las figuras de su director Erich Pommer, los realizadores Lang, Wiene, Murnau, Pabst, von Stemberg, etc., guionistas como Thea von Harbou (esposa de Fritz Lang y ferviente seguidora del nazismo, de quien el director se separó en su huida a América), directores de fotografía, iluminadores y decoradores, es una de las cumbres de la historia del cine mundial. Su recuerdo es lamentablemente ignorado por las jóvenes generaciones, pero películas como M, Vampiro de Dusseldorf, El gabinete del doctor Caligari, Nosferatu, Metrópolis, La caja de Pandora, etc. constituyen, indudablemente, monumentos imperecederos del séptimo arte.

 

3 comentarios | Añadir un comentario

  • Adrián

    20 Diciembre 2008 | 19:29

    Personalmente ignoraba esa costumbre de cambiar el título original de las novelas al editarlas en otro idioma, como al parecer sucede en ésta. Sí sabía, en cambio, y por ser “vox populi”, que esta práctica es habitual en las películas dobladas al español. Jamás pude entenderlo, puesto que ese cambio de nombre no solo desvirtúa la creación original, sino que en ocasiones da lugar a títulos absurdos o inadecuados. Se puede entender, por ejemplo, que High Noon (algo así como “intenso mediodía”) se convirtiese en España en Solo ante el peligro, que al fin y al cabo guarda mayor relación con la trama de la película, pero casos como el de Rosemary’s Baby, de Roman Polanski, llamada en España La semilla del diablo, es simplemente una atrocidad, porque anticipa el desenlace de la película y despoja a la misma de toda la intriga. ¿No opinan lo mismo?

  • Daniel Hurtado

    20 Diciembre 2008 | 19:34

    Adrián, tienes toda la razón. Pero no solo en el cine, sino también en la novela. ¿Se imaginan, por ejemplo, que Ana Karenina se hubiese titulado en la traducción española “La trágica adúltera”, o el Ulises “Leopold, la casquivana Molly y el joven Dédalus”? ¡Absurdo!

  • tesa

    25 Febrero 2009 | 10:10

    Querido yeti. Me he alegrado mucho con tu mensaje. Tengo poesís, 4 novelas y 3 guiones de teatro. Atu entera disposición, pero me gustaría que me ayudaras, como hiciste en el trabajo de cou de Pío Baroja y me arreglaras las inperfecciones. Leelos a ver que te parecen. ¡ cOMO HACEMOS’ tengo fijo 963733399 y movil 678682949 y tarifa plana en el fijo. Te quiero. Me je acordado de tí siempre. tengo fotos tuyas. ¿ me das permiso para poner una en el blog. Pero en las entradas de ahora, esa que entraste es la 1ª Y TENGO MUCHS MAS. ¡ Besos a tu mami , a todos tus hermanos, y uno muy grande para tí . tu mujer y tus hijos si tienes. GUAPO, SIEMPRE LO FUISTE, POR DENTRO Y POR FUERA

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Un paseo literario por la Rue Jacob

Publicado el 27 de Noviembre de 2008

Escribe Manuel Rodríguez Rivero en su habitual columna del diario El País sobre la Librairie Espagnole de la Rue de Seine, de París, indisolublemente ligada a su educación sentimental por haber adquirido en ella, a finales de los años sesenta, un ejemplar de la novela Rayuela, de Julio Cortázar, cuya lectura le descubrió el fascinante universo de esa “estimulante literatura procedente de América Latina”. Leer esta magnífica columna ha despertado en mí a su vez la evocación de dos episodios pertenecientes a mi propio bagaje sentimental, incitándome a escribir estas reflexiones.

Lamentablemente, y sé bien que voy a ser crucificado por esta opinión, no se trata de la evocación de Rayuela, novela que leí en su día con la misma fascinación que el resto de mi generación, pero que, releída hace apenas un año (los “viejecitos” como yo, a menudo, hastiados de nuevas e insulsas narrativas, tendemos a la relectura de aquellas novelas que antaño nos emocionaron), me decepcionó notablemente: mi recuerdo era mucho más grandioso que la realidad de una novela bastante “tramposa”, aunque manifestamente capaz de “epatar” a los jóvenes pazguatos que entonces éramos.

No. Mi evocación retrocedió a un tiempo también lejano en que Manuel Rodríguez Rivero y yo compartimos el duro banco de las galeras espasianas, él como flamante director literario de la gloriosa editorial, yo como responsable de Enciclopedias, y, ambos, como recien llegados que no gozábamos de las prebendas del personal más antiguo: una jornada laboral continuada de ocho a tres durante todo el año, y ni siquiera la libranza de la tarde del viernes de la que disfrutaban nuestras jóvenes (y bellas) compañeras editoras. Lo compensábamos, todo sea dicho, regalándonos los viernes, en compañía de Juanito González y Arturo Rodríguez -también sometidos a nuestro horario-, copiosas, suculentas y bien regadas comilonas que, ay, no mejoraban en absoluto nuestra productividad vespertina, pero nos reconciliaban placenteramente con la existencia. Sé que Manolo no fue demasiado feliz en aquella etapa laboral… tan solo puedo señalar que nuestro flamante director literario no llegó a conocer lo peor, que aún estaba por llegar.

Mi segunda evocación enlaza con sus recuerdos librescos de la parisina Rue de Seine, y viene ligada a un glorioso paseo literario por la Rue Jacob, también enclavada en Saint Germain des Prés, y que nace justamente en la intersección con la Rue du Seine, donde se halla la coqueta Place de Furstemberg. Se trata de una calle pequeña, apenas dos o tres manzanas antes de confluir en la Rue de l’Université, en el cruce con la Rue des Saintes-Pères. Una calle minúscula, pero todo un paraíso para los amantes de los libros.

La Rue Jacob es célebre porque en ella residieron grandes genios, como Racine, Delacroix, Wagner, Hemingway (¿en dónde no habrá estado este hombre?), Thomas Jefferson y Franklin. Éste último, en concreto, con ocasión del la firma de Tratado de Independencia de Estados Unidos, puesto que la embajada británica estaba enclavada precisamente en un hermoso edificio del siglo XVIII, que en la actualidad es el Hotel d’Anglaterre, uno de los cinco coquetos hoteles que existen en la calle. Este hecho histórico se recuerda en una placa que adorna su fachada (ya saben, una placa, esas cosas tan comunes en países como Francia y el Reino Unido que honran el recuerdo de próceres y grandes artistas, y que en España se intentan poner en el Congreso de los Diputados en memoria de monjas reaccionarias, lo que acaba suscitando divertidas polémicas entre nuestros más preclaros escritores).

   La Rue Jacob es una de las más “chic” de Saint Germain des Prés, y en ella encontramos diversas tiendas glamourosas de ropa y decoración, y sobre todo, numerosas librerías. Si iniciamos nuestro paseo desde la Rue de Seine, encontramos en primer lugar, la librería-editorial La Martinière-Le Seuil, cuyos escaraparates lucen la gran variedad de su producto editorial, literatura, humanidades, “beaux livres”, fotografía, fonoteca, libro práctico, naturaleza, paisaje, libro infantil, cómic… Su escaparate está adornado con fotografías enmarcadas de sus principales autores. Justo al lado se halla la editorial J.C. Lattes, y enfrente, La Maison Rustique, una librería especializada en temas de naturaleza: jardinería, decoración, “herbiers”, así como libros ilustrados y “beaux livres”. Justo después llegamos a Outremer, librerie maritime, que como su nombre indica se especializa en el mar y la navegación. Siguiendo nuestro paseo llegamos hasta la editorial L’Ouevre Éditions, especializada en libros infantiles, sin que falten los omnipresentes “beaux livres”, así como guías ilustradas y libros de cocina;  más adelante está la imponente librería de anticuario Frédéric Castaign, donde podemos disfrutar de cartas autógrafas, manuscritos y documentos históricos. Cerca del final de la calle está la Librerie des Femmes, especializada en narrativa y ensayo de autoras femeninas, y que es además un agradable punto de encuentro, pues posee un amplio espacio adornado con butacas en el que sus clientes pueden ojear cómodamente los libros para decidir su compra. Por último, casi en la confluencia con la Rue de l’Université, se halla la Librairie Alain Brieux, también de anticuario, cuyos escaparates exhiben hermosas láminas y grabados. Pero eso no es todo, en las recoletas bocacalles que salen de Rue Jacob encontramos aún más librerías. En la Rue Saint Benoît, a mano izquierda, se encuentra A Saint Benoît des Prés, también librería anticuaria, con autógrafos, documentos, libros de fotografía, etc, y a mano derecha en la Rue l’Échaudé, está la Librairie Marine et Voyages, con libros antiguo y modernos dedicados al tema del mar y la aventura, y un poco más adelante la Librairie des Près, cuya fachada exhibe el siguiente rótulo: “Une petite librairie au service de la petite édition”, que casi arranca las lágrimas del que esto escribe.

Evidentemente, esta extraordinaria concentración de libreros y editores en la pequeña Rue Jacob, es tan solo una pequeña muestra de su abundante presencia en Saint Germain des Prés, y en todo el Sexto Arrondisement, donde también se halla el Barrio Latino. Al final de nuestro agradable paseo podemos tomar asiento en la terraza de alguno de los pequeños y agradables bistrot para beber un fresco bock de cerveza o consumir poco a poco una botella de excelente burdeos, aguardando la hora de la cena o el comienzo del primer pase de jazz en vivo, y reflexionando resignadamente sobre quién nos mandaría meternos a editores en Madrid, existiendo lugares tan extraordinarios como la Rue Jacob.

En fin, Manolo, las cosas de la vida no siempre discurren por los cauces que quisiéramos, pero, como le dijo Rick a Ilsa antes de que tomara el avión, ¡siempre nos quedará París!

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  • bibliófilo

    5 Diciembre 2008 | 15:25

    ¡Qué envidia! Leyendo esta nota a uno se le ponen los diente largos. ¡Quién pudiera viajar con frecuencia a París y visitar sus librerías… !

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